Es hoy, 23 de febrero, el día del tambero, una jornada que celebra a los vascos pioneros, los que se organizaron en la Unión General de Tamberos en la provincia de Buenos Aires allá por 1920, y sentaron las bases para la organización de los productores, de esos que actualmente son pocos, productores y tamberos que están en la fosa.
La lechería argentina tiene muchas formas en el eslabón primario, pero con claridad son los pequeños tambos los que más representan la realidad de cada región. Con casi la mitad de los tambos del país produciendo por debajo de los 2.000 litros diarios, lo que equivale al 14,6% de la materia prima, en este día queremos celebrar a los que no aflojan, a los que son eficientes e invierten para ampliar su futuro.

El establecimiento San Miguel está ubicado en Seguí, provincia de Entre Ríos. Ahí Nanci Chiardola y su hijo Franco Tossolini decidieron dar un paso fundamental para seguir con el tambo, incorporando un robot de ordeño, para mejorar la eficiencia, anticipar problemas sanitarios y sostener la producción en un contexto desafiante para los pequeños tambos.
“Cuando recién nos casamos con Rubén se inició el tambo. Él se dedica más a la agricultura y yo me dediqué un poquito al tambo, pero con muy poquitos animales”, recuerda Nanci. Con el tiempo, la familia pasó de la ordeñadora tradicional a la fosa y “ahora llegó el robot, que era un sueño a cumplir”, dice con orgullo.
Actualmente, la máquina ordeña 56 vacas, con la meta de llegar a 70. En paralelo, la fosa sigue activa, del otro lado para otros 60 animales. “La idea es ir disminuyendo el volumen en la fosa e ir sumando al robot VMS, hasta lograr incorporar un segundo equipo y tener todo el rodeo ordeñado de manera automática”, explica Franco.
“Se incorporó el robot para mejorar la eficiencia en el ordeño. Es una de las actividades más críticas y queríamos reducir el error humano. Con esto mantenemos una rutina estable y el animal siente mucho más confort”, señala Franco sabiendo que “con el ordeño tradicional estábamos en 24 o 25 litros. Hoy, con el robot, estamos en 27 o 28 litros promedio. Es un pequeño incremento, pero con mucha proyección, porque te obliga a hacer las cosas bien”.
La tecnología también abrió una nueva dimensión en la prevención de enfermedades.
“Este sistema nos ayuda a predecir un montón de problemas e incluso adelantarnos a bajas de producción. Antes la detección visual de mastitis era ineficiente y llegábamos tarde. Ahora tenemos alarmas configuradas que nos permiten revisar y tratar al animal a tiempo”, explica Franco que se reparte entre el tambo y el final de su carrera como ingeniero industrial en la ciudad de Santa Fe.
El indicador MDI con el que cuenta el equipo combina datos de sangre, conductividad eléctrica e intervalos de ordeño, permitiendo anticiparse a la enfermedad antes de que impacte en la producción. “Cuando vemos que sube el MDI, analizamos la conductividad eléctrica de cada cuarto de la vaca y podemos anticipar una mastitis. Eso nos da la posibilidad de tratar rápido y evitar pérdidas mayores”, detalla.

La alimentación es otro punto clave. “En el convencional dábamos la misma cantidad de alimento balanceado a todas las vacas, sin importar su curva de lactancia. Eso era ineficiente. El robot, en cambio, discrimina vaca por vaca y termina siendo mucho más eficiente”, explica Franco. Hoy, los animales del robot reciben una dieta ajustada a su estado productivo, con mezclas de sorgo, maíz y alfalfa picada que se les acerca al comedero. “La vaca no gasta energía en ir a buscar la comida, nosotros se la traemos. Eso también mejora el confort”.
La información que brinda el robot se convirtió en una herramienta diaria. “Media hora de análisis de datos alcanza para tomar decisiones. Mi vieja se pasa mirando porque le gusta, pero lo cierto es que la información está ahí, palpable, y nos obliga a ser más eficientes”, cuenta Franco que es quien adaptó en la antigua sala de ordeño y la fosa la ubicación del robot y el flamante espacio de trabajo donde nos recibió.
“Con el robot podemos mantener una calidad de leche altísima y estable en el tiempo, apta para exportación. En el tambo convencional eso fluctúa mucho por el error humano”.
La inversión fue significativa, pero con horizonte de retorno. “Si se aprovecha toda la información, el retorno puede darse en tres o cuatro años. Es redituable y lo puede afrontar cualquier productor”, asegura Franco.

Más allá de los números, la familia destaca el impacto humano: “Apuntamos a que el robot mejore la calidad de vida del operario. Hoy seguimos con los dos sistemas, pero cuando logremos robotizar todo, los horarios van a ser más amigables y el trabajo más llevadero”.
Nanci, que sigue de cerca cada dato en la computadora, resume la experiencia con sencillez. “Esto nos da tranquilidad. Sabemos que el animal se va a ordeñar, que vamos a tener información que antes no teníamos, y que podemos cuidar mejor a nuestro rodeo. Es un cambio grande, pero necesario”.

Para Franco, “el robot es una máquina de ordeño muy eficiente, mucho más que una persona, y nos permite cuidar al animal, que es nuestro mayor activo. Además, la calidad de leche que logramos nos abre la posibilidad de pelear un mejor precio. Hoy ya estamos obteniendo leche apta para exportación, algo que en la fosa no podíamos garantizar”.
La tecnología otorga una gran oportunidad para todos. “Lo que trae el robot es que uno por ahí puede salir a pelear un poquito el precio de su producto. Ahora empezamos a diferenciar la calidad que tiene esa leche y la forma de producirla”.





