El fenómeno de El Niño puede convertirse en un problema para los productores de arroz de Corrientes, la principal provincia arrocera de la Argentina. Aunque las lluvias permitirían reducir los costos de riego, también podrían provocar menores rendimientos por hectárea, más enfermedades y una caída en la calidad industrial del grano.
“En general, los rindes promedio por hectárea en años Niño son inferiores en alrededor de 1.000 kilos”, advirtió Jorge “Kike” Borsatto, productor arrocero y presidente de la Asociación Correntina de Plantadores de Arroz, en diálogo con Bichos de Campo. A esa pérdida potencial se suma otro problema que puede afectar directamente el valor de la producción. “Hay una pérdida de calidad del grano”, explicó.
El exceso de lluvias tiene efectos contrapuestos sobre el cultivo. Por un lado, cuando el arroz ya está implantado y entra en la etapa de riego por inundación, una mayor disponibilidad de agua puede aliviar los costos de bombeo. Pero los días nublados y las precipitaciones frecuentes también generan condiciones favorables para el desarrollo de enfermedades fúngicas y pueden perjudicar la formación del grano.
“En general, hay mayores problemas de hongos por una cuestión de que hay más cantidad de días de lluvias y nublados, con lo cual también hace que haya un menor rendimiento por hectárea”, señaló Borsatto.
La calidad también está en juego. En la comercialización del arroz, el porcentaje de granos enteros y quebrados tiene una incidencia importante en el resultado económico, y las condiciones climáticas pueden deteriorar esa relación. “Tenemos un problema de mucho grano enyesado, menor calidad de entero, más quebrado. O sea, hay una baja de calidad”, describió el dirigente.
La combinación de menores rindes y una proporción más baja de granos enteros puede reducir los ingresos del productor incluso cuando el gasto en riego disminuya. “Por un lado gastamos menos, pero por otro lado es probable que también tengamos menos ingresos por nuestro producto, al menos a un valor constante o de referencia”, resumió.
De todos modos, el impacto final dependerá de cómo evolucione el clima durante el ciclo del cultivo. Borsatto explicó que uno de los momentos determinantes será la floración, prevista entre diciembre y enero para buena parte de los lotes sembrados en estas semanas.
“Si por ahí, en ese momento, hay 20 o 30 días de sol y no hay lluvia, ahí la calidad del grano puede ser buena y puede ser que haya buenos rendimientos”, indicó. Por eso, aunque las perspectivas generan preocupación, todavía no hay elementos para dar por descontadas las pérdidas que podría ocasionar el fenómeno climático.
La amenaza de lluvias por encima de lo normal ya modificó el calendario de los arroceros correntinos. Habitualmente, la siembra se distribuye entre septiembre y octubre, con una parte de la superficie que se completa en noviembre. Esta vez, muchos productores decidieron comenzar antes para aprovechar las ventanas de buen tiempo disponibles.
“Todos nos adelantamos un poco por una cuestión de decir, bueno, si va a venir este famoso Niño y estas lluvias nos van a complicar con lo que es la siembra, avancemos con lo que podemos ya temprano”, contó Borsatto.
Según los datos que manejaba la asociación al momento de la entrevista, entre el 70% y el 80% de la superficie prevista para esta campaña ya estaba sembrada. Se trata de un avance superior al habitual para esta altura del año, resultado de la decisión de anticipar las labores ante el riesgo de que las precipitaciones dificulten el ingreso de las máquinas a los lotes.
Sin embargo, haber adelantado la implantación no significa que todo esté resuelto. El dirigente advirtió que los lotes sembrados hasta ese momento presentaban problemas de emergencia, con nacimientos que no eran suficientemente buenos ni parejos.
“La foto hasta ahora puede ser que se vaya emparejando la chacra y arreglando un poquito con las lluvias que hubo ahora”, señaló. La evolución dependerá de las condiciones que se presenten en los próximos días y de la posibilidad de aprovechar una nueva ventana sin precipitaciones.
Una vez que el cultivo esté implantado y se completen las aplicaciones de herbicidas selectivos y urea, comenzará la etapa de riego e inundación de los lotes. Allí aparecerá la otra cara del fenómeno, con la posibilidad de ahorrar agua de bombeo, pero también con el riesgo de enfrentar enfermedades y pérdidas de rendimiento si las condiciones de humedad y nubosidad se prolongan.
