Porta un testimonio de gran valor histórico y social como descendiente de una familia vinculada desde hace generaciones con la producción ovina en el extremo sur. James Lewis reconstruye una historia atravesada por Malvinas, Santa Cruz y el trabajo rural.
Después de haber tenido que abandonar su explotación tras la crisis de la lana, nunca se alejó del campo y hoy sostiene que el gran desafío de Santa Cruz es volver a poblar sus establecimientos con familias y recuperar la rentabilidad de la producción.
Su familia llegó desde Inglaterra y, antes de instalarse definitivamente en Santa Cruz, sus antepasados pasaron por las Islas Malvinas y Tierra del Fuego, en los primeros tiempos de la colonización ganadera de la región.

Su bisabuelo llegó desde Bristol y trabajó como carpintero en Ushuaia, donde participó de la construcción de las primeras casas. Más tarde, la familia regresó a las Malvinas, desde donde comenzaría el recorrido que llevaría a los Lewis hacia Santa Cruz.
“Mi abuelo primero viene como tropero. Con el tiempo se instaló en Santa Cruz y comenzó a construir una explotación ganadera que sería el punto de partida de la continuidad familiar” recuerda Lewis.
A partir de allí, su familia fue estableciéndose y criando ovejas en una Patagonia todavía sin alambrados, donde los campos eran abiertos y las distancias enormes.

La historia familiar también está atravesada por la Segunda Guerra Mundial. Su madre llegó desde Inglaterra en 1944 a las Malvinas como enfermera, después de haber participado en la atención sanitaria vinculada al desembarco de Normandía. Allí conoció a su padre, integrante de la Armada británica. De esa historia nació James, que terminaría haciendo del campo su lugar de vida.
Lewis terminó el colegio en 1969 y, casi inmediatamente, se incorporó al trabajo rural. Pasó dos años como cadete en una estancia fundada por su abuelo y luego realizó el servicio militar antes de dedicarse definitivamente a la producción.
Durante años desarrolló una explotación que llegó a tener unas 5.500 ovejas y un equipo de trabajadores. La actividad funcionaba, los planteles eran buenos y también vendía carneros.

Pero la economía de la producción ovina cambió drásticamente. “A fines de la década de 1980 llegó el derrumbe del precio de la lana. Poco después, la convertibilidad profundizó las dificultades. La explotación resistió durante algunos años, pero finalmente, en 1994, tuvimos que abandonar la actividad productiva que habíamos sostenido durante décadas”, repasa.
Sin embargo, no abandonó el campo. “Es mi casa”, explica. Allí tiene sus animales y continúa acompañando a quienes actualmente trabajan en el establecimiento. Incluso cuando no está permanentemente en la estancia, procura regresar y colaborar en lo que puede.
Con los años, la mirada de Lewis fue ampliándose desde su propia experiencia productiva hacia un problema que considera central para el futuro de Santa Cruz, el despoblamiento rural.

Según plantea, “una parte importante del territorio provincial quedó vacío y muchos establecimientos dejaron de producir. Para él, no alcanza con pensar en trabajadores aislados, es necesario recuperar la vida familiar en los campos”.
También Lewis considera que “la presencia de las mujeres es fundamental para que una familia pueda arraigarse en el territorio y que el desafío consiste en volver a generar condiciones para que vivir y producir en el campo sea una alternativa posible”.
El problema, afirma, “es principalmente económico. Si la producción no resulta rentable, los jóvenes no encuentran motivos para quedarse o regresar”.
Y ese proceso tiene consecuencias que van más allá de la actividad ganadera. Los campos vacíos favorecen, según describe, “la expansión de poblaciones de guanacos, pumas, zorros y perros asilvestrados, mientras que también aparecen nuevos problemas como el avance del jabalí”.

A esto se suman los cambios ambientales que observa en el territorio: “inviernos con menos nieve, menos lluvias y lagunas que antes tenían agua y que llevan años secas”.
“Hay que enfrentar eso”, plantea, porque el productor debe afrontar simultáneamente los problemas económicos, ambientales y territoriales.
Lewis reconoce que el campo de hoy tampoco es el mismo que conoció durante su infancia. La llegada de los paneles solares, Internet, mejores caminos, vehículos y maquinaria modificó las condiciones de vida y trabajo en los establecimientos rurales.
En ese sentido, cree que “parte de la solución puede estar justamente en aprovechar esas herramientas para hacer posible nuevamente la vida familiar en el territorio”.
Uno de los puntos que considera necesario revisar es la educación. Él mismo fue pupilo durante su infancia, una modalidad que hoy prácticamente desapareció. Por eso plantea que las nuevas tecnologías podrían permitir que los chicos estudien desde el campo sin que toda la familia tenga que emigrar.
También identifica a las las sucesiones como otro problema histórico. “Cuando una explotación queda en manos de varios hermanos y ninguno tiene recursos para comprar la parte de los demás, el establecimiento puede terminar fragmentándose hasta volverse inviable”.
En este sentido, Lewis propone que existan herramientas de financiamiento de largo plazo que permitan ordenar esas situaciones y evitar que los campos terminen abandonados.

Para James, el futuro de la Patagonia rural depende de conseguir que las nuevas generaciones vuelvan a mirar al campo como una posibilidad de vida. “Hoy los chicos de las familias de campo no ven una opción viable para vivir de eso”, explica.
Por eso cree que “hacen falta medidas que permitan recuperar gradualmente la rentabilidad y generar oportunidades”. También considera que podría pensarse en la creación de nuevas colonias o núcleos productivos en aquellas zonas que todavía tienen condiciones para producir.
James es parte de la Sociedad Rural de Santa Cruz, y ha hecho un trabajo de relevamiento junto con otros referentes en más de 60 estancias del interior santacruceño. Allí encontró una realidad diversa con establecimientos que continúan produciendo, otros que cerraron y también campos que, con algún acompañamiento, podrían volver a poblarse.

Sus propios hijos son parte de esa tensión entre el arraigo y las dificultades económicas. Ambos trabajan fuera de la actividad rural —uno como guardaparque y la otra como docente—, pero durante los fines de semana regresan al campo y acompañan a su padre.
“Es un poco también para mí mi lugar en el mundo y ellos lo han adoptado un poco también”, cuenta Lewis. El problema aparece cuando esa pertenencia debe convertirse en un medio de vida.




