El uso de los drones agrícolas muestra que la tecnología avanza mucho más velozmente que las legislaciones, las cuales de hecho empiezan a trabajarse en la zona núcleo. Y avanza también más rápido que la evidencia científica, como sucede en el caso particular de las aplicaciones de fitosanitarios.
Eso es lo que motivó a un grupo de trabajo dentro de la Red Nacional de Drones del INTA a buscar el modo de aportar conocimiento útil y fundado sobre qué es lo que sucede con los agroquímicos cuando se los pulveriza desde drones y, específicamente, poder calcular y controlar el riesgo de deriva.
El resultado es el protocolo que están presentando en conjunto con la Facultad de Ciencias Agrarias de Balcarce, que desarrollaron con el objetivo de estandarizar las mediciones de acuerdo a reglamentaciones internacionales y cuantificar con precisión en qué condiciones es que pierden efectividad.
Consultado por Bichos de Campo respecto a este trabajo, Eduardo Vita, un especialista en pulverizaciones que integra el INTA Oliveros, aseguró que es el que brinca los parámetros para buscar “cómo aplicar en forma segura, eficaz y eficiente” desde estas aeronaves.
Se trata del primer protocolo orientado a esta actividad que empieza a circular en el país y que permitirá unificar criterios entre los ensayos que se llevan a cabo en distintos ambientes y bajo condiciones climáticas diversas.
“Necesitamos generar datos para conocer este tipo de equipos y saber cómo se comportan las gotas que generan. El trabajo en red es una fortaleza del INTA y tener un protocolo hace que los datos que generamos sean más valiosos”, explicó el investigador.

El foco está puesto en controlar la deriva, es decir, el desplazamiento involuntario del producto aplicado, que no sólo quita eficiencia a la actividad sino que además puede derivar en riesgos ambientales. Como la de los drones es aún una tecnología demasiado novedosa, esa es una cuenta pendiente en el sector que el trabajo del INTA busca saldar.
Para ello, los ensayos que se enmarquen en el protocolo exigen un control estricto sobre las distintas variables, desde el tamaño de gota o la concentración del agroquímico, hasta la altura del vuelo y la velocidad. Además de un monitoreo ambiental en tiempo real de variables como viento, temperatura y humedad.
De ese modo, se realizan pasadas controladas sobre un determinado lote, en las cuales el dron pulveriza un colorante -en vez de un fitosanitario- luego captado por distintos colectores. Su posterior análisis permite cuantificar el producto depositado fuera del área objetivo y calcular la curva de decaimiento de la deriva.
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“Buscamos que todos los que trabajamos en esto, y los que se sumen, tengamos el mismo protocolo, el mismo criterio, la misma idea, hasta la misma concentración, para poder evaluar y sumar información válida y comparable. Hay que asegurarnos de que no sean ensayos aislados”, aseguró Vita.
Que esa información sea fiable es clave para que luego sea aplicada por investigadores, organismos de regulación y registrantes de productos fitosanitarios.
“Queremos sacarle jugo a lo que aprendamos, porque eso caracteriza a esta institución”, agregó el especialista, que trabaja fundamentalmente junto a otros colegas de experimentales en suelo bonaerense, pampeano, cordobés y santafesino. Todo ello, enmarcado en la Red Nacional de Drones del organismo.
A nivel nacional no existen aún normativas que legislen sobre la aplicación de agroquímicos desde drones, y ni siquiera una que aúne criterios sobre las pulverizaciones en términos generales. Eso implica que las regulaciones sean provinciales y, en esencia, dispares.
“La tecnología avanza mucho y un punto clave es que se vaya habilitando el uso de estos equipos en cada jurisdicción. Eso es lo que da otro panorama”, ponderó Vita, que asegura que aún es necesario no sólo un trabajo científico que continúe echando luz sobre cómo operan de forma óptima, sino además un proceso de capacitación muy extendido.

“La capacitación es fundamental porque no todos pertenecen al sector. El desafío no es solamente operar en forma segura y con conciencia una aeronave piloteada de forma remota, sino encima trabajar con fitosanitarios y hacer una aplicación de calidad, con la menor deriva posible”, afirmó el investigador.
Y para eso, desde ya, su protocolo es también muy relevante. “Para formar necesitamos datos y medir. En los próximos años va a hacer falta un mayor trabajo de investigación y de ingeniería para dar garantía de que lo que hacemos lo hacemos bien”, concluyó.





