Poco más de tres meses pasaron desde que el Senasa reconoció sobre la detección en 2025 de los primeros casos de scrapie en ovinos importados desde Paraguay, una enfermedad neurodegenerativa -también conocida como tembladera o prurigo lumbar- que ataca a ciertos rumiantes y que le valió a Argentina la pérdida de su estatus sanitario internacional como “país libre” de esa enfermedad. Y aunque el cimbronazo que generó parece lejano, al punto de que ya e retomaron las exportaciones de carne de ese animal a destinos claves como Brasil, las cabañas que en su momento quedaron bajo el reflector hoy siguen sufriendo los coletazos.
“Nos fulminó”, dice Luciano Toldo, titular del establecimiento santafecino El Tacurú y actual presidente de la Asociación Argentina de Criadores de Santa Inés, una de las razas ovinas afectadas. El productor estos días comenzó a publicitar, a través de un flyer, una “importante venta de ovinos por reestructuración”.

“Se ofrece un lote de ovinos de excelente calidad, en muy buen estado corporal”, menciona el folleto virtual, que aclara que son “exclusivamente para faena”. Lo que prepara esa cabaña es ni más ni menos que su vaciamiento, al no poder continuar trabajando de la forma en que lo hicieron hasta abril de este año, cuando se conocieron los resultados de los análisis hechos por Senasa.
“Nosotros tenemos unos 860 animales aproximadamente, de los cuales el 80% será vendido para faena. La solución que nos dieron desde el ente sanitario fue cero. O genotipificamos todo, lo cual es caro, o matamos al rodeo”, contó a Bichos de Campo Toldo, que durante estos meses de crisis sanitaria mantuvo un perfil bajo.
“Senasa nos pidió ser cautelosos al hablar de este tema para evitar generar alarma en la población, pero creemos que pasó un tiempo prudente”, señaló a continuación.
Las pruebas genotipadas a las que Toldo hace referencia son las que permiten determinar si un animal es o no resistente a la enfermedad. Dado que su diagnóstico solo puede comprobarse con un análisis post mortem del animal, ya que la muestra a tomar es cerebral, aquella es la única herramienta de control con la que cuentan los productores.
Pero lo cierto es que la misma, además de ser costosa, no era demandada en forma obligatoria por Senasa, que aseguraba que Argentina y Paraguay eran libres. Y como la enfermedad se transmite tanto de madre a cría como entre animales no emparentados, por el contacto con secreciones o vía oral, la detección de esos casos generó gran alarma. La pregunta que por entonces se replicaba era: ¿hasta dónde se extendió, realmente la enfermedad?
En abril, todos los dedos apuntaban a las tres cabañas que ingresaron animales en pie desde la cabaña paraguaya Doña Ana, cuatro años antes. Dos de ellas se encuentran en Santa Fe (Dorper Santa Fe, de Andrés Lebus, y El Tacurú, de Toldo) y una en Entre Ríos (El Luchador, de Sergio Taffarel).
De hecho, es ese tiempo que pasó desde la importación el que fue usado como argumento por Paraguay para negar que la enfermedad haya ingresado desde su territorio. “Paraguay es libre. La OMSA (Organización Mundial de Salud Animal) define que es un caso autóctono de Argentina porque los animales estuvieron 3 y 4 años fuera”, afirmó en aquel momento José Carlos Martín, presidente del servicio sanitario de ese país, que aseguró que de todos modos reforzarían sus controles.
Hoy la situación que viven esas tres cabañas es similar. “Seguimos intervenidos por Senasa por tiempo indeterminado. Las tres estamos señaladas pero sabemos que es imposible controlar eso. Se habla mucho del norte del país pero no de los animales que pudieron haber llegado al sur”, dijo Toldo.
“Nosotros nunca tuvimos sintomatología reconocible ni recibimos una contramuestra de lo enviado a analizar, para chequear que nada se haya mezclado en el camino y que se trate realmente de nuestros animales. Yo tengo el ADN de mis animales para controlar eso”, sostuvo a continuación.
Aún así, el criador respeta la decisión tomada por Senasa y por eso organizó esta venta que, asegura, no le permitirá recuperar el valor total que supieron tener sus animales.
“La cabaña pasó de valer 1 millón de dólares a 60 millones de pesos. Los valores de venta son apenas un 5% del real. Y no los mando a faena yo mismo porque no tengo el circuito comercial armado”, indicó.
Del total de su rodeo, Toldo optó por destinar 100 animales a estas pruebas genotipadas. Aquellos que muestren tener resistencia, quedarán dentro de la cabaña, mientras que el resto será remitió también a la faena. Según indicó, su costo es de 30 dólares por cada una.
“Es costoso. Quizás si Senasa hubiese apoyado económicamente esto, hubiésemos podido costear estas pruebas y los productores las hubieran realizado en forma preventiva. De todos modos sabemos que no representa un freno real al ingreso de la enfermedad”, lamentó el ganadero.




