El cordobés Guillermo Abud, apenas se recibió de ingeniero agrónomo hace unos 37 años, se fue vivir a Aimogasta, localidad del noreste de la provincia de La Rioja, que es la capital del departamento Arauco y epicentro nacional de la olivicultura.
Allí enseguida conoció la producción de jojoba, cuyo nombre científico es Simmondsia chinensis, un arbusto originario del desierto de Sonora, ubicado entre el sur de Estados Unidos y el norte del México, sobre la costa del océano Pacífico. De sus semillas se extrae una cera líquida (aceite), y sus epicentros de producción global se ubican en Argentina, Israel y Perú. El 99% de la producción de nuestro país se exporta, principalmente a Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón.

Desde 1989 Abud no ha cesado de trabajar y especializarse en jojoba. El ingeniero señala que se han realizado experiencias de este cultivo en varias provincias, pero en la actualidad la producción se ha concentrado exclusivamente en Aimogasta, y que como se ha dejado de promocionar, no ha vuelto a expandirse. La razón que Abud halló, fue que durante la década de 1980, amparados por la ley de promoción agroindustrial, muchas empresas comenzaron a implantarla en la provincia de La Rioja, más precisamente en un distrito del departamento Arauco llamado Bañado de los Pantanos.
Señala el ingeniero que esa zona, ubicada a unos kilómetros de Aimogasta, se caracteriza por sus condiciones semiáridas, con suelos aluvionales, arenosos, con vegetación xerófila y precipitaciones anuales que no alcanzan los 100 milímetros. “Condiciones a las que la jojoba se adapta sin problemas”, dice.

Guillermo relata cómo se inició en dicho cultivo: “Cuando estudiaba para ser ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional de Córdoba, escuché por primera vez sobre la existencia de la jojoba, en una charla que ofreció el ingeniero Ayerza en el predio ferial La Perla. En 1985 aún seguía siendo estudiante y tuve la oportunidad de asistir a unas conferencias internacionales sobre cultivos para zonas semiáridas y áridas, que se hicieron en La Rioja. En esa ocasión visitamos la finca de la familia Arizu, Jojoba Riojana SA, en Bañado de los Pantanos”.
Continúa Abud: “Me recibí en 1989 y justo la empresa Arizu requería un ingeniero agrónomo para su plantel. Me tomaron y allí inicié mi profesión abocado a los cultivos de jojoba y de vid para uva de mesa. Formé parte del equipo técnico durante unos tres años, y luego pasé a trabajar en una empresa tradicional de la familia cordobesa Jalil, una de las más importantes olivícolas de la zona. Finalmente, desde 1994 hasta hoy, trabajo en la empresa Olivos Argentinos SA, donde me dedico a la jojoba y a los olivos. Además, asesoro sobre olivos a particulares y desde 1992 alterno mis trabajos con la docencia, dando varias asignaturas en la Escuela Agrotécnica Secundaria de Machigasta, otro distrito del Departamento Arauco”.
Explica el agrónomo que Ricardo Ayerza fue el pionero en introducir el cultivo de jojoba en nuestro país y lo ensayó en un campo de Villa Dolores, Córdoba. “Él había hecho ensayos en varias parcelas, con diferentes cultivos de desierto que tenían cierta aplicación industrial, entre ellos la jojoba”, indica y profundiza: “Recordemos que la Ley de promoción industrial fue conocida como Ley de diferimiento impositivo, porque permitía que empresas nacionales pudieran derivar una porción de sus impuestos, como ganancias e IVA, para la inversión en las provincias beneficiadas”.
Sigue Abud: “El primer empresario que inició y promovió el cultivo de jojoba en Aimogasta fue Jorge Arizu, y luego Christian Wâtjen, cuyos emprendimientos se denominaron en su momento Jojoba Riojana y AgroRiojana de Jojoba, respectivamente. Estos empresarios no sólo administraron sus propias fincas, sino que captaron nuevos inversores para que el cultivo se extendiera por la zona. Así fue como también se implantó en Chilecito y en La Rioja capital, pero también en Catamarca, Salta y Córdoba”, asegura.

