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En plena cosecha, Horacio Abrate reconstruye la historia de “Membrilar”, una empresa riojana de pulpa de membrillo que absorbe la producción de los pequeños productores

Bichos de campo por Bichos de campo
17 febrero, 2026

“Cada febrero vuelve a renacer” escribía Peteco Carabajal, empezando a componer Viejas Promesas, un aire de chaya, que publicara allá por el año 1995, en su disco Borrando Fronteras. La canción hace referencia al carnaval, pero tiene tanta Rioja encima que invita a iniciar esta nota en la compañía de su melodía. Es que en febrero también, en las provincias cuyanas y del noroeste, los productores se llegan hasta sus pequeños membrillares para comenzar a cosechar esta fruta que innegablemente es parte de la cultura gastronómica argentina. Pronto, las cocinas locales regalan su aroma dulce, los panes de membrillo comienzan a “secarse” en las enramadas y las jaleas se ordenan en una alacena junto con las otras mermeladas y conservas. 

El membrillo es un fruto que tradicionalmente se utiliza para su industrialización, no tiene las cualidades de otras frutas que pueden consumirse sin ser procesadas. Este fruto, originario del sudeste asiático, llega a América de la mano de los conquistadores españoles y portugueses. Presenta facilidad de adaptación a diversos climas y suelos, prefiriendo regiones templadas, pudiendo resistir aquellas heladas que afectan a otros frutales. 

Su presencia en Argentina, mediante sus dos variedades más destacadas (Champion y Smyrna) alcanza más de 2300 hectáreas, según el Censo Agropecuario de 2018. De esa cifra, Mendoza explica el 62%, seguida por San Juan, Catamarca y la Rioja, pero su presencia se extiende a varias provincias más. A excepción de Mendoza, el perfil productivo del membrillo se asocia generalmente a pequeños productores.

Bichos de Campo conversó con Horacio Abrate, bromatólogo y socio fundador de Membrilar (Membrillos de La Rioja), una finca y planta de procesamiento para pulpa de membrillo, que reúne la fruta de las pequeñas producciones de La Rioja, San Juan y Catamarca. “Soy nativo de Córdoba, pero soy riojano ya, tengo más años vividos en La Rioja que en Córdoba. Este es mi lugar en el mundo”, comienza presentándose Horacio.

“Yo me vine en el año 96, con un cartoncito bajo el brazo. La lógica indicaba que, siendo bromatólogo, tranquilamente podía encontrar trabajo en Arcor, Dulcor o Sancor (donde su padre trabajó muchos años), pero en Córdoba no había trabajo para nadie. En aquella época estaba Carlos Menem de presidente, y aquí en La Rioja, de donde él era oriundo, el trabajo florecía por todos lados. Así fue que, a tres días de haberme recibido, me vine a la Rioja y enseguida conseguí trabajo en un municipio, luego dando clases en la universidad, en secundarios y terciarios. En esos años fui teniendo a mis hijos y conformando mi familia, pero sentía que las expectativas de crecimiento personal eran pocas en el estado, así que decidí volcarme a lo privado”, rememora. 

Búsquedas o destinos, no se sabe, pero Horacio se enteró de que estaba en venta una finca con 9 hectáreas de membrillo y una pequeña planta de procesos, ambas abandonadas hacía unos 15 años. Así fue que, con dos socios más (Roberto López y Alberto Pereira), vieron la oportunidad de invertir, luego de la desconfianza en el sistema financiero que dejó “el corralito” y la profunda licuación de los ahorros efecto de la crisis del 2001. Después se incorporaría como socio Fernando Garrot. Hoy Horacio y Fernando llevan el día a día de la empresa. 

“La adquirimos en el 2003. Era una plantita chica, muy precaria, para procesar pulpa de membrillo. Igual arrancamos el primer año con muchos faltantes, porque la planta estaba incompleta. Yo tenía 31 años, pero poca experiencia práctica, solo lo que te enseñan los libros. Después, en la práctica, te das cuenta que no siempre dos más dos nos da cuatro”, bromea Abrate. 

Sobre esa primera experiencia recuerda: “en el primer año hicimos modestos 100 mil kilos que, por supuesto, fueron a nuestro único cliente, una planta de Buenos Aires que tenía muy buenos proveedores de pulpa. Nuestra calidad fue objetada y tuvimos que arreglar el precio. Claro, yo no tenía mucha idea, era bastante nuevo, las máquinas estaban incompletas. Entonces, ese año nos dijimos, o perdemos todo o apostamos fuerte y ponemos todo lo que hay que poner, me capacito, incorporamos lo que falta y arrancamos bien. Así fue entonces que invertimos las últimas chirolas. Quedamos en cero, pero haciendo bien las cosas”. 

El año siguiente la producción alcanzó los 300 mil kilos de pulpa de muy buena calidad. Se utilizó la propia producción de la finca que volvió a atenderse luego de años de abandono. “La calidad del producto fue muy buena, pudimos comercializarla bien y quedamos parados”. 

