Alan McCracken se especializa en aplicaciones agrícolas desde mucho antes de que alguien imaginara que un dron podía sobrevolar un lote cargado con fitosanitarios. El experto irlandés trabaja vinculado al agro argentino desde 1973 y, medio siglo después, lo sigue haciendo cada vez que lo convocan para discutir algunos de los cambios más importantes en el sector.
La tecnología cambió y a la maquinaria terrestre y la aviación se le suman los drones, hoy en boga dentro del sector agropecuario. Pero McCracken no se mueve demasiado de su “librito” y asegura que, aunque con artefactos diferentes, la discusión debe seguir siendo sobre gotas, mezclas, deriva y aplicaciones aéreas.
Y, en eso, plantea sus reparos.
Días atrás se llevó a cabo el primer Congreso Internacional de Drones en Tucumán, un evento en el que el sector mostró que tiene músculo, que viene creciendo sostenidamente y que se prepara para jugar fuerte en el sector productivo, abriéndose paso con sus debates internos. Fue la ocasión en que Bichos de Campo dialogó con McCracken sobre los viejos interrogantes que sobreviven en este nuevo escenario.
“En algunas situaciones el dron puede complementar el avión, pero no lo va a reemplazar”, esboza como primera definición el especialista, que coindice con muchos otros expertos del sector en ese aspecto.
La principal ventaja, explicó, es bastante evidente: no necesita pista y puede ingresar a lotes pequeños o lugares donde otro equipo tiene dificultades para trabajar. Pero la facilidad para comprar un equipo y ponerlo a volar también encierra, según él, uno de los mayores riesgos. “Hay muchos jóvenes entrando y comprando drones pensando en ganar plata. Eso para mí es un paso muy peligroso. No es simplemente volar”, advierte McCracken.
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Para McCracken, saber manejar los comandos es apenas una parte del trabajo, visiblemente sencilla por el avance que tuvo la tecnología de los drones en los últimos años. Pero además de ponerlo a volar, son necesarios muchos otros conocimientos derivados de la misma actividad y decisivos para que una aplicación termine bien: abarca cómo preparar la mezcla, qué productos pueden utilizarse, qué tamaño de gota conviene generar, cómo controlar la deriva y qué normas deben respetarse.
La deriva, particularmente, ocupa buena parte de sus advertencias. McCracken cuestiona especialmente la idea de que, por volar bajo o trabajar sobre superficies acotadas, un dron elimina ese problema e insiste en que “hay un peligro muy grande” también en esa actividad.
Eso se vuelve todavía más delicado cerca de zonas urbanas o de otros cultivos sensibles, donde también se juega el respeto del espacio aéreo y las múltiples normas que subsisten en cuanto a la aplicación de fitosanitarios.
Es allí donde, según el especialista, la capacitación debería marcar la diferencia entre alguien que simplemente sabe mover el equipo y un aplicador que entiende qué está haciendo. “La mayoría de los pilotos agrícolas están volando por pasión de volar. Está faltando todavía el operador de dron que vuela con pasión para hacer un buen trabajo”, señaló.
En ese sentido, el especialista marca una distinción dentro de esta actividad: una cosa es ser operador de un dron y otra muy distinta ser aplicador con un dron. “Operador es algo. Un hombre con experiencia es otra cosa”, resumió. La práctica, el entrenamiento y la formación específica son parte central de ese proceso.

El especialista también pone la lupa sobre otro proceso que suele quedar bastante escondido detrás de la discusión por la tecnología: la preparación de los productos que transporta el equipo.
En el caso de los drones, explicó, ese aspecto tiene sus particularidades porque trabajan con volúmenes reducidos y no cuentan con los mismos sistemas de agitación que otros equipos. “Tenemos que formar una solución uniforme que no se separe”, explicó. Y agregó que, para ese tipo de aplicaciones, hay que trabajar “con mínimo de agua posible”.
A pesar de todas esas advertencias, McCracken no parte de una mirada negativa sobre la capacidad técnica que tiene el agro local. Más bien todo lo contrario. “Argentina está en una posición más adelantada en el mundo en tecnología de aplicación de químicos. Es más adelantada que los Estados Unidos”, afirmó, con más de 50 años de experiencia en nuestro país.
Según su interpretación, parte de ese desarrollo se explica incluso por una cuestión económica: los aplicadores argentinos tuvieron que aprender a trabajar bien para mantenerse dentro de una actividad muy competitiva.
“Los operadores acá tienen que trabajar bien para sobrevivir”, observa McCracken, que considera que con los drones terminará ocurriendo una selección parecida. Los malos trabajos tendrán consecuencias y serán los propios productores los que comenzarán a distinguir entre quienes simplemente compraron un equipo y quienes aprendieron realmente a utilizarlo.
“El mercado va a decidir qué queda”, resumió.
Por eso, aun después de más de cinco décadas de trabajo, este especialista no parece dispuesto a abandonar el tema. Porque seguirán abriéndose nuevos debates a futuro y, dice, mientras la salud lo acompañe, vale la pena participar de ellos.





