La crisis de la vitivinicultura vuelve a mostrar su costado más crudo. Esta vez en San Juan. La situación financiera que atraviesa la bodega Casa Montes, uno de los principales jugadores del Valle de Tulum, expuso con nitidez cómo la falta de rentabilidad, la sobreoferta de vino y la caída del consumo están tensando a toda la cadena, desde el viñedo hasta la industria.
En las últimas horas se conoció que esta gran bodega de escala posee un largo listado de cheques rechazados de acuerdo con los registros del Banco Central, por un total de 467 millones de pesos. De esta forma se suma una sanjuanina a la lista de industrias en crisis, que incluye a gigantes de renombre como Norton o Bianchi en Mendoza, y a otras más pequeñas en otras regiones como Salta o La Pampa.
Esta aparición se da en un contexto de fuerte deterioro de la vitivinicultura argentina, atravesada por problemas de rentabilidad en el viñedo, caída del consumo interno, dificultades para exportar y acumulación de stocks en las bodegas.
Casa Montes desarrolla su producción a partir de viñedos propios y de uva adquirida a terceros, una dinámica extendida en la vitivinicultura cuyana. Esa integración con el eslabón primario permite dimensionar el alcance de la situación en un escenario donde los productores también vienen advirtiendo por la falta de rentabilidad de la actividad.
Los costos de producción aumentaron de manera sostenida en los últimos años, impulsados por insumos, mano de obra, energía y transporte, mientras que los precios de la uva no acompañaron ese proceso. En numerosas zonas productivas, los valores percibidos por los viñateros no alcanzan a cubrir los costos básicos de una finca en funcionamiento.
La empresa, uno de los principales actores del Valle de Tulum, que elabora marcas populares de vino como AMPAKAMA, Fuego Negro, Alzamora, Baltazar y Casa Montes, explicó que los rechazos se originaron a partir de un embargo que inmovilizó sus cuentas bancarias tras una demora en la adhesión a un plan de pagos impositivo.
Desde la bodega explicaron que esa situación se encuentra en gran parte regularizada, ya que aproximadamente el 80% de esos compromisos ya fueron cancelados. Sin embargo, la normalización aún no se refleja plenamente en los informes oficiales del Banco Central, lo que mantiene visible un antecedente negativo que, según la bodega, no representa fielmente el estado actual de su operatoria.

Casa Montes aclaró que el origen del problema no responde a una falta estructural de financiamiento ni a un cambio en su conducta histórica. La firma se financió tradicionalmente a través del sistema bancario, utilizando herramientas habituales como acuerdos de descubierto, préstamos de capital de trabajo y descuento de valores.
El conflicto se desató en mayo, cuando se ingresó de manera tardía a un plan de pagos ante ARCA para regularizar obligaciones tributarias. Esa demora derivó en un embargo que inmovilizó las cuentas bancarias de la empresa en todas las entidades con las que opera. Como consecuencia directa, se produjeron los rechazos de cheques.
Si bien los valores fueron luego repuestos y abonados a los proveedores correspondientes, el sistema de recupero de cheques electrónicos resultó lento. Durante ese período, los cheques continuaron figurando como rechazados en los registros del Banco Central, aun cuando la situación comercial ya estaba regularizada.
Esa marca negativa impactó de lleno en la relación con los bancos, que decidieron no renovar los acuerdos de descubierto vigentes. A partir de allí, la empresa se vio imposibilitada de cubrir en tiempo y forma la totalidad de los descubiertos y de afrontar el pago de todos los valores emitidos, profundizando transitoriamente la tensión financiera.
Casa Montes produce vinos a gran escala a partir de viñedos propios y de uva comprada a terceros, una dinámica habitual en la vitivinicultura cuyana. Esa integración con el eslabón primario permite dimensionar el alcance de la crisis.
Lo que sucede puertas adentro de una bodega tiene impacto directo sobre decenas de productores que dependen de la colocación de su uva y de precios que, desde hace varias campañas, no logran cubrir los costos de producción.
Ese deterioro de la ecuación productiva se replica en la industria. Las bodegas enfrentan un mercado interno deprimido, con niveles de consumo que marcaron mínimos históricos, afectados por la pérdida de poder adquisitivo y por cambios en los hábitos de consumo.
A la vez, las exportaciones no logran compensar esa caída. El atraso cambiario y la pérdida de competitividad frente a otros países productores limitaron la capacidad de colocar excedentes en el exterior, mientras los stocks crecieron muy por encima de los promedios históricos, presionando aún más los precios y los márgenes.
Informes recientes del Ieral, de la Fundación Mediterránea, vienen señalando que la vitivinicultura acumula desequilibrios estructurales que se profundizaron con el paso del tiempo. La combinación de sobreoferta de vino, consumo interno en retroceso y exportaciones con escaso dinamismo generó un cuello de botella que impacta de lleno en la rentabilidad. A ese cuadro se suma un fuerte incremento de los costos, impulsado por insumos dolarizados, energía, logística y salarios, sin posibilidad de trasladar esos aumentos al precio final del vino.
Con márgenes mínimos y financiamiento cada vez más restrictivo, cualquier contingencia administrativa o comercial puede derivar rápidamente en un problema financiero de magnitud. La reacción de los bancos, que ante los rechazos decidieron no renovar líneas de descubierto, es una muestra de un sistema crediticio más cauteloso frente a un sector que hoy aparece golpeado en su rentabilidad y en su previsibilidad.




