En Anisacate, a sólo 30 kilómetros al sur de Córdoba capital, Marta Fontana junto a un grupo de voluntarios, luego de los incendios de 2020, creó una ONG con el objeto de reforestar la zona con plantas nativas. Unos años antes, ella no sabía nada del tema y se había puesto a estudiar, al punto de que hoy, luego de años de teoría y práctica, es una gran entendida y su fundación es referente, tanto en el Valle de Paravachasca donde se hallan, como en toda la provincia de Córdoba.
Marta nació en Buenos Aires, pero al mes la llevaron a Anisacate, a criarse en el valle cordobés de Paravachasca, el cual limita al sur con el Valle de Calamuchita y al norte con el Valle de Punilla. Es docente de primaria y licenciada en Filosofía, pero actualmente está abocada al trabajo como vicedirectora en la escuela primaria Comandante Espora, de Alta Gracia.

La líder de la ONG comienza recordando: “Mis padres vinieron a vivir en el medio de un campo, sin luz eléctrica y con estufa a kerosene. Llegaron sin plata, porque en el medio del viaje sufrieron la crisis del Rodrigazo. Un hombre les prestó su casa a mis padres para que hicieran de caseros. Allí criaban gallinas, pavos, patos, cerdos, y a mi papá le encantaba hacer quinta, hasta que empezó a trabajar en FORJA, que luego fue la Renault. Soy la quinta de siete hermanos y recuerdo que los mayores salían a vender huevos, lechuga, hortalizas”.
Cuenta la docente y filósofa que ella siempre había sido amante del monte nativo, y que participó activamente en la lucha por la Ley de Bosques. Por ese motivo empezó a estudiar sobre plantas nativas y se capacitó en reconocimiento de especies, modos de germinación y mucho más. En 2019 inició un proyecto de forestación junto a los alumnos de su escuela. Comenzaron a juntar semillas en el monte, pero vino la pandemia y sobrevinieron los incendios forestales en el valle. Entonces ella comenzó a reunirse con un grupo de voluntarios, todos vecinos de Anisacate, con la intención de proteger el monte.

“Al principio -explica Marta-, lo hacíamos en un predio que nos prestó la municipalidad, en el que habíamos conformado una escuela ambiental para generar acciones educativas que protegieran el monte. Pero en 2021, algunos voluntarios nos separamos para armar un proyecto de vivero, hasta que en 2023 la municipalidad nos cedió un predio en comodato por 10 años, en el barrio Balcones. Entonces decidimos crear nuestra ONG, la Fundación Garabato Cuna de Nativas, cuyo objeto es la restauración del monte nativo. Iniciamos un plan de reforestación con apenas 20 semillas, y actualmente sembramos unas 10.000 por año, si bien el porcentaje de germinación ronda entre 20 y 80%”, aclara.
La emprendedora da más detalles: “Sin el apoyo de la municipalidad se nos habría hecho muy difícil llegar a este presente con una estructura básica. Nos cedió tres lotes de 500 metros cuadrados cada uno, donde construimos un sombráculo, es decir una especie de quincho con media sombra, más un invernadero que nos permite hacer plantines en invierno. También hemos montado un obrador con el sistema de bioconstrucción, para guardar las herramientas que el mismo municipio nos proveyó, más un baño”, detalla.

Fontana brinda la lista de semillas nativas que hoy poseen: Tumiñico, Sen de campo, Durazno y Manzano de campo, Garabato hembra, Tusca, Piquillín, Espinillo, Quebracho, Mistol, Moradillo, Cina Cina, Viscote, Algarrobo blanco, y negro, Garabato macho y Espinillo negro, Tala, Chañar, enredaderas como Peine de Mono, Tasi, Sachahuasca y demás. Indica que el Garabato es poco conocido, porque se lo suele confundir con el Tala, ya que sus hojas son similares, pero atraen a los colibríes y tienen mucho valor ornamental.
“Comenzamos siendo 8 -continúa Marta- y hoy somos 25 voluntarios. A veces recibimos asesoramiento de agrónomos, como del ingeniero y biólogo Lucio Capeletti, que vive en Estados Unidos pero se asoció a nuestra Fundación, y desde allá nos ayuda a identificar las plantas y plagas”.

La presidente de la Fundación quiere hacer un llamado a la sociedad: “Necesitamos que los propietarios de los campos se animen y comprometan, poniendo especies nativas porque atraen polinizadores, ofician de cortinas de viento y mejoran la calidad del suelo, como en los casos de los algarrobos y espinillos, cuyas vainas al caer le fijan nitrógeno, aportan humedad y mucho más”.
Comenta Fontana que acaban de lanzar un programa pionero en reforestación, llamado De Raíz, donde se proponen trabajar de manera colaborativa con gobiernos locales, empresas e instituciones educativas en programas de triple impacto: ambiental, educativo y económico. “Para este programa contamos con el apoyo de la Secretaría de Ambiente, Economía Circular y Biociudadanía y gobiernos locales como la Municipalidad de Alta Gracia y la Comuna de Dique Chico”, agradece.

Pero la líder de la ONG lamenta que están atravesando una crisis económica, la cual pone en riesgo la continuidad de su institución. “Los voluntarios no cobramos ningún sueldo -dice-. Cuando se trata de espacios públicos, donamos los árboles, pero sostenemos nuestra estructura con planes de forestación que brindamos a los privados, los asesoramos, les proveemos los ejemplares y podemos hacerles todo el trabajo. Además, tenemos un plan de aportes para socios. Ojalá mucha gente pueda ayudarnos, colaborando o dándonos trabajo”, reza con esperanza.
Marta culmina señalando con orgullo que ya han plantado más de 4000 árboles y que unos 300 estudiantes han pasado por el vivero. “Y pensar que cuando empezamos, muchos voluntarios no tenían idea de nada y hoy no cesamos de aprender sobre las nativas y el monte”, reconoce.
El grupo de voluntarios de la Fundación Garabato eligió dedicarnos la Chacarera del Chilalo, de Fortunato Juárez, interpretada por La Juntada, que conformaron Peteco Carabajal, Raly Barrionuevo y Dúo Coplanacu.




