Podría decirse que Lisandro Pacioni se ha convertido en un habitante del mundo. Ni de aquí, ni de allá, en continuo movimiento. “Mi agenda del año se organiza según los eventos y reuniones de negocios, sea en Asia, Europa o América”, contó en una linda entrevista de AgroExportados, “argentinos vinculados al campo, por el mundo”. Eso sí, es un trotamundos que tiene bien claras sus raíces, al que lo invaden los recuerdos y la emoción cada vez que regresa al pago, Pigüé, donde dio los primeros pedaleos en bici, hizo travesuras en el campo, y donde están la familia y los amigos.
Pacioni es economista con un master en finanzas. A pesar de esa “crianza a campo” -o producto de ella y tiempos no tan buenos para la economía rural-. se recibió y trabajó en una oficina hasta que se dio cuenta que no quería eso para toda la vida y voló. Vivió varios años fuera del país, emprendió, le fue bien, volvió al terruño, invirtió en el campo -la empresa familiar junto a su padre, productor y contratista- y empezó a ver cosas que no funcionaban en la prestación de servicios agrícolas.
De esa situación incómoda en la prestación de servicios surgió Malevo, una aplicación o market place donde se conectan productores con contratistas. Una especie de “uberización” de la prestación de servicios que Lisandro creó junto a su hermana Magalí. Pero en esta nota no hablaremos de esto sino de las “aventuras” de Lisandro por el mundo. Pasen y lean…

-¿Qué edad tenías cuando te fuiste, a dónde y por qué te fuiste?
-Te diría que todo comenzó con un viaje que hicimos en 2010/11 con un amigo cuando terminamos la carrera. Fui por un tiempo, me terminé quedando más y estuvo muy bueno. Estuve en varias ciudades, me abrió muchísimo la cabeza y me dejó la sensación de que quería más. Sin embargo, sentía también que tenía que volver a Argentina porque me había preparado toda la vida para algo que finalmente, cuando llegó, estaba abandonando. Pero la verdad es que volví con ganas de irme de nuevo. Ahora, a la distancia, siento que volvió mi cuerpo, pero mi alma y cabeza estaban en Europa.
–¿Y cuándo te volviste a ir?
-Cuando regresé a Argentina probé la vida de oficina, el trabajo en la ciudad, cumpliendo horarios y todo eso. Y no me gustó. Yo no quería tener que seguir esta carrera tan monótona, así la sentía. Me empecé a ver a los 40-50-60 años haciendo lo mismo y sentí que no era lo mío. Y justo tenía un amigo que se había ido a Australia y yo tenía pasaporte italiano, podía sacar fácil la visa. Le dije a mi novia en ese momento, dejemos todo y vamos a Australia. Pateé el tablero. La verdad, nos dio un poco de vértigo, pero saltamos y caímos al otro lado del mundo: sin mucho dinero, sin mucha experiencia, ni sabiendo demasiado inglés. Eso fue en 2013.
-¿Y te fuiste sin laburo?
-Sin nada. Había albergado en Buenos Aires a una chica de Australia vía Couchsurfing (N de la R: es una red social y plataforma de hospitalidad colaborativa que conecta a viajeros con personas locales dispuestas a ofrecer alojamiento gratuito en sus casas. Y le pregunté a ella si podía recibirnos unas semanas hasta que nos acomodemos a su casa y nos fuimos.
–¿Y cómo conseguiste laburo?
-Empecé a pensar, qué habilidades concretas, físicas, manuales, podía monetizar. Y se me ocurrió que a me gustaba hacer asados para amigos, me salían bien y me armé un currículum diciendo que era parrillero. Mandé a restaurantes en Sidney, justo uno tuvo un problema con su cheff, me hicieron una prueba y quedé. Asique en el plazo de dos semanas estaba trabajando de parrillero. De locos. Y te digo más, en Argentina, que era tesorero en una constructora y tenía un cargo jerárquico ganaba un 30% de lo que ganaba como parrillero en Australia. ¡Una locura! Me sorprendió, en general, que se pagaban muy bien los trabajos manuales. Pero el primer paso fue al vacío, ver qué hay, y en el peor de los casos volvíamos. No me quería quedar con la sensación de que no lo había intentado.

-¿Y cómo siguió todo?
-Al poco tiempo conocí un chico que estaba vendiendo almohadas y andaba muy bien, le ofrecí ayuda y arranqué en un negocio que anduvo muy bien. Así, de Australia, fui a desarrollar el negocio de las almohadas y otros negocios a Nueva Zelanda donde me quedé dos años. Logramos armar una cadena de distribución con presencia en 20 shooping, una red de clientes enorme y se vendió la empresa. Eso me permitió hacer la primera inversión en el campo familiar en Argentina. Además, me quedé con algo de dinero y me puse a viajar un tiempo. Hasta que volví a Argentina. Me quedé como dos años, pero ya para 2017/18 el país se cerraba cada vez más y no tenía correlato con lo que hacíamos nosotros que era importar y vender.
-¿Entonces? ¿Otra vez para afuera?
-Decidí volver a Nueva Zelanda, después, por cosas de la vida viví un año en Alemania, en un pequeño pueblo de montaña. Siempre comprando y vendiendo, ya no productos de cama, sino vinculados a dummies o maniquíes para practicar se hace RCP (reanimación cardiopulmonar). En el camino conocí a mi actual socio y desarrollamos una agencia de representación de editoriales, libros de texto y demás. Y se vino la pandemia. Fue un gran aprendizaje porque la educación tenía que seguir, tuvimos que digitalizar todo de un día para el otro.

