Matías Polidoro y su esposa Ana Clara García armaron una cabaña Limangus llamada El Zaino en Firmat, en plena zona núcleo agrícola. La curiosidad es que ninguno de los dos venía del palo agropecuario. Él es ingeniero en sistemas y ella licenciada en filosofía. Son socios en la vida, en la empresa y toman las decisiones siempre por consenso.
Con apenas 25 años se metieron en la ganadería aprovechando una oportunidad comercial que no dejaron pasar y 15 años después tienen un establecimiento que va desde la cría de la genética Limangus a la venta de hacienda para la faena.
Uno de sus novillos, criado y engordados en su campo de Santa Fe, fue presentados en el reciente block test hecho en la rural de Palermo donde obtuvo el premio a la mejora res vacuna.
“Desde lo académico estamos muy lejos de la ganadería, pero desde el corazón muy cerca”, resumió Matías al recordar los comienzos en Bichos de Campo. Aunque su familia tenía una empresa agroquímica y algunos vínculos con el campo, la ganadería no formaba parte de su historia. Sin embargo, cuando apareció la oportunidad de comprar un establecimiento, no dudaron.

“Tuvimos la posibilidad de hacernos de un campo ganadero y decidimos poner una cabaña. Nos pusimos a investigar las diferentes razas, asociaciones y cabañas y terminamos decantando por el Limangus. En ese entonces en nuestra zona prácticamente no había Limangus, así que vimos un nicho, una posibilidad y le vimos mucho futuro a la raza”, recordó.
La decisión llegó entre 2016 y 2017, cuando la actividad todavía arrastraba las consecuencias de años muy difíciles para los productores de carne. Esa coyuntura, paradójicamente, les permitió acceder a vientres de excelente genética a valores que hoy consideran imposibles.
“El Limangus no estaba tan en auge y no había tanta demanda de vientres, que es lo más costoso para iniciar una cabaña. Logramos hacernos de genética de punta a valores muy acomodados porque todavía la raza no era tan conocida. Fue una apuesta muy fuerte porque había mucha incertidumbre sobre si la ganadería realmente iba a levantar”, explicó.
Además, eligieron desarrollar la cabaña en una región donde predominan los cultivos agrícolas. En el sur de Santa Fe, reconoció, la ganadería casi desapareció del paisaje.
“Por ahí algunos nos dicen que somos los locos de la ganadería. Es raro ver hacienda en nuestra zona; casi no quedan alambrados, aguadas ni corrales. Pero siempre está el productor que conserva unas pocas vacas y esa fue principalmente la clientela a la que apuntamos en nuestros inicios”, contó.
Desde el primer día, Anita fue mucho más que una acompañante. Participó de cada decisión importante y asumió buena parte de la gestión administrativa y comercial del emprendimiento.
“Es mi compañera ideal. Todo lo que es gestión, administración, marketing y las decisiones más importantes las tomamos juntos. Haber conversado las decisiones hace que sean más sólidas y mucho más fáciles de sostener. Eso es lo que más valoro de mi compañera”, aseguró Matías.

Con esa base comenzaron a construir El Zaino. Hoy administran dos establecimientos separados por unos 30 kilómetros. En uno realizan la cría e inseminan la totalidad de las vacas aptas para ese manejo. En el otro desarrollan la recría completamente a pasto, tanto de machos como de hembras. Los toros permanecen un año más en el campo antes de salir a la venta, una decisión que responde a las necesidades de los clientes del norte argentino.
“En vez de competir con comida, competimos con tiempo. Preferimos dejar un año más al toro para que termine de desarrollarse a pasto y llegue listo para trabajar. Esa fue una decisión estratégica que nos dio excelentes resultados”, explicó.
Todos los reproductores se crían a pasto y, además, los animales destinados al norte del país reciben inmunización contra la tristeza bovina, una enfermedad endémica de esas regiones.
La selección genética también responde a un objetivo muy claro. Polidoro asegura que existen características sobre las que no están dispuestos a negociar.

“Hay tres cosas que no negociamos: la mansedumbre, el bajo peso al nacer y el frame moderado. No nos gustan animales grandes, no nos gustan animales locos y no nos gustan animales con alto peso al nacer”, afirmó.
El bajo peso al nacimiento tiene una explicación muy práctica. Sus principales clientes son productores agrícolas que mantienen algunas vacas como complemento de su actividad y no pueden dedicar tiempo a asistir partos complicados.
“Vendemos un toro para que nazca el ternero sí o sí. Hay productores que van cada tres días al campo y tienen las vacas como una caja de ahorro. No podían tener problemas de parto, así que desde el inicio trabajamos con facilidad de parto”, explicó.
La demanda terminó validando ese planteo. En la actualidad venden la totalidad de los reproductores y hasta trabajan con listas de espera para los próximos años.
“Generalmente nos vuelven a comprar clientes que ya nos conocen y el boca a boca es nuestro mayor fuerte. Hace varios años que tenemos lista de espera y eso nos deja muy satisfechos con el trabajo que venimos haciendo”, señaló.





