Si a los grandes se les dificulta producir, ¿qué les queda a los más chicos? En la Patagonia la producción ovina atraviesa uno de sus momentos más delicados. El stock cae desde hace años, la sequía golpea con fuerza, los predadores presionan sobre las majadas y los precios recién ahora comienzan a dar señales de recomposición.
En ese escenario complejo, la voz de quienes siguen apostando a la actividad resulta clave para entender qué está pasando. Uno de ellos es Guillermo Paz, productor de Chubut, referente de la histórica estancia Tecka y actual presidente de la Asociación Argentina de Criadores de Merino.
Paz conoce el negocio desde adentro y desde hace décadas. Su vínculo con el sector viene de familia y se remonta a las viejas barracas laneras del país.
“Oriundo de Avellaneda, de las tierras de las barracas de lana. De ahí vine yo”, cuenta sobre su origen. Hoy su vida productiva está bastante más al sur. “Yo soy productor de la provincia de Chubut, de Tecka puntualmente, y bueno, ahí estamos desde muchos años atrás, porque todo lo arrancó mi abuelo, entonces acá estamos presentes”.
Desde ese lugar, donde se produce en uno de los territorios más exigentes del país, Paz describe una realidad que combina problemas estructurales con algunas señales que podrían abrir una ventana de esperanza para el sector.
“De los 11 millones de ovinos que tiene el país, seis millones y medio están en la Patagonia. La Patagonia tiene temas muy diversos”, explica. Y enseguida enumera las dificultades que hoy enfrentan los productores: “El clima no está ayudando mucho, hay una seca feroz con el cambio climático, hay predadores, hay también problemas sanitarios con la sarna bendita”.
Ese combo de factores no es nuevo, pero se vuelve cada vez más pesado sobre una actividad que viene perdiendo animales desde hace dos décadas. Según el propio Paz, la caída del stock ha sido sostenida y muy fuerte.
“En los últimos veinte años hemos tenido un 10% anual de baja de stock”, señala.
Ese derrumbe del rodeo ovino explica parte de la crisis actual, pero también empieza a generar un fenómeno inverso en el mercado. Con menos producción disponible, los precios comienzan a reaccionar.
“El mercado local en oferta y demanda, que siempre se ha regido por eso en cualquier mercado, está dando un nivel de precios en suba, más que nada por la gran caída del stock que ha habido”, explica el dirigente.
A esa señal de mercado se suman algunos cambios macroeconómicos recientes que, según Paz, podrían ayudar a recomponer expectativas entre los productores. “Hemos logrado muchas cosas en estos últimos tiempos, como la liberación en el tipo de cambio, como el control de la inflación”, afirma.
En ese contexto, empieza a aparecer una pregunta que muchos productores se hacen: si existe alguna posibilidad real de recuperar la actividad, invertir nuevamente en genética o incluso recomponer los rodeos.
Paz no esquiva el interrogante, aunque deja claro que no hay soluciones mágicas. “Hoy por hoy parecería que el mundo está diciendo: no, la lana no la tenemos que dejar caer, de alguna forma tenemos que resurgir, y la carne ovina también. Estamos en auge de lograr buenos precios, por suerte”.
Esa expectativa no significa que el camino sea fácil. Al contrario, el dirigente reconoce que la recuperación requerirá esfuerzo y persistencia. “Hay que trabajarlo mucho, hay que remar en el dulce de leche, como dicen hoy por hoy, pero realmente sí, es como todo: si tenés pasión, le vas a seguir dando para adelante”.
Mirá la entrevista completa con Guillermo Paz:
La pasión, de hecho, es casi un requisito obligatorio para producir ovinos en la Patagonia. Allí las condiciones naturales imponen una lógica productiva muy distinta a la de las regiones más fértiles del país.
“Acá las inclemencias climáticas son grandes, tenés que pelearla con las grandes extensiones, distancias fuertes. Es un entorno que no está en el norte, sin ninguna duda”, explica Paz. Y agrega: “Es muy distinto a la pampa húmeda, totalmente distinto, pero a todo te adaptás”.
La estancia Tecka, donde produce desde hace años, es un buen ejemplo de esa realidad. Desde afuera, el paisaje puede parecer una postal perfecta de la Patagonia. Pero la vida productiva detrás de esa imagen es mucho más exigente.
“Lo bonito y lo lindo dejalo para un par de días, dos o tres días para la foto. El resto es estar haciendo buena letra”, resume.
La clave, según su experiencia, es la constancia frente a un sistema productivo que cambia permanentemente. “La constancia de trabajo es la que te obliga a tener el premio, que es amoldarte a algo inédito todos los días, porque realmente esto es muy cambiante”.
En medio de ese escenario desafiante, la genética aparece como una de las principales apuestas del sector para sostener la competitividad. En el caso del Merino, una raza emblemática para la Patagonia, el trabajo de mejoramiento viene mostrando resultados concretos. “En nuestra cabaña hemos traído genética de afuera, como tantas otras. La gente se preocupa por mejorar”, explica Paz.
“Si mirás el animal Merino, ha cambiado en su morfología en los últimos tiempos, no solamente en fenotipos sino también en lanas. Las lanas finas están predominando hoy en el mercado”, analiza.
Por ahora, el desafío sigue siendo el mismo de siempre: resistir en uno de los territorios más duros del país y mantener viva una actividad que forma parte de la identidad productiva de la Patagonia.
“Hay muchas cosas para resolver, sin duda”, admite Paz.





