¿Qué queda después del fuego? Esa es la pregunta que volvió a surgir en medio de los incendios ocurridos en la provincia de La Pampa y en distintos puntos de la Patagonia, entre finales de diciembre y principios de este año. Además de una imagen triste, con colores apagados por la ceniza, ¿qué sucede con el recurso suelo tras las llamas?
Una voz autorizada para esbozar algunas respuestas es la del ingeniero agrónomo y especialista en manejo de suelos, Guillermo Studdert, que además de ser profesor emérito de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Mar del Plata es también asesor de la Comisión de Conservación de Suelos del Colegio de Ingenieros Agrónomos y Forestales de Buenos Aires (CIAFBA).
“El fuego no es bueno ni malo. El fuego existe y tiene sus consecuencias”, señaló como primera idea el especialista, en conversación con Bichos de Campo.
“El fuego es un fenómeno que ocurre de manera natural en muchos ecosistemas, con una determinada frecuencia. Algunos de sus efectos son inmediatas y otros son de largo plazo”, indicó a continuación.
Para Studdert, hacer esa distinción es importante a la hora de abordar sus efectos, que son de distinto tipo.
“El impacto del fuego es, valga la redundancia, visualmente impactante. Algo que estaba de repente deja de estar y muchas veces con consecuencias económicas directas, ya sea porque se está en plena cosecha, salta una chispa y se quema el lote completo, o porque se pierden instalaciones, alambrados o maquinaria. Ahora bien, las consecuencias sobre el suelo siempre tienen que ver con el grado de permanencia y temperatura que alcanza”, explicó.
Este punto se entiende, sobre todo, al diferenciar entre las distintas vegetaciones. Al quemarse una de tipo de leñosa, como un bosque, el fuego puede permanecer mucho más tiempo y alcanzar mayores temperaturas. Eso se debe, en gran medida, a la formación de brasas que lo mantienen vivo.
En el caso de los pastizales o rastrojos, en cambio, su capacidad de encendido es mayor pero su permanencia es más corta, por lo que su impacto sobre el suelo también se acorta. Claro que aquí también podemos hacer diferenciaciones: un rastrojo de maíz de caña más maciza no se quema de la misma forma que otro de menor densidad.
“En el caso de los rastrojos, si se produce una elevación de la temperatura, los que se ven afectados son los primeros milímetros del suelo, pero de ninguna manera eso se transmite al perfil. Con condiciones de humedad y sustrato, la actividad biológica se recupera en esos primeros milímetros como si no hubiera pasado nada. Claro que esto no significa que vamos a quemar porque sí, porque sí existen las consecuencias indirectas vinculadas a la dinámica de los nutrientes y el carbono”, sostuvo Studdert.
Según el especialista, la quema de material vegetal evita que aquello se incorpore al suelo, lo que a mediano y largo plazo puede afectar su funcionamiento. La materia orgánica a devolver a suelo se reduce.
A esto hay que sumar otra cuestión clave: el aumento de las chances de erosión.
“En ambientes que son predisponentes a la erosión, obviamente se expone el suelo a que se produzca eso. Si tengo un suelo en pendiente al desnudo y se producen lluvias intensas, está expuesto a la erosión. Lo mismo que si estamos en una zona semiárida o seca y queda expuesto a la acción del viento: si no tiene la cobertura vegetal empieza a volarse. Eso es una consecuencia indirecta que quizás el productor no la ve pero que a la larga lo afectará”, marcó el agrónomo.
Y un suelo erosionado, o con algún tipo de degradación de materia orgánica previa, tiene mejor capacidad para recuperar esos primeros milímetros dañados por el fuego. Por eso, Studdert se mostró cauteloso frente al uso del fuego como herramienta de manejo, y consideró que es importante realizarlo en forma muy controlada.
“Sabemos que en los pastizales se utiliza el fuego como una práctica para quemar material viejo o muerto y favorecer el rebrote. Por eso, para muchos productores ganaderos que dependen de un pastizal, el fuego debería ser controlado, perfectamente planificado, y con la consciencia de cuáles son las consecuencias directas instantáneas. Puede no ser tan grave en el momento, pero hay que ver cómo se inserta en el contexto del funcionamiento del suelo en el tiempo”, señaló.
-¿Cuándo se dará cuenta de esos efectos? ¿El productor debe hacer un análisis por motus propio?- le preguntamos.
-Eso es una cuestión que tienen que tener los productores con sus asesores profesionales respecto al seguimiento de las propiedades del suelo en el tiempo. Teóricamente, independientemente del fuego o no, los productores deberían hacer muestreos frecuentes, no solo para determinar fertilidad y ajustar la dosis de fertilizantes, sino también para saber en qué estado de salud está el suelo. Ahí se pueden hacer determinaciones físicas y bioquímicas, como la materia orgánica. Si uno tiene que hacer el seguimiento de la materia orgánica, debería ser una práctica de rutina de los productores, hacer cada 2 a 3 años un muestreo de materia orgánica de cada lote.
-¿Qué aconseja hacer frente a un foco?
-Lo primero es protegerse, obviamente. Si se dispara, hay que intentar circunscribirlo y pararlo. Por eso, cuando se está cosechando en estas épocas, deberían hacerse cortafuegos a los alrededores de los lotes. Se hace una franja laboreada de 3 a 4 metros de manera de cortar, para que si se produce un fuego en el lote no avance a los lotes vecinos o viceversa. Pero habitualmente eso no se hace. Ahora, desde el punto de vista de lo debería hacer siempre el productor está procurar que haya cobertura, que haya cultivos vivos la mayor parte del tiempo, que facilitan la recuperación. Donde hay erosión, la cobertura es la primera medida para contrarrestarla. Y por supuesto hacer un manejo que conciba el mantenimiento de las propiedades del suelo.





