Durante buena parte de su vida, Zenón Cano creyó que iba a terminar sus días entre plantas de algodón. Como su padre y como tantos vecinos de Colonia El Alba, a quince kilómetros de El Colorado, en el sudeste formoseño. Hoy ya no siembra. Y cuando recuerda ese cultivo que marcó a toda una generación, cambia sin darse cuenta el tiempo verbal: “Fuimos productores agrícolas”, describe ante el micrófono de Bichos de Campo.
La frase resume el final de una época en una región que durante décadas fue uno de los grandes territorios algodoneros del país. En El Colorado, Villa Dos Trece, El Alba y toda la ribera del Bermejo, el algodón era una forma de vida, una economía familiar, una identidad.
La historia de Zenón empieza antes de él. Sus padres llegaron desde Corrientes a fines de los años 40, atraídos por lo que en ese entonces se conocía como el “oro blanco”. La Junta Nacional del Algodón ofrecía semillas, financiamiento y trabajo. Para quienes venían sin conocer siquiera un arado, era una oportunidad.
Al referirse a la llegada de su familia desde Corrientes, el productor recordó: “Mis viejos vinieron sin conocer nada del algodón. Les dijeron que acá estaba el ‘oro blanco’, que la Junta Nacional del Algodón daba semillas y plata para trabajar. En esa época, con diez hectáreas vivían y nos mantenían a nosotros. A veces con menos también.”
“Ellos copiaban lo que hacían los otros productores y les fue muy bien”, recuerda. En esa época, diez hectáreas alcanzaban para mantener a una familia, educar a los hijos y guardar plata de un año para otro. El algodón se cosechaba a mano, sin herbicidas ni maquinaria, y el precio acompañaba. “Trabajaba toda la familia, no había costo y tenía buen precio”, dice Zenón, con nostalgía del pasado. Al igual que muchos, fue testigo de como el algodón abandonó la provincia, ya que según los datos, de más de 100 mil hectáreas sembradas en la década del ´70, hoy quedan menos de 5 mil, mayormente en manos de unos pocos grandes productores.
Al reconstruir cómo se organizaba la vida en torno al algodón, Cano explicó: “Con el algodón se programaba todo. Mi viejo decía: ‘Este año con cinco hectáreas saqué diez toneladas, me queda una reserva’. La plata no se desgastaba, valía lo mismo de un año para otro. Con eso estudiamos nosotros. Igual carpimos, cosechamos, hombreábamos las bolsas. La vida entera giraba alrededor del algodón.”
La prosperidad del algodón también fortaleció a la cooperativa local, donde Zenón trabajó veinte años. “Era un banco para el productor”, resume. Allí se conseguían semillas, gasoil, créditos a seis meses y asesoramiento. La economía giraba alrededor del cultivo y de esa institución que llegó a tener mil socios.
Al describir la calidad excepcional del algodón de la zona, recordó un episodio que marcó a toda la región: “Esta zona tiene un microclima especial por la margen del Bermejo. El algodón era de mejor calidad que en cualquier lado. Vinieron exportadores y después un inglés. Analizaron los fardos y dijeron: ‘Esto es para llevar a Inglaterra’. Nosotros habíamos sacado noventa fardos tipo A, pero allá nos dijeron que teníamos casi doscientos.”
Pero ese modelo empezó a resquebrajarse. La mecanización, los herbicidas y la llegada de los grandes pools de siembra cambiaron las reglas de la zona, según cuenta Zenón. Lo que antes se hacía con trabajo familiar ahora requería maquinaria costosa. “El chico empezó a renegar, no le daban los números”, explica Cano. La mano de obra se encareció, los costos crecieron y el algodón dejó de ser rentable para los pequeños productores.
Mirá la entrevista completa con Zenón Cano:
Mientras los grandes avanzaban con 50 o 100 hectáreas, los de menos recursos quedaban afuera. “Si los números dieran, cualquiera podría hacerlo. Pero no cierran”, dice. Y así, lentamente, el algodón dejó de ser una opción.
La salida fue la ganadería. No como triunfo, sino como adaptación. Con el impulso de programas provinciales y el acompañamiento del INTA, muchos productores comenzaron a incorporar genética, pasturas y manejo rotativo. En campos chicos —50 hectáreas en promedio— la cría se volvió posible.
Al explicar la transición hacia la ganadería, señaló: “Muchos dejamos el algodón y nos inclinamos a la ganadería. Con poquita chacra, porque acá son cincuenta hectáreas nomás, se puede tener un rodeo vacuno bueno. Antes necesitábamos cuatro años para sacar un ternero terminado; hoy en dos años ya está. La ganadería da precios y márgenes que te hacen mirar y decir: ‘Vamos por este lado’.”
Zenón hoy maneja un rodeo de Braford, con lotes ordenados y pasturas implantadas. “Cien vacas en cincuenta hectáreas se puede tener”, afirma. Los terneros se venden rápido y los costos son menores que en la agricultura. “Es una fábrica”, dice, usando la misma palabra que antes describía al algodón.
Al comparar la vulnerabilidad del algodón con la ganadería, agregó: “El clima acá campea. Un amigo sembró cien hectáreas y hace un mes el algodonal quedó bajo agua. Eso la ganadería no lo tiene. Entonces la gente busca algo que le dé economía para subsistir.”
Aun así, la memoria del algodón sigue viva. No como romanticismo, sino como recuerdo de una economía que funcionaba. Zenón lo dice explica: “Si las condiciones volvieran, todos volveríamos al algodón.”
La ganadería permitió sobrevivir, pero no reemplazó lo que el algodón significó para miles de familias del sudeste formoseño. En la vida de Zenón Cano, como en la historia de toda la región, el paisaje productivo cambió.
Finalmente, al hablar del futuro, dejó una frase que sintetiza toda la historia: “Si las condiciones volvieran, yo vuelvo al algodón. Todos vamos a volver si se da. Pero si no se da, vamos a seguir donde vemos que estamos.”





