Hace más de 2000 años, China optaba por la construcción de una gran muralla de piedra que, junto a un sistema de fortificaciones y puestos fronterizos, buscaba defender el imperio agrícola de las incursiones de los pueblos nómades del norte. Aquella vieja amenaza quedó en los libros de historia, pero hoy el gigante asiático trabaja en una estrategia similar para un nuevo enemigo, que ya no es humano, sino ambiental, y no llega a caballo, sino en forma de arena, sequía y viento.
La “Great Green Wall”, o la “Gran Muralla Verde” es un mega proyecto lanzado en 1978 para combatir la desertificación del norte del país. Al mejor estilo imperial, estos paisajes verdes avanzan al calor del “trabajo hormiga” y, hasta el momento, se han recuperado más de 30 millones de hectáreas, el equivalente a la superficie total de Italia o a la provincia de Buenos Aires.
En redes sociales, el fenómeno causa furor y las imágenes de kilómetros y kilómetros verdes en medio del paisaje amarillo recorren el mundo. Pero no se trata únicamente de “plantar un árbol en el desierto” y, detrás de los más 50.000 millones de ejemplares ya contabilizados, hay un proceso muy largo que no siempre es exitoso. Bichos de Campo recopiló y corroboró aquellas experiencias para explicar en detalle de qué va este ambicioso proyecto imperial.
🇨🇳China is erasing deserts from its map!
So far, 65 million mu of desert has been turned green— about the size of Denmark!
This is what happens when your country invests in the environment instead of funding wars! pic.twitter.com/ZgfGIaBBSa
— Dominic Lee 李梓敬 (@dominictsz) May 9, 2025
Dameros en medio de los médanos, operarios que perforan, siembran y riegan, y una postal impensada: una porción de la Pampa húmeda en medio del desierto chino. ¿Es el futuro? ¿Realmente encontramos cómo ganarle la batalla al cambio climático?
Nada de eso, al menos por ahora. Nada le quitará el mérito a la Gran Muralla Verde que hoy acumula nada menos que 300.000 kilómetros cuadrados de superficie, y se continuará expandiendo hasta 2050. Pero este proyecto ecológico, que sin dudas es uno de los más importantes del mundo, tiene también su letra chica, y requiere de una lectura explicativa más allá de los slogans propagandísticos.

En el año 200 a.c, fue el Estado chino el que planificó, construyó y sostuvo su mega proyecto militar. Más de dos milenios más tarde, nuevamente vuelve a jugar un rol clave en la construcción de su segunda gran muralla, la verde.
Para reforestar Gobi, Taklamakán y regiones de Mongolia Interior, Ningxia y Xinjiang, y combatir una amenaza que nuevamente llega desde el norte lo que hay es un gran proyecto que está próximo a cumplir 50 años y que involucra la movilización masiva de mano de obra, un alto costo económico y el trabajo conjunto con comunidades locales.
Y no se trata sólo de “plantar árboles en el desierto” ni de crear bosques cerrados, sino de, paulatinamente, crear paisajes semi-vegetados con suelos estables que frenen el avance de la desertificación, reduzcan las tormentas de arena -tan perjudiciales en grandes ciudades, como Beijing-, mejoren la retención de agua, generen microclimas, y protejan las tierras agrícolas.

Hechas esas aclaraciones previas, merece un repaso el largo y trabajoso proceso que hay detrás, que, como cada proyecto productivo chino, emplea a mucha mano de obra y se asienta en conocimientos de antaño.
El primer paso es el de la preparación del suelo, en el que se busca estabilizar las dunas móviles antes de sembrar. Para ello, se usa la técnica del “enrejado de paja”, que consta de clavar cuadrículas de paja de trigo o arroz, generalmente de un metro cuadrado, para reducir la velocidad del viento al ras del suelo, evitar que la arena se desplace y ayudar a contener la humedad.
Una vez listos esos dameros, que muchas veces se terminan a mano o con maquinaria rudimentaria, se puede avanzar hacia la vegetación.

A fuerza de errores, hoy el enfoque es mucho más conservador, y, para evitar que los árboles mueran rápido, la implantación es paulatina. En primera instancia, se utilizan arbustos y pastos resistentes a la sequía, que echan raíces profundas o muy ramificadas y ayudan a fijar la arena y contener la humedad para las etapas posteriores.
Algunas de las especies utilizadas son el Saxaúl (Haloxylon ammodendron), la Acacia de Rusia (Caragana) y algunas variedades de plantas aromáticas dentro de la familia Artemisia.
Luego de un tiempo, si esas especies prosperan, se avanza con los arbustos leñosos, que ya no sólo retienen humedad sino que también reducen la evaporación, generan sombra y aumentan la materia orgánica. En los casos donde la disponibilidad de agua y las condiciones lo permiten, se avanza finalmente hacia la implantación de árboles, con especies como el Álamo del desierto (Populus euphratica), el Olmo siberiano y el Pino adaptado para resistir al frío y la sequía.
Así es como recuperan tierras desérticas en China para cultivos… pic.twitter.com/y2M8196j2S
— Negaman 😎 (@Buenrolloreturn) January 30, 2026
Cabe recordar que la Gran Muralla Verde comenzó a construirse en 1978 y recién durante los últimos años, con una técnica mejorada, avanzó a pasos agigantados. El factor más importante fue la gestión del agua, de por sí insuficiente en las zonas áridas y semiáridas.
Para ello, se echó mano a diversas estrategias, que combinaron el riego por goteo subterráneo en zonas piloto, el uso de agua salobre, muy común en acuíferos de esas regiones y la creación de reservorios con las escasas lluvias mediante microrelieves. Lo más importante, sin embargo, es la fase final, que consta de la restricción total del riego para que los arbustos y árboles ya adaptados sobrevivan en ese ecosistema. Si la adaptación fue paulatina y bien orquestada, esa muralla es invencible.

El plan estatal contó también con su “pata social”, que fue el trabajo en conjunto con comunidades locales. En algunos casos, relocalizando aldeas cercanas, y, en otros, con prohibiciones de pastoreo y subsidios para quienes mantengan la vegetación.
Aunque con resultados muy desiguales en cada región, y problemas ecosistémicos -como la mortandad de especies o la falta de biodiversidad- aún por corregir, lo cierto es que la Gran Muralla Verde muestra ya resultados concretos: ha habido una reducción significativa de las tormentas de arena, se estabilizó el suelo en miles de hectáreas y se recuperaron parcialmente tierras agrícolas marginales.
Ya hay el equivalente a Italia, o medio territorio español de tierra verde en medio del desierto. Hasta ahora, China habría contribuido con más del 25% del incremento de la superficie boscosa global de los últimos 20 años. Y, por los próximos 25, el plan buscará seguir liderando los rankings de restauración ambiental.





