“Mi abuelo materno, ‘Cacho’ Scarano, nativo de acá, trabajaba de herrero en los ferrocarriles y después entró en la metalúrgica Campisi, donde se especializó en la fabricación de galpones”, comienza relatando, “Maxi” Lucero, sobre el origen de su oficio y de cómo llegó a tener actualmente su propia fábrica de galpones en San Antonio de Areco, ciudad que rinde culto al gaucho y al criollismo, ubicada al noreste de la provincia de Buenos Aires, y cuyo lema es “La cuna de la tradición”.
Este emprendedor que con 42 años acaba de constituir su primera SRL, no puede dejar de contar, tal vez a modo de catarsis o desahogo, el derrotero que como familia, los Lucero han transitado por cuatro generaciones. “Todo a causa de los embates de la vida, sumados a las crisis políticas y económicas que nunca faltan en nuestro país”, rezonga, Maxi.
Lo primero que aclara es que el 90% de sus clientes pertenece al rubro agropecuario. “De modo que si el campo anda bien, nosotros tenemos trabajo. De lo contrario, estamos sonados”, sentencia Lucero.

Continúa el emprendedor arequero: “Cuando mi abuelo decidió independizarse se vino a vivir a este domicilio de la calle Durán 792, donde empezó a hacer galpones por su cuenta y donde muchos años después, yo he podido montar mi propia empresa. Es que mi padre continuó el emprendimiento de mi abuelo, pero se fundió con la crisis generada a partir de la ley 125, cuando la ex presidente Cristina Fernández, se peleó con lo que ella misma llamó ‘el campo’. De modo que yo tuve que empezar de nuevo”, señala.
“Pero esa no fue la primera crisis familiar –advierte, Maxi-, sino la de mi abuelo, cuando le salió el trabajo más grande de su vida, de hacer un galpón enorme. Aquella vez le aprobaron el presupuesto y de golpe vino la hiperinflación del gobierno de Alfonsín, y resultó que tuvo que terminar el galpón, pero a pérdida. De ahí en más, mi abuelo fue declinando, pobre, pero mi padre se hizo cargo y se levantó”, rememora el metalúrgico.

Sigue el arequero: “Mi papá trabajó de chico con su padre, que era tambero. Fue alambrador, tractorista, después camionero, pero finalmente dejó y empezó a hacer galpones con su suegro, mi abuelo Cacho, con el que aprendió este oficio. Yo empecé a ayudar en la empresa familiar a mis 13 años, y nunca completé mis estudios. Cuando fui mayor de edad, mi papá me nombró encargado. En 2005 yo tenía 21 años y mi padre decidió tomar a un administrativo, Emmanuel Zarich, que tenía 3 años menos que yo. Con él nos hicimos muy amigos”.
“Al año siguiente -continúa Maxi- discutí con mi padre y me fui de su empresa. El enojo mutuo fue tal, que él no me pagó el mes trabajado. De modo que al otro día salí a buscar trabajo y enseguida me tomaron de peón de albañil en una obra. Pero Emmanuel, me llamó y me pagó el sueldo sin que mi padre se enterara, arriesgando su propio puesto de trabajo. Por aquel gesto, le dije a mi amigo, que algún día yo llegaría a tener mi propia empresa y que lo llamaría a trabajar conmigo”.

El metalúrgico sigue su relato: “Un día, en una obra me pidieron hacer una canaleta. Pues acomodé el gallinero de mi abuelo y ahí me puse a trabajar. Esa fue la simiente de mi actual empresa. Recuerdo que arrancaba a las 6 de la mañana en la bicicleta de mi abuelo y no paraba hasta la medianoche, porque siempre tuve que complementarme con trabajos bajo dependencia. Es que me fundí tres veces y sufrí mucho, porque algunos clientes se aprovechaban de mi inocencia. Recuerdo haber llorado muchas noches a solas”, se lamenta.
“Poco a poco fui creciendo, me compré un Renault 6 para llevar las herramientas y un ayudante, y me pude alquilar una pieza con un baño, porque quería vivir de modo independiente -sigue, Lucero-. Pero en 2015 casi pierdo un brazo en un accidente y no tenía obra social. Quedé cesante, tuve que dejar mi alquiler y con una bolsa de ropa volví a la pieza donde me crié. Caí en una depresión muy grande y me hallaba cansado de luchar. Pero un gran amigo, Norberto Pérez, me vino a buscar y me dio trabajo. Luego él terminó trabajando en nuestra empresa hasta que falleció. Este amigo me animó, y trabajando pude empezar a hacerme mi casa, siempre en el terreno familiar”.

