Para el 5 de noviembre próximo, la Cámara Algodonera Argentina está preparando un evento para celebrar nada menos que el centenario desde su nacimiento. Semejante suceso implica que, en realidad, el algodón comenzó a sembrarse en el país muchísimo tiempo atrás y cuenta con una riquísima historia. De hecho, hasta fines del siglo pasado, hablar de algodón era hablar de cientos de pequeños productores en el norte del país, de miles de trabajadores rurales que realizaban una cosecha manual, y de pueblos enteros organizados alrededor de cooperativas.
Ese mundo, según Carlos Almiroty, quedó definitivamente atrás.
Almiroty puede mirar esa transformación con una perspectiva bastante particular. No solo es un histórico directivo de la Cámara Algodonera sino que su propia familia está vinculada al algodón desde la década de 1930, cuando su abuelo, ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura, llegó primero a Añatuya, en Santiago del Estero. Más tarde aquel ancestro dejó el Estado, fundó una corredora y comenzó a trabajar como comerciante de algodón. Después siguieron su padre y su tío, y finalmente él.
“De chico jugaba entre las bolsas de semillas”, recordó Almiroty, que incluso ahora tiene a su hijo acompañándolo en la actividad.
Aquella larga bhistoria familiar transcurrió en paralelo a la del propio cultivo. En el Chaco de su infancia, recordó, existía “una gran red de cooperativas” y en muchos pueblos había una o dos entidades que estaban esencialmente vinculadas con los algodoneros.
Pero la postal actual es completamente diferente.
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“Ahora es un cultivo como todos los cultivos modernos. Tenemos cosechadoras de última generación. Aquello quedó como un pasado glorioso, pero pasado. No existe más la cosecha manual, no existe más nada de aquello. Desaparecieron aquellas cooperativas”, describió el presidente de la CAA.
También cambió radicalmente el vínculo del algodón argentino con el mercado externo. Durante mucho tiempo, explicó Almiroty, la producción fue demasiado zigzagueante como para que el país pudiera consolidarse como proveedor internacional.
Según recordó, ya en la década de 1970 comenzaron las exportaciones, pero Argentina aparecía y desaparecía del mercado de acuerdo con el volumen disponible de cada campaña. “Había años que tenías saldo exportable, años que no. Entonces nunca nos terminábamos de consolidar como un proveedor”, explicó.
Ese comportamiento tenía una consecuencia concreta. Para una hilandería extranjera no alcanza con encontrar determinado algodón una campaña: necesita saber que podrá volver a comprarlo los años siguientes para mantenerlo dentro de sus mezclas. Y eso era en lo que el país fallaba.
“Si pone el algodón argentino, el comprador tiene que saber que todos los años va a poder continuar con esa mezcla, cosa que a nosotros nos ha costado mucho”, señaló.
Los extremos de aquella inestabilidad fueron enormes. Almiroty recordó que a mediados de los años 90 la Argentina llegó a exportar aproximadamente 400.000 toneladas de fibra, principalmente hacia Brasil, batiendo todos los récord. Pero poco tiempo después, a comienzos de los 2000, el cultivo atravesó uno de sus peores momentos y la producción llegó a caer, según indicó, hasta unas 70.000 toneladas de fibra.
La comparación con Brasil es particularmente gráfica. Hace poco más de dos décadas el vecino país era un cliente que necesitaba algodón argentino para cubrir su déficit interno. Ahora, señaló Almiroty, desplazó a Estados Unidos como principal exportador mundial. Es algo parecido de lo que ocurrió con la carne vacuna y con muchos otros rubros del mundo agropecuario.
Por fortuna, después del gran golpe sufrido a comienzos de este siglo, el algodón argentino comenzó lentamente a reconstruirse, aunque lo hizo sobre bases muy diferentes.

Uno de los principales cambios fue el perfil de los productores. Hasta finales del siglo pasado, recordó el dirigente, buena parte de ellos eran prácticamente algodoneros puros. Esa dependencia convertía cada mala campaña en un problema, por la lata dependencia con ese cultivo.
“Éramos monocultivo, con lo cual cuando le iba mal al algodón era una tragedia social y volaba por los aires el sistema”, resumió Almiroty.
La aparición de la soja RR y otros cambios tecnológicos modificaron esa lógica. Los productores comenzaron a poder incorporar otros cultivos, rotar y reducir su dependencia del algodón. “Empezamos a tener un productor, para bien del sistema, que empezó a no depender de un solo cultivo, a cuidar su suelo con la siembra directa. Todo lo que ha sido este cambio tecnológico de la Argentina agrícola de los últimos 20 o 30 años”, explicó.
Esa transformación tiene una consecuencia que Almiroty no considera negativa: el algodón ya no tiene asegurado su lugar en el lote simplemente por seguir la tradición regional. Ahora tiene que competir metro a metro contra las demás alternativas agrícolas.
“Si el algodón es negocio, crece el área de algodón. Cuando es negocio el trigo o el girasol, nos va a restar hectáreas. Y en buena hora que así sea”, sostuvo.
Por eso, considera que el desafío de la cadena textil pasa por hacer que el cultivo resulte atractivo para quien finalmente decide qué sembrar. “El algodón tendrá que ser competitivo en calidad, en rendimiento, en precio, para que el productor lo siga eligiendo”, afirmó.

El otro gran cambio que vislumbra está en los mercados. Frente al achicamiento del consumo interno y una economía más abierta, Almiroty considera que tanto la producción de fibra como la industria textil tendrán que mirar cada vez más hacia afuera. Es decir, exportar agresivamente los excedentes.
Según explicó, parte de la industria argentina ya comenzó a hacerlo. Incluso mencionó un caso llamativo: Brasil, convertido en una potencia algodonera mundial, es actualmente uno de los principales destinos de los hilados argentinos.
La explicación está en que la Argentina encontró un segmento de calidad y precio en el que puede resultar competitiva. El algodón brasileño es de calidad superior, pero justamente por eso puede resultar demasiado costoso para elaborar determinados tipos de hilado. Como sea, “encontramos un nicho donde poder colocar nuestra producción”, señaló el directivo sectorial.

Después de casi un siglo de historia familiar ligada al cultivo, Almiroty evita hacer demasiada futurología sobre el algodón que conocerán las próximas generaciones. Pero sí tiene claro que difícilmente vuelva a verse por el norte aquella actividad que conocieron su abuelo y su padre.
El futuro, en todo caso, dependerá de que el algodón consiga competir contra la soja, el maíz o el girasol. También de que la Argentina logre sostener en el tiempo una política que le permita transformarse en un proveedor confiable y no tan errático como hasta ahora.
Quizás su propia historia familiar también tenga otra transformación. Almiroty ya tiene tres nietas y bromeó con que alguna de ellas podría terminar incorporándose al negocio y romper así “la dinastía de varones” que comenzó hace casi un siglo.