La superficie arrocera también viene mostrando una retracción. Para la campaña 2025/26 se habían registrado unas 96.800 hectáreas en Corrientes, mientras que para el ciclo 2026/27 la estimación que manejaba la asociación rondaba las 90.000 hectáreas. La caída sería del orden del 7% al 8%.
Borsatto aclaró que la previsión no responde exclusivamente al pronóstico climático. El sector viene de atravesar dos campañas complicadas por los precios y por una rentabilidad que dejó a numerosos productores en una situación delicada. La mejora reciente de las cotizaciones, sin embargo, volvió a generar incentivos para sostener la actividad.
“Lo que ha hecho disminuir ya en dos campañas consecutivas la superficie fue el problema de precio. Eso se ha venido solucionando en estos últimos meses”, afirmó el dirigente.
“Los productores este año han abandonado los lugares, las chacras más riesgosas, y han tratado de quedarse en lotes donde tengan mejor drenaje o no haya un riesgo de una inundación que tape la planta”, explicó.
El problema no es simplemente que haya agua en el campo. El arroz se desarrolla bajo condiciones de inundación controlada, pero una crecida que cubra totalmente las plantas puede terminar con el cultivo. “Si el agua llega a ser una inundación tan grande que tapa la planta, ahí entramos a perder directamente la chacra”, advirtió.
Por eso, además de elegir los lotes, los productores están prestando atención a la limpieza de canales y desagües y a las condiciones de acceso. La cercanía de una ruta asfaltada o de un camino de ripio también puede resultar determinante cuando las lluvias complican el tránsito y el movimiento de la producción.
Borsatto conoce de cerca las consecuencias de una campaña afectada por inundaciones. Recordó que en 1998 su familia perdió la mitad de la chacra, en una situación agravada por la falta de caminos transitables.
“Hoy esos cuidados, un poco, también los toma la mayoría. Se trata de elegir una chacra que esté cercana a una ruta de asfalto o a un ripio, que tenga buen drenaje. Nos hemos enfocado bastante también en la limpieza de canales y desagües”, relató.
Aun con esas precauciones, el dirigente no descarta que algunos productores sufran pérdidas importantes. La diferencia es que, a partir de experiencias anteriores, el sector intenta reducir la exposición a los escenarios más adversos.
Si las lluvias abundantes se prolongan hasta marzo, como indicaban algunos pronósticos que seguían los productores, las dificultades podrían extenderse más allá de la siembra y del desarrollo del cultivo.
“Si sigue hasta marzo, sería bastante complicado”, reconoció Borsatto.
Corrientes concentra aproximadamente el 47% de la producción arrocera argentina, de acuerdo con los datos aportados por Borsatto. Lo que ocurra en sus chacras tendrá, por lo tanto, una incidencia importante en el resultado nacional de la campaña.
La provincia cuenta con tres grandes modalidades de riego. En la zona centro-sur, donde se encuentran áreas arroceras de Mercedes, Curuzú Cuatiá y Paso de los Libres, predominan las represas. También hay productores que toman agua de los ríos y otros que recurren a perforaciones.
La modalidad de riego está relacionada tanto con las características geográficas como con la escala productiva. Según explicó el dirigente, los productores pequeños y medianos suelen tener mayor presencia en zonas abastecidas por perforaciones o ríos, mientras que los establecimientos medianos y grandes se encuentran con frecuencia en áreas que utilizan represas o captaciones de cursos de agua.
Las consecuencias del Súper Niño también generan interrogantes sobre lo que podría suceder con el precio del arroz en el mercado interno. Sin embargo, Borsatto descartó que una eventual caída de la producción correntina vaya a provocar desabastecimiento en la Argentina.
“Faltante no, bajo ningún punto de vista. Argentina consume solamente el 60% de lo que produce. El otro 40% se exporta, o sea que hay un excedente permanente y es mucha la diferencia entre el saldo exportable y el consumo interno”, explicó.
La posibilidad de un ajuste en los precios dependerá de la magnitud que finalmente tenga el impacto climático sobre la producción y de cómo se comporte el mercado. El dirigente consideró que podría haber alguna variación en los valores de góndola, aunque no anticipó un salto significativo.





