Entre conservas, encurtidos, mermeladas y regionales, son 25 productos los que elabora Don Alfredo, una marca que de seguro conozca quien haya pasado por el Valle Medio. Lo particular de esa empresa familiar, oriunda de la localidad rionegrina de Luis Beltrán, es que no usa ni una sola materia prima que no sea de producción local, y tampoco ha cambiado ni una coma de las recetas fundantes, aquellas que alguna vez una señora, muy soñadora, puso en un papel.
La historia reza que la abuela Anunciada López, conocida como “Dita”, era muy buena en la cocina. Y tanta confianza se tenía que decidió empezar a producir mermeladas y conservas en cantidad para venderlas en la región. Eligió honrar a su ex esposo con el nombre de la marca y convenció a su hijo de que el negocio iba a marchar con sólo una visita en colectivo a una feria en Bahía Blanca, a la que Dita -convencida- llevó los dulces para vender.
Lo demás, es historia. Y Bichos de Campo la repasó con sus protagonistas, nada más ni nada menos que donde fue -y es aún- escrita.
“Le digo ´mamá, ¿a dónde vas a ir a vender? Esto es lugar para los hippies y vos no sos esa clase de gente´”, recuerda Dante Rapari, heredero del sueño de “Dita” y uno de los que tuvo que convencerse muy rápidamente de que eso iba en serio.
Su mamá había agarrado algunos frascos y, en colectivo, se había ido a una feria en Bahía Blanca, a unos 300 kilómetros de Luis Beltrán. Ninguno de los augurios de su hijo fueron certeros, porque en un día había vendido todo y pedía que le mandaran más productos por encomienda.
El que se encomendó fue Dante, que ahí entendió cuál era la esencia de Don Alfredo y, por los próximos 30 años, no se bajó de su camioneta para recorrer cuanta feria había en la zona. Sin internet, ni redes sociales, el boca en boca hizo lo suyo.
“Yo siempre decía que si de cada 5000 personas que entraban a la feria, yo conseguía un consumidor, al cabo de varios años iba a tener mucha venta. Y así crecimos”, describe.

Pero el secreto, desde ya, no era sólo ese marketing sensorial, sino las fórmulas que “Dita” grabó a fuego en la empresa desde aquel primer momento del año 1985. Que no sólo se destacan por ser ricas, sino que revalorizan -con una herencia española e italiana- lo producido en aquella región del Valle Medio, una zona por demás diversificada.
Esa “idea loca”, como la describe su nieto Leandro, cautivó a todas las generaciones. Pues tanto él como su hermano no lo dudaron ni un momento y, cuando tuvieron que elegir una carrera, pensaron en Don Alfredo. Leandro optó por Administración de Empresas y Nazareno por Tecnicatura en Alimentos, y ambos siguen hoy adelante del mismo modo en que les enseñó su abuela, y su padre.

La empresa, con los años, adquirió otro vuelo. Aunque se resiste a las grandes góndolas -por no querer y en algún punto, no poder, competir con las grandes marcas-, sí se vende en gran parte de la Patagonia y se expande hasta donde lo permite su escala. Lo que no se negocia es el espíritu artesanal y casero que los caracteriza.
“Hacemos 25 artículos distintos y podríamos hacer 40 si quisiéramos”, señala Leandro, que asegura que todo lo que sale en sus frascos es de producción local. Y es que muchas fábricas agregan valor de ese modo a frutas y hortalizas de la región, pero prácticamente ninguna tiene a su disposición un abanico tan amplio de productos como los que se elaboran en el Valle Medio.
Desde cerezas, frambuesas y frutillas, hasta duraznos, damascos, peras, manzanas y uvas. Las berenjenas, ajíes, pepinos, cebollas y tomates también son protagonistas. Y la lista podría continuar, porque todo lo que crezca en la zona ellos lo hacen mermelada, o encurtido, o conserva.
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Cuando no es de su chacra, es de un selecto grupo de productores con los que tienen una relación de confianza, y a los que incluso proveen de los plantines al inicio de la campaña. “Cuidamos todo el proceso productivo, desde que nace la planta hasta que llega el producto al frasco. Esa identidad regional, esa calidad y esa forma de elaborar no la hemos perdido nunca”, explica Leandro.
Es la misma forma que ellos veían en la casa de su abuela, cuando las ollas se prendían a la mañana y ellos ayudaban a pelar frutas o a lavar verduras. Cuando, por supuesto, los conservantes y colorantes eran directamente mala palabra. Como lo siguen siendo en Don Alfredo.
“Sigue todo exactamente igual. Ahora nos ordenamos y hacemos un poco más de cantidades, pero la idea es seguir haciéndolo como lo hacen las familias para su consumo. Nosotros lo queremos hacer igual, pero para que lo puedan consumir otras personas”, agrega el heredero.

En algún punto, el recuerdo de cómo se comía en casa es lo que también mantiene viva esa motivación. “Yo me acostumbré a comer rico toda mi vida, y cuando no tengo mis productos me siento raro”, afirma Dante, que aún pseudo retirado del negocio se niega a abandonarlo al 100%.
La otra pata de esa motivación la aporta lo que significa el agregado de valor a nivel local, sobre todo en producciones, como las frutihortícolas, siempre muy golpeadas por las crisis de rentabilidad. Y en eso, Don Alfredo también encuentra sentido a su tarea, por el impacto que tiene en la comunidad.
“Las nuevas generaciones del sector productivo están un poco débiles. Estos emprendimientos son importantes para que también siga la producción y ayudar a estabilizar el valor”, asegura Leandro. A fin de cuentas, la cereza fresca sólo se vende un mes en el supermercado, pero en dulces, mermeladas o en conserva pueden estar todo un año en circulación.
¿Fórmulas secretas? No las hay. De hecho, nadie allí tiene problema en compartirlas porque trabajan del mismo modo en que se hace en casa.
“El secreto es ponerle garra, corazón, cuidar los procesos, hacer cocciones lentas y cuidar la materia prima. No es mucho más que eso”, señala el nieto de “Dita”.