El ingeniero detalla que actualmente existen 11 emprendimientos activos de jojoba en La Rioja: GH Agricultura SA, GSP SA, Agrinsa SA, Talamuyuna SA (Fincas Santa Ester y Talamuyuna), Olivos Argentinos SA (Finca Achavil), Fuerte del Balñado SA, HUuaco Agropecuaria SA, Tinocam SA, La Semillera Riojana SA, junto a Tecnbodesierto SA, San Antonio de Arauco SA y El Retiro SA.
“Cuando se inició el cultivo en La Rioja -ahonda en información el especialista-, se preparaba el suelo, ya desmontado, formando bordos o camellones sobre los se ubicaba la manguera tipo cinta de riego por goteo. La siembra se iniciaba principalmente en primavera, o bien en otoño si las condiciones del invierno siguiente serían benignas. La semilla se ubicaba a unos 3 centímetros de profundidad, cada 30 centímetros de distancia. La misma entre bordos fue inicialmente de 4 metros. La semilla provenía de Estados Unidos y de Israel, que eran los dos principales países productores de jojoba en ese momento. A la semana de sembrada, la semilla germinaba y podían observarse las primeras emergencias de las plántulas”.
“A los tres o cuatro años de sembradas, las plantas comenzaban a mostrar su diferenciación sexual -continúa Abud-. Recordemos que la jojoba es una especie ‘diclino dioica’, es decir, que tiene los sexos diferenciados en distintos pies. Obviamente, las plantas con flores femeninas (a las que nosotros llamamos comúnmente “hembras”) son las que dan el fruto/semilla. Las de flores masculinas (“machos”) sólo proveen el polen para que se produzca la fecundación”.
“Alrededor del tercer o cuarto año de edad, ya podían verse los primeros frutos, y recién al décimo año, aproximadamente, la plena producción. Esa densidad de plantación, obligaba a efectuar un raleo de plantas, en especial de machos, hasta dejar un porcentaje no mayor al 10%, considerado suficiente para asegurar la polinización de las hembras”, indica.
El ingeniero pasa a explicar cómo se trabaja en la actualidad: “Desde hace unos años, las técnicas fueron variando para mejorar la productividad. Casi se dejó de sembrar y se reemplazaron las semillas por plantines de selección clonal. Desde el inicio, la densidad de plantación se define dejando el porcentaje de machos adecuado, y distanciando plantas y bordos para permitir un mejor desarrollo de las hembras”.
“De este modo, se adelanta la entrada de producción y aumenta la productividad. Hoy encontramos fincas que obtienen alrededor de 3 toneladas de semilla por hectárea, cuando el promedio en los primeros tiempos no superaba los 1000 kilos. No obstante, todavía se requiere apuntar a un mayor mejoramiento genético para alcanzar los valores que, países como Perú o Israel llegan a tener. La cosecha se inicia en otoño (marzo/abril) y su duración depende obviamente de la cantidad de semilla que haya en esa temporada”, añade.

Guillermo expone sobre el tratamiento de los cultivos. “Durante su crecimiento, la jojoba requiere de cuidados básicos: desmalezado (se suele combinar el manual con el químico), poda (para darle forma y facilitar la cosecha), fertilización (se realiza a través del sistema de riego, que se denomina ‘fertirrigación’), algún tratamiento eventual contra plagas y enfermedades, si bien es poco atacada, por algunas hormigas, en sus comienzos, o algunos hongos de suelo”.
“La poda puede realizarse de manera manual (utilizando machetes) o mecánica (con podadoras de discos dentados o cuchillas), que cada vez se prefiere más. Del mismo modo, si bien todavía predomina la cosecha manual, se continúa en la búsqueda de perfeccionar la recolección mecánica. La máquina utilizada se asemeja a una aspiradora de gran porte, ya que el fruto es ‘deshiscente’, es decir que la semilla es expulsada y se recoge del suelo”, comenta.
Agrega Abud que la jojoba no requiere de mucho personal permanente. Lo común es: un operario cada 25 a 30 hectáreas y el plantel se refuerza en época de cosecha. Su capacitación se reduce al manejo del sistema de riego por goteo, tractores, máquinas y administración. El cosechero debe tener experiencia suficiente para lograr los rindes necesarios.
“Todos los años solemos hacer ‘la vuelta jojobera’, un encuentro de 2 jornadas donde todos los productores recorremos juntos, todas las fincas para intercambiar experiencias. Si bien es un cultivo perenne, su manejo no deja de ser intensivo, por lo que la mano de obra encarece sus costos, aunque hoy la energía eléctrica incide notablemente en los costos, como también para la olivicultura”, comenta.
El agrónomo expone el destino de la jojoba: “La semilla de Simmondsia chinensis contiene entre un 45% y 50% de cera líquida. Se extrae mediante el sistema de prensado a temperatura ambiente. La cera puede ser vendida con el solo proceso final del filtrado y manteniendo el color ámbar original (aceite golden) o bien tras un proceso de refinado, donde puede decolorarse y desodorizarse (aceite light)”.
Culmina Abud: “El principal destino del ‘aceite’ es la industria cosmética; y aunque se han ensayado otras aplicaciones como aditivos para lubricantes, comida para mascotas, control de plagas, etc., todavía no se generó un mercado alternativo del producto”.

En ese sentido, considera que “la promoción del cultivo para expandir la superficie dependerá exclusivamente de las tentaciones que ofrezca el mercado de la jojoba y de cada inversor privado al que le apetezca incursionar en ese mundo. Los principales compradores de nuestro ‘aceite de jojoba’ son Estados Unidos, Alemania, Francia, Australia y Japón. El mercado interno viene creciendo de a poco, sobre todo gracias a la promoción de sus bondades cosméticas realizadas por emprendedores nacionales. Actualmente se sumaron otros países productores al mercado, como Perú, Egipto, India y Australia, además de los históricos como Argentina -con casi 2000 hectáreas plantadas-, Estados Unidos, México e Israel”.
Guillermo Abud eligió dedicarnos la zamba “Coplas del valle”, del riojano Ramón Navarro, por Los Chalchaleros.




