Hace décadas que la problemática en torno a la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) y el cambio climático recae con ímpetu sobre la actividad agropecuaria. Las flatulencias de las vacas, el avance de la soja, la maquinaria, los desmontes, y muchos otros factores han sido señalados como grandes responsables de que el mundo haya incrementado su temperatura por encima de lo recomendable y que, por lo tanto, peligre a futuro nuestra supervivencia.
Y si bien no deja de ser cierto que, como muchas otras actividades económicas, la agropecuaria también aporta a la causa, las estadísticas de los últimos 20 años arrojan que, si bien el agro dejó de ser el principal motor, sigue en el centro del debate.
Incluso, con renovados señalamientos, como el reciente proyecto presentado por la diputada de Unión por la Patria, Lucía Lorena Klug, para gravar a la actividad pecuaria por sus emisiones de metano. Pero, más allá de la discusión “impuestos sí, impuestos no”, o “woke/anti-woke”, lo que interesa en este análisis es, finalmente, lo que arrojan las cifras.

De acuerdo a lo que dictan las “Estadísticas de bolsillo”, el informe sobre el sector agropecuario elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), no hay una trayectoria de crecimiento de emisiones, como suele plantearse en el discurso público, sino todo lo contrario: desde los picos de 2006-2008, el total combinado de agricultura, ganadería y usos/cambios de uso de la tierra muestra una tendencia descendente clara.
Los datos aportados por la Subsecretaría de Ambiente de la Nación y procesados por el organismo estadístico indican que de las casi 230 millones de toneladas emitidas en 2007 hubo un descenso muy marcado durante los cuatro años siguientes, cuando se ubicaron por debajo de las 150 millones.
A pesar del posterior repunte, las emisiones no volvieron a alcanzar ese pico histórico y en 2022 -el último registro disponible- volvieron a los niveles del 2011, uno de los más bajos de los últimos 20 años.
El análisis del gráfico de barras arroja además que el gran ajuste responde, sobre todo, a las actividades agrícolas y del trabajo de la tierra en general. A diferencia de la ganadería, que se mantuvo estable desde 2004 en adelante y ganó peso estructural, el sector agrícola mostró importantes variaciones en las emisiones de gases de efecto invernadero.
Del mismo modo que la actividad pecuaria, los cambios del uso de la tierra se mantuvieron relativamente estables, lo que demuestra que los perjuicios derivados de los desmontes o quemas, por ejemplo, no se redujeron, pero tampoco se incrementaron.

De acuerdo a las estadísticas globales, Argentina se ubica cómodamente en el puesto 20 dentro del ranking de países que más emiten, con apenas el 0,8% de las emisiones globales. El “top 3” se lo llevan China, Estados Unidos e India.
A esa baja relevancia global se le suma la importancia cada vez menor que ha tenido el agro a comparación de otros sectores. Tal como indican las cifras del INDEC, desde el “empate técnico” registrado en 2004, la brecha se ha ido agrandando en favor de otras actividades críticas, como la energía, transporte e industria.
Los registros del 2022, de hecho, muestran que la relación es de un 60-40, o incluso mayor. El agro -entre ganadería, agricultura y cambios de usos de la tierra- ya no es responsable de la mitad de los gases de efecto invernadero emitidos, lo que probablemente no responda sólo a un descenso propio, sino a un incremento de otros sectores.
La caída en el peso relativo del agro, que no es el principal responsable del cambio climático, ni mucho menos el único, demuestra hasta qué punto algunos debates parten de una base errónea. Pero también le da crédito a la mayor insistencia sobre la sustentabilidad, el trabajo sobre la huella de carbono y la eficiencia, aspectos en los que el sector ha insistido mucho durante los últimos años.





