El mercado global de biocombustibles, que moviliza unos 180 millones de metros cúbicos anuales, compuestos en dos terceras partes por bioetanol y una por biodiésel, representa una oportunidad histórica para agregar valor en origen, diversificar la matriz productiva y consolidar un polo de desarrollo bioindustrial en el NOA.
Así lo indicó hoy Agustín Torroba, especialista en Biocombustibles y Energías Renovables de IICA, durante una charla ofrecida durante la II Cumbre de Bioetanol realizada en la ciudad de Tucumán.
Países como EE.UU. (que acaba de autorizar el uso continuo de la mezcla E15 durante todo el año), India (que avanza firme hacia el E20) y Brasil (con la reciente aprobación del E32) muestran que los marcos regulatorios internacionales avanzan hacia mezclas cada vez más altas.
“Siguiendo la experiencia pionera de Brasil, la infraestructura industrial de la región puede integrar el procesamiento de caña de azúcar durante la zafra con la transformación de los abundantes excedentes de maíz del NOA en el resto del año”, indicó Torroba.
Esta complementariedad productiva ofrece dos ventajas estratégicas. Por un lado, el aprovechamiento de fletes a contramano: transformar el grano localmente reduce la penalización por costos logísticos y mejora la rentabilidad del productor.
Por otra parte, comercializar el alcohol regionalmente, potenciando el mercado de vehículos flex-fuel (que en Brasil es mayoritario) evita el transporte innecesario de combustibles fósiles desde las refinerías centrales, ubicadas a más de 800 kilómetros.
Más allá de los mandatos de mezcla en el transporte terrestre, Torroba dijo que las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) señalan que los sectores más difíciles de descarbonizar, la aviación y el transporte marítimo, serán los grandes dinamizadores de la demanda en el corto y mediano plazo.
En lo que respecta a los combustibles sostenibles de aviación (SAF por sus siglas en inglés), para 2030 se estima que el mercado mundial demandará entre 10 y 20 millones de metros cúbicos.
“Ante el estrechamiento en la oferta global de aceites vegetales, la ruta Alcohol-to-Jet (AtJ), que convierte la molécula de bioetanol de maíz o caña en combustible de aviación, sitúa a la agroindustria argentina en una posición privilegiada”, destacó.
El transporte marítimo está adoptando biocombustibles a un ritmo aún más acelerado. La posibilidad de emplear mezclas directas (como el B30 con fuel oil) o la rápida incorporación de motores duales etanol/metanol en el 10,5% de los nuevos buques en construcción proyectan una demanda de entre 2000 y 10.000 millones de metros cúbicos en los próximos cuatro años. “Para tomar dimensión, este requerimiento equivale a casi diez veces la producción anual total de bioetanol de la Argentina”, indicó el especialista.
Capitalizar este escenario exige pasar de la potencia teórica a la acción concreta. La llave de acceso a estos mercados internacionales de alto valor no depende únicamente de la eficiencia en el campo o en las destilerías, sino de la capacidad de certificar la sostenibilidad de los procesos.
El avance en esquemas de certificación internacional como CORSIA (para la aviación civil) o ISCC resulta determinante. Del mismo modo, la participación activa en foros multilaterales como la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) y la Organización Marítima Internacional (OMI), junto con iniciativas regionales como la Coalición Panamericana de Biocombustibles Líquidos, es indispensable para garantizar que los criterios de emisión y los valores por defecto reconozcan de manera justa el activo ambiental de la producción sudamericana.
Torroba insistió en el hecho de que el NOA se encuentra ante la oportunidad de dejar de ser únicamente un proveedor de materia prima a granel para convertirse en un actor central de la matriz energética limpia del planeta.





