Hubo una época en que la fiebre hemorrágica argentina, también conocida como “mal de los rastrojos”, provocaba verdadero temor en buena parte de la región agrícola central. La aparición de un tratamiento efectivo primero y de una vacuna después cambió radicalmente aquella historia. Pero para Eduardo Fondato, vicepresidente de la Fundación Maiztegui, ese éxito sanitario trajo consigo un problema inesperado: mucha gente comenzó a olvidarse de una enfermedad que todavía existe.
“Hay una generación de 50 años para abajo que no lo vivió. El problema es como que no existe porque lo ves todos los días por televisión”, explicó Fondato, que desde hace años aprovecha encuentros y exposiciones del agro para volver una y otra vez sobre el mismo mensaje.
Mirá la entrevista:
La fiebre hemorrágica argentina es provocada por el virus Junín y tiene como reservorio a un pequeño roedor silvestre, el Calomys musculinus, conocido popularmente como ratón maicero. El virus puede transmitirse a las personas por inhalación o por contacto con secreciones del animal y la zona endémica comprende sectores de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa.
Durante décadas fue una enfermedad estrechamente asociada al trabajo rural, aunque Fondato remarcó que los casos no se limitan exclusivamente al campo.
La historia del combate contra la enfermedad tiene en Pergamino uno de sus epicentros. Allí trabajó el médico Julio Maiztegui, quien encabezó desde la década de 1960 un programa que permitió avanzar en el diagnóstico y en el uso del plasma inmune de personas recuperadas como tratamiento. Aplicado durante los primeros ocho días desde el comienzo de los síntomas, ese procedimiento permitió llevar la letalidad desde niveles superiores al 30% hasta valores cercanos al 1%.

Después vendría otro salto decisivo: la vacuna Candid #1. Su desarrollo surgió de un proyecto internacional iniciado a fines de los años 70, del que participaron organismos argentinos e internacionales, y tuvo entre sus protagonistas al investigador argentino Julio Barrera Oro. Los estudios terminaron demostrando su eficacia para prevenir la enfermedad y desde 2007 integra el Calendario Nacional de Vacunación.
Ese enorme avance, sin embargo, hizo que el problema perdiera presencia pública. Pero no desapareció: “Actualmente hay 50 o 60 casos confirmados todos los años”, señaló Fondato.
La dimensión coincide con los registros epidemiológicos recientes: durante 2025, hasta la semana epidemiológica 37, el Ministerio de Salud había confirmado 49 casos en el país y tres fallecimientos.
Por eso desde la Fundación Maiztegui siguen insistiendo con campañas de difusión y vacunación. También comenzaron a llevar charlas a escuelas secundarias, porque la Candid#1 está indicada a partir de los 15 años para quienes viven o transitan por la zona endémica.
Fondato comparó el desafío con el que plantean otras enfermedades cuyo agente transmisor no puede simplemente eliminarse. “Es como querer erradicar el dengue matando todos los mosquitos del mundo”, graficó.
En este caso, el reservorio silvestre seguirá presente. Por eso el camino es la prevención.
La vacuna se aplica en una sola dosis y no debe administrarse durante el embarazo ni la lactancia, ni a personas inmunocomprometidas. Además, como no se dispone de información suficiente sobre su administración conjunta con otras vacunas, las normas nacionales establecen un intervalo de 30 días.

La tarea de la Fundación, resumió Fondato, consiste justamente en evitar que el éxito conseguido durante décadas termine convirtiéndose en olvido. La entidad continúa participando de exposiciones, realizando vacunaciones y ofreciendo charlas de concientización, especialmente entre los más jóvenes. En su propia página institucional aparecen actividades recientes en escuelas, exposiciones y reuniones científicas vinculadas con la enfermedad.
Porque aquella enfermedad que hizo historia en los campos de la región pampeana ya no provoca el impacto social de otras épocas, pero tampoco se fue.





