Hace varios años que los márgenes de la actividad agrícola a duras penas alcanzan para crecer o, siquiera, para subsistir. Para un productor chico o mediano, además de la carga impositiva y el costo de trabajar la tierra -incluso la que es propia- difícilmente quede resto que permita expandirse o incorporar tecnología, paradójicamente cuando es muy necesario hacerlo en un contexto de alta concentración.
Con ese cuadro de situación, el movimiento cooperativista ha sabido sacar músculo y demostrar que, aunque parecen anacrónicos, su estructura, sus métodos y sus propósitos son muy actuales. Y, hasta ahora, han dado respuestas bastante efectivas ante las crisis que golpean a la actividad.
Parte de esa tarea le cabe a dirigentes como Gustavo Gaich, un ingeniero agrónomo de vasto recorrido en el cooperativismo. Actualmente, es vicepresidente de Cotagro, la cooperativa vinculada a los productores maniceros, quien además es su representante dentro de Coninagro Córdoba y forma parte de la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA).
“No vengo de familia cooperativista, pero creo en el cooperativismo y lo considero una herramienta muy válida para los productores medianos o pequeños”, expresó Gustavo, quien, consultado por Bichos de Campo destacó las muchas veces que esas entidades han sido claves para la subsistencia del sector.
Casos conocidos abundan, como el auxilio en períodos de sequía o inundación, los proyectos para producir en conjunto y a gran escala, o el muy conocido caso de la quiebra de Vicentin, cuando las cooperativas tuvieron que cubrir lo adeudado por la gran exportadora, justamente para evitar que las víctimas de ese default fueran los pequeños productores que habían entregado sus cosechas.
“Los fines y los métodos son diferentes. Se toma mucho más en consideración al productor y se lo ayuda a superar momentos difíciles”, explicó el dirigente, que bien sabe que esa tarea asociativa va “a contracorriente” de los procesos de concentración en el agro global, pero confía en que esos reductos de la economía social son una de las pocas respuestas efectivas para evitar la desaparición de los productores.
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Un tema que domina la agenda del sector cuando la economía aprieta es el de la tenencia de la tierra, debido a los costos de los arrendamientos que cubren el 70% de la superficie total sembrada en la Argentina. La cuestión es que, señala Gaich, “la rentabilidad es muy fina para el productor”, tanto que ya ni siquiera está en los planes expandirse en superficie, sino que incluso se pone en tela de juicio cómo afrontar los alquileres.
¿Cómo puede ser que un negocio tan finito pague alquileres cada vez más caros? “Nosotros nos hacemos siempre esa pregunta”, expresó el dirigente. Cabe destacar que en la provincia de Córdoba, por ejemplo, ese valor se ubica hoy en torno a los 12 quintales por hectárea, en torno al promedio de las últimas 3 campañas, según una medición de la Bolsa de Cereales local.
Aunque el valor de los alquileres no han sufrido grandes cambios en los últimos años, lo que sí ha cambiado, observa Gaich, es el negocio agrícola. Y eso es lo que complejiza el mapa para los productores tradicionales.
“Hasta hace dos años atrás, con el anterior gobierno y mucha inflación, la idea era sembrar mucho y hacer volumen, sin importar el costo. Generalmente se llegaba con un capital financiado en un 80%, pero era una deuda que se licuaba con la inflación y el dólar caro, entonces siempre se encontraba rentabilidad. Era sencillo hacer negocios”, explicó.
Los cambios en la macro, que igualmente el sector celebra, han desactivado gran parte de ese mecanismo que disimulaba las ineficiencias productivas. “El sistema cambió. Hay que trabajar con capital propio y ser mucho más medido, sobre todo en los gastos. Uno se acostumbra a un nivel de vida y sé que ir a la inversa cuesta, pero tenemos que ser conscientes de eso”, agregó el referente cordobés.
Lo cierto es que en momentos como este, cuando la soga al cuello aprieta para muchos productores, es cuando el cooperativismo se revaloriza y vuelve a sus bases, a tono con el “fin social” con el que fue creado.
Y no sólo con iniciativas concretas, como lo es producir a gran escala en conjunto, buscar vías de financiamiento o hacer compras de insumos o maquinaria de forma asociativa. También con la agenda que se traslada a los tomadores de decisión, tanto nacionales, como provinciales y locales.

Esa agenda, asegura Gaich, está dominada por la carga impositiva, que recorta rentabilidad en los productores y torna mucho más pesada la mochila en el sector. “Entre el 60 y el 70% de lo que producimos es para pagar impuestos, y eso es una locura”, puntualizó el dirigente, que celebró las sucesivas bajas de retenciones y la estabilidad macro, pero apuntó que todos los estamentos, incluso los municipios, deben actuar en consecuencia.
Ya es conocido el caso de los municipios cordobeses donde hoy se reclama por la eliminación de las guías ganaderas, por ejemplo, o el logro sectorial de que el impuesto Inmobiliario Rural se actualice acorde al índice de precios Internos al por Mayor (IPIM) del Indec. Así y todo, la “vedette” del asunto, como siempre, terminan siendo las retenciones.
Que el reclamo será incansable, no le caben dudas, pues Gaich considera que sólo se trata de velar por la “igualdad de trato” con otros sectores, ahora que pasó mucho tiempo, y mucha agua bajo el puente, desde que ese impuesto fue creado.
“Siempre fuimos conscientes de que era necesario el aporte del campo, porque era un sector que en su momento, con la salida de la convertibilidad, y la devaluación, tuvo un beneficio muy rápido. Pero hoy por hoy el tema ha cambiado completamente y tenemos derecho a reclamar por la eliminación de las retenciones”, concluyó.