-¿Qué te ha quedado de lo social después de estar en tantos países, viajar, conocer culturas diferentes?
-Como argentinos creo que tenemos la ventaja de que somos cercanos a la hora de relacionarnos. Parece mentira, pero se siente frialdad cuando estás en países anglosajones. Creo que si nos agarramos de esa cualidad que tenemos como sociedad podemos abrirnos camino mucho más rápido que otros. No porque seamos más capaces, pero sí porque somos más capaces de conectar con la gente. .
-Hay lugares donde te costó más?
-Si, es difícil hacer una generalización. No quiero ser injusto con Alemania, pero sí me acuerdo como si fuese hoy que de un día para otro cambió la hora y ya era octubre, pasó a anochecer a las 4 de la tarde, y la gente que en el verano venía siendo simpática, tomando una cerveza, una barbacoa, se cierra y se pone hermética. Es como que la sociedad inverna. Y no me pude acostumbrar. Sentí que estaba muy lejos de lo que quería. Para mí, si no armas un círculo que te haga sentir bien, por más que estés en el mejor lugar del mundo no te quedás.
-¿Cómo es tu vida hoy? ¿Dónde vivís? ¿Qué hacés?
-Mi devenir está marcado por mi calendario de negocios, las ferias internacionales y las visitas comerciales que tengo que ir haciendo a distintos lugares del mundo. Es un calendario difícil de combinar porque cada dos o tres meses suceden cosas y eventos en lugares bien diferentes. Entonces, sea donde sea que vivamos con mi mujer, vamos a tener que viajar mucho. Mirá, este año arranqué en Emiratos Árabes, donde tengo la base de una operación de comercio internacional. De ahí me fui a España, luego a Japón de luna de miel y a la vuelta pasé por negocios en Inglaterra y Estados Unidos. Y acabo de volver hace unas semanas a Madrid donde vamos a quedarnos hasta fin de julio que tengo que volver a Asia y después a Sudamérica, pero a Santiago de Chile, porque mi mujer es de ahí. En Octubre Alemania, después Mexico, y así. Es una vida errante. Algo que hace un tiempo me aterraba, creía que no me lo iba a bancar, pero me acostumbré. Dejé de buscar el llegar a algún lugar. Estoy amigado con este tipo de vida, haciendo las pases con lo que sea que venga.
-¿Qué comidas extrañás de Argentina?
-Sobre todo los sabores que siento en casa, cuando vuelvo a Pigüe, al campo. No sabría decirte qué puntualmente. Acá es difícil replicar ciertos sabores, por ejemplo, el guiso de mi mamá, esa denominación de origen que se pierde cuando uno se va. Y por más que hagas milanesas, no te salen igual. A veces tengo algún antojo y le pido al carnicero que me haga algún corte argentino, el carnicero me mira raro, pero bueno.

-¿Qué comidas has incorporado?
-Comidas raras he probado casi todo en los viajes. Pero que la haya incorporado, me gusta mucho el tartar, la carne cruda con yema de huevo. Extrañamente en Alemania, en uno de los pueblitos que viví, lo comían en el desayuno. Con la mostaza de dijón, lograba un sabor espectacular. Cada tanto lo hago.
-De lo que has conocido, ¿Qué lugar recomendarías para visitar?
-A mí lo turístico, turístico no me gusta mucho. Hace un tiempo estuvimos con un amigo en uno de los lugares más extremos de la tierra, al archipiélago ártico de Svalbard, unas islas al lado del polo norte, que es donde está el Banco mundial de semillas. Más allá de eso, siento que para ir a lugares bonitos hay que escapar de lo turístico y multitudinario. Pero hace poco estuve en el norte de Africa y tanto a nivel cultural como también la historia que trae esa gente me gustó mucho y me parece que está bueno ir a un lugar que te ponga un poquito incómodo cuando viajas, ese choque cultural es desafiante. Y Asia es una locura. No entendés nada. Salís de lo intuitivo. Pero también la Patagonia me fascina, quisiera volver siempre. Es un mundo muy grande, hay que animarse a salir más y explorarlo.
-Si pudieses cruzarte con el Lisandro que estaba arrancando todo este camino de viajes y experiencias. ¿Qué le dirías?
-Cuando miro para atrás y veo todo lo que hice y me da cierto orgullo. Mirar para atrás es más fácil, pero cuando estaba ahí sin saber qué hacer es más complicado. Cuando estás en esas encrucijadas es inevitable dudar de uno mismo. Y un par de veces me tocó volver a empezar. Quizás no de cero, pero sí patear el tablero y animarse. A ese yo que estaba empezando todas estas aventuras le diría que lo haga con convicción, que lo mejor está por venir, una palmada y a seguir.