El tercer año analizaron que podían producir más y volvieron a procesar lo que daba su finca y otras producciones cercanas. “En esos años empezamos a conocer mejor el mercado y a hacernos conocer. Recuerdo que, en 2008, cuando fue el paro grande del campo y se producían cortes de ruta por todos lados, nosotros íbamos a comprar membrillo a otros lugares, y nos decían ‘¿ustedes quiénes son?, ¿de La Rioja?’, se sorprendían, pero íbamos con los mismos billetes que los de Buenos Aires y Córdoba, y como muchos productores no tenían a quién entregarle la fruta, nos la vendieron a nosotros. Membrilar cumplió y ese creo que fue un despegue, porque logramos hacernos conocer en los productores y empezar a comprar más cantidad”.

Membrilar adquirió nuevas fincas, alcanzando las 20 hectáreas propias, lo que le permite contar con la base de 500 mil kilos de fruta para procesar. A esto se suma 300 mil kilos más que se compran a una SAPEM (Sociedad Anónima con Participación Estatal Mayoritaria) que costó años de reuniones con las autoridades provinciales. En ese crecimiento “siempre sacábamos una mínima porción para nosotros, como para subsistir. Y el resto se ponía todo de nuevo, se reinvertía. O sea, no vacaciones, no cambiar el auto, no darse lujos, porque nuestra meta era que esto funcionara. Mientras nos fortalecíamos adentro, en 2006 ya comprábamos fruta de afuera, después fue el paro del campo y una mayor expansión, y ahí tuvimos otro cuello de botella, no podíamos procesar más de 500 mil kilos”.

La esforzada aventura creativa de Carlos Dianda, que lleva 37 años fabricando maquinaria y herramientas para los pequeños productores de La Rioja y más allá

En 2009, Membrilar comenzó a trabajar junto a Carlos Dianda, de Chamical, e iniciaron un proceso para duplicar la capacidad de procesamiento de la empresa. “Fue toda construcción nuestra. Yo iba a Buenos Aires, a los desarmaderos, compraba piezas que veía que me podían servir, a San Juan, a Mendoza, comprábamos acero inoxidable, y con Carlos en su metalúrgica empezamos a fabricar copiando lo que teníamos acá adentro, porque no había mucho que inventar, había que copiar lo que estaba hecho ya. Así que así duplicamos la línea y, así fue que, en 2010, llegamos a hacer el primer millón de kilos”. 

La empresa y su marca “La Olteña”, en homenaje a la localidad de Olta (departamento General Belgrano) donde se encuentra emplazada, siguió creciendo, “yo tenía 40 años, ganas de andar, de ir, de venir, me iba a Buenos Aires, visitaba clientes, los buscaba, y así fuimos aumentando la capacidad de procesamiento y almacenaje hasta que llegamos a los 2 millones de kilos”. 

El 40 % del membrillo que procesan proviene mayormente de La Rioja (entre producción propia y de la zona de Chilecito), el resto se divide entre Catamarca de la zona de Andalgalá, que aporta entre 500 a 600 mil kilos y, en cantidad semejante, de la zona de Jachal (San Juan). El perfil de los productores a los que se les compra es “totalmente de subsistencia excepto puntuales casos de finqueros que lograron producir entre 30 a 50 hectáreas. No hay productores diferentes a esto, excepto en Mendoza. Los conozco a todos. Hace 23 años que hago esto. Son productores que tienen las plantas de membrillo y hacen otras cosas, tienen ganado, tienen alfalfa, ciruela, olivo, uva. Nosotros nos movilizamos al lugar con camión, tractor, acoplado, balanza, todo, y le ofrecemos al productor todo el servicio completo, sino capaz que no la pueden sacar o no les convenga económicamente hacerlo”.

A lo que agrega “cuando me preguntaste, lo primero que se pasa por la cabeza, son las imágenes de vivencias con los productores, los asados que hemos comido, las charlas. Hay una relación, se ha formado un vínculo tan estrecho con ellos, que me parece que no cambiaría una finca de un medio millón de kilos por cincuenta de diez mil”. 

Ante la consulta de la mayor problemática que han tenido estos años, Horacio Abrate responde instantáneamente: “el financiamiento. Nosotros tuvimos una sola oportunidad de acceder a un buen préstamo que fue hipotecario, a través del CFI, en el gobierno de Néstor Kirchner. Recuerdo una tasa que hoy es irrisoria, 8,5 %, con un año y medio de gracia. Lo pudimos pagar completo, de punta a punta, sin ningún problema. Luego de ese, nunca más pudimos sacar un crédito. Generalmente, los intereses de los préstamos son confiscatorios y se llevaban todo lo que vos ganabas”. Otro problema es que hoy ha bajado un 20 o un 25 % el consumo en el mercado interno, entiendo que es porque hay menos plata en la sociedad y se seleccionan mucho más los consumos. Tampoco es un alimento que podamos pensar en exportarlo, porque los españoles son capísimos con esto, hacen cualquier cosa con su membrillo, entonces competir contra ellos sería suicida”. 

“Nuestra mayor satisfacción fue haberlo logrado con el esfuerzo propio, con una idea e ingeniería nuestra, sin necesidad de tener que dar intervención a terceros. Saber que, desde un rinconcito de La Rioja, desde un pequeño oasis en los Llanos Riojanos producimos para proveer a varias empresas que están en las mesas de nuestra Argentina”, concluye Abrate. 

Etiquetas: emprendedoresfrutashoracio abratela riojamembrilarmembrilloolta
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