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Pedro Ochoa, ganadero de Aluminé y soguero de todo Neuquén, define la paradoja del productor actual: “Ser dueño de una tierra que vale una fortuna, pero enfrentar la realidad de que, a veces, la plata escasea el fin de semana”

Leticia Zavala Rubio por Leticia Zavala Rubio
9 febrero, 2026

La confluencia de los ríos Quillén y Aluminé, situada en la localidad de Aluminé, en la provincia de Neuquén, es una zona de gran belleza natural y atractivo turístico. Allí, Pedro Ochoa tejió sus sueños. Arraigado a sus raíces, aún recuerda la merienda en la casa de su abuela al salir de la escuela, cuando la leche y las tostadas templaban la ardua y gustosa tarea de campo que le tocaba después.

Pedro combina su vida de pequeño productor, con capacitaciones y una participación activa en la Sociedad Rural de Neuquén. Está convencido de que las grietas no suman y que no todo es Ríver-Boca o Ford-Chevrolet. 

Su familia echó raíces en la zona de Aluminé en 1893 y hoy, en el mismo lugar, gestiona un rodeo de 120 vacas, bajo un modelo de ciclo completo, desde la cría hasta el abastecimiento directo a carnicerías locales.

A través de la práctica de la trashumancia y el trabajo familiar, Pedro no solo produce carne y forraje, sino que también lidera un espacio de revalorización cultural mediante la capacitación en soguería criolla brindada desde la Sociedad Rural.

“Originalmente este campo tenía 2500 hectáreas y era de mi bisabuelo, luego pasó a mi abuela y finalmente quedó dividido para sus hijos”, contó el productor. 

 

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“Nací en Zapala pero me crie acá. Mi papá administraba el campo cuando mi abuela vivía, pero él falleció cuando yo tenía 8 años y eso me marcó mucho”, confía. “Hice la primaria acá hasta quinto grado y luego terminé la escuela y el secundario en Zapala. Después me fui a Buenos Aires a estudiar técnico agropecuario. Trabajé en campos de ovejas en Bariloche, Carreri y Loncopué, y cuando mi abuela decidió repartir el campo, me hice cargo de lo mío”, sumó. 

Su llegada a la Sociedad Rural fue para abrir puertas. “Creo que no hay que tener la cabeza cerrada ni pararse en la ‘grieta’ de Ríver o Boca”, sostiene el productor, quien fue convocado por la institución para integrar visiones entre los pequeños y grandes productores de la zona

Este espíritu de colaboración se materializó este año en la Expo Ovina, que llevó adelante en el marco de la 83° Expo Rural, donde las comunidades mapuche de la zona, prestaron sus corrales para el evento. Según Ochoa, estas intervenciones cotidianas son las que permiten “acomodar las cosas” ante las consecuencias de la historia. 

En ese mismo marco y a través del Centro Piuque Cahuell, Ochoa lidera un espacio que le devolvió la visibilidad institucional a la cultura del artesano. El foco está puesto en la soguería criolla, un arte que, según confiesa, estaba “un poco relegado”. Hoy, el trabajo se traduce en capacitaciones que recorren el mapa neuquino, llegando a localidades como Chos Malal, Loncopué y Las Lajas.

Sobre la metodología de estos cursos, Pedro es tajante: el saber del otro tiene un valor. “Los cursos deben ser en su mayoría rentados porque la subvención hace que la gente a veces no valore lo que se le ofrece”. En estos talleres, los alumnos aprenden desde lo más básico, como sacar un tiento y desvirarlo, hasta la confección de piezas integrales que han llegado a ser premiadas por jurados nacionales

La pasión de Pedro por los tientos nació de la curiosidad pura. Se define como un “metiche” que a los 6 años aprendió su primera sortija de tres de la mano de un hombre de la zona de Trancura. Su formación fue un rompecabezas de vivencias: desde las enseñanzas de la trenza hasta el descubrimiento de un ejemplar del libro “Trenzas Gauchas” en la biblioteca de su abuela. 

Años más tarde, mientras estudiaba en Buenos Aires, tuvo el privilegio de formarse con el reconocido maestro Luis Flores, y aunque no se considera un profesional de la soga, sino un amante apasionado de los trabajos bien hechos, comparte que hace sus propios trabajos y le apasiona también el trabajo del resto. En ese sentido, reafirma que el secreto está en sentir lo que se hace.

Ese mismo sentir traslada al manejo de sus vacas y ovejas, y las otras actividades que realiza en sus hectáreas:  cacería, turismo y forraje. En este último, advierte que “este año por la sequía fue complicado. No nevó nada en invierno y, asesorado por un ingeniero agrónomo, decidimos no plantar nada para no perder”. 

 

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En su faceta de criancero trashumante, ocupa dos días para trasladar a sus animales a la zona alta de la montaña y lo mismo para volver. “La veranada queda a unos 50 kilómetros, hacia el Valle Magdalena. Son unos dos días de arreo y ahora, a fines de abril, ya estamos pegando la vuelta para la invernada”, cuenta.

El Valle Magdalena, escenario de un gran incendio transcurrido el verano pasado, lo hace refelexionar: “es muy difícil producir, más en estas regiones marginales. Se mezcla la producción con la forma de vivir y eso lo hace llevadero porque es trabajo familiar pero da mucha tristeza ver los incendios; lo que se quemó de araucarias no lo volveremos a ver nunca más”. 

Convencido de esa vida, explica su dinámica. “Hago una “caja chica” mensual que me permite no sufrir tanto las consecuencias de la inflación, a diferencia de vender toda la producción en abril. La carne ahora tiene el precio que debe tener para que la producción sea sustentable, aunque a la gente le cueste pagarla”, asegura. 

Para Pedro, el horizonte del campo tiene un matiz de nostalgia y preocupación. Observa con dolor cómo el paisaje humano de las estancias se desvanece. “Me da mucha pena porque no queda gente joven en los campos; vas a cualquier lado y solo encontrás a un hombre mayor cuidando”, reflexiona, señalando un sector golpeado que hoy carece de mano de obra especializada y, sobre todo, de ese “querer estar” que solo se forja viviendo el día a día.

Evita hablar de éxito. Para él, lo que permitió perdurar en el campo es simplemente su forma de vivir, un mandato marcado a fuego por sus padres en una familia “con aciertos y desaciertos”, que asegura “no era la familia Ingalls”, pero estaba unida por el sentimiento hacia la tierra.

Esa misma honestidad es la que aplica con su hija, quien estudia veterinaria en General Pico. Aunque está cerca de recibirse, Pedro le ha pedido que primero conozca el mundo antes de decidir si vuelve. “Vivir acá con la leña y el invierno no es fácil”, admite. Es la paradoja del productor actual: “Ser dueño de una tierra que vale una fortuna, pero enfrentar la realidad de que, a veces, la plata escasea el fin de semana”. 

Para Ochoa, permanecer en Aluminé no es una decisión financiera, es la defensa de un legado que se resiste a ser solo una postal del pasado.

Etiquetas: AluminéCentro Piuque Cahuellcultura camperacultura criollaganadería trashumanteneuquénPedro Ochoasociedad rural de neuquénsogueros
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