Rememora Maxi que su padre llegó a hacer galpones de gran envergadura, como en el Chaco, uno de 8000 metros cuadrados en 2005 para el centro de genética de Cabaña Las Lilas, luego en otro centro genético Maracó, en La Pampa. Así llegó a comprar varios terrenos en la ciudad de Areco. Cuando quebró en el 2008, perdió todo lo que había comprado. “Es que papá acababa de invertir 650.000 dólares cuando el dólar estaba a 2 pesos y le faltaban pagar 50.000. Era un terreno de 2400 m2, con un galpón de 700 metros y oficina. ¿Pero cómo iba a imaginarse lo que se vendría, pobre?”, reflexiona.
Sigue contando Maxi que su amigo Emmanuel se había ido a trabajar de cartero, mientras él había logrado crecer con su empresa, llegando al fin a tener su oficina. De pronto se cruzaron en la calle, y Maxi le dijo a Zarich que lo necesitaba como administrador de su empresa, y éste aceptó. Comenta que a partir de ese momento, formaron un dúo exitoso y no cesaron de crecer como Pyme, atribuyéndole un gran mérito al talento de su amigo fiel.

Reflexiona Lucero que nunca les fue fácil y cuenta que en 2023 los contrataron para hacer su primer galpón grande y con mucho esfuerzo compraron un camión viejo y le pusieron una grúa. Apenas salieron a la ruta, un camionero que venía de frente, se durmió y se les vino encima. Felizmente salieron todos ilesos, pero recuerda que el camión no sirvió más.
Como si fuera poco, volvió a sufrir otro embate, con la devaluación ocurrida hacia finales del gobierno de Alberto y Sergio Massa, con la llegada de Javier Milei. “Me había salido un pedido de tres galpones, pero al final perdí la ganancia y apenas salí hecho. No podía creer que me pasaran tantas cosas”, rememora.
Y los embates continuaron, según Maxi: “Recuerdo que habíamos logrado comprar un camión usado y partimos hacia un gran desafío: hacer un galpón enorme, en San Pedro, de empaque de batatas para exportar a Europa. Pero apenas salimos de Areco, fundimos el motor. Menos mal que hallamos un motor viejo, por poca plata, y el mismo funciona hasta hoy”, celebra.

Explica, el metalúrgico: “Nosotros no hacemos herrería, sino zinguería, galpones, tinglados y naves, con el correspondiente montaje. El tinglado es un techo con columnas, abierto a los costados, el galpón es el cerrado con paredes a los costados, la nave y el hangar son gigantes, sin columnas. Los que se hacen con sistema de ‘alma llena’, son con doble ‘t’, gigantes, los reticulados se hacen con perfiles y ángulos, y al modo antiguo, que seguimos haciendo con los fierros en zigzag, como las viejas antenas”.
Detalla Lucero, con orgullo: “De tener una camioneta que se caía a pedazos, hoy contamos con un camión, 3 camionetas, un montacargas, una hidrogrúa, 10 empleados fijos y acabamos de registrarnos como SRL.”
Y no sólo eso, sino que luego de 10 años de no hablarse con su padre, se ha reconciliado y éste trabaja en la empresa, aunque ya casi como asesor. “Porque su experiencia y sabiduría son necesarias”, dice Maxi, mientras agrega que también pudo renovar la casa familiar y la de su abuela materna, Antonina, que hoy tiene 84 años.

Cuenta Lucero que su mamá es bioquímica y siempre alquiló un local donde montó su laboratorio de análisis de suelos y de semillas para el agro. Cuando pudo hacer su propio galpón y definitivo, aprovechó y le montó arriba del mismo, uno nuevo para su madre, que si bien hoy ya está jubilada, “sigue atendiendo a sus clientes, porque si no, se aburre”, dice.
Y aclara que él no figura en la SRL, sino que la constituyó a nombre de su hijo, Franco Nahuel, que empezó a trabajar con él a sus 17 años y hoy tiene 23, y a nombre de su amigo Zarich, al que nombró gerente, con 50% de acciones para cada uno. Por eso le puso Luczar SRL, aludiendo a los dos apellidos, Lucero y Zarich.

Reconoce Maxi: “Hoy no tenemos un peso ahorrado, porque vivimos reinvirtiendo, pero quiero disfrutar de la vida ahora, y no cuando ya me duelan los huesos. No sueño con ser rico. Mi hijo y Emanuel ya pueden manejar la empresa, aunque me ausente. De modo que me compré un velero y pienso empezar a viajar, para disfrutar de la vida después de tanto sacrificio. Además, tengo esperanza de que siga bajando la inflación, porque antes, no se podía trabajar. Y espero que poco a poco comiencen a reactivarse todas las Pymes y se genere trabajo genuino”, culminó el metalúrgico.
“Maxi” Lucero eligió dedicarnos la canción “Sobreviviendo”, de Víctor Heredia, por La Beriso.




