En su pequeña finca familiar de apenas 3 hectáreas, ubicada en Albardón, provincia de San Juan, la ingeniera agrónoma Itatí De La Vega vio en un cañaveral en el fondo de su finca, que se solía incendiar, la posibilidad de aprovecharlo para fabricar cubiertos y sorbetes ecológicos. Cometiendo muchos errores a causa de la inexperiencia, poco a poco se fue abriendo camino, y hoy ya ha constituido su empresa, ha ganado importantes premios y la vida se le abre como un abanico hacia quién sabe qué destinos. En 2018, creó su marca “Bioita” con el slogan: “Productos sustentables de caña”.
Pero repasemos su historia de lucha, porque nada le fue fácil a Itatí, y ella misma se reconoce como una mujer resiliente, que nunca bajó los brazos y que contra viento y marea logró alcanzar las metas que se propuso. “Tardé 20 años en recibirme de agrónoma”, comienza diciendo, antes de relatar su derrotero, y declara: “Mis padres son sanjuaninos pero, por trabajo, se fueron a vivir a la ciudad de Lobos, en la provincia de Buenos Aires, donde yo nací”.

“A los pocos años -continúa, la agrónoma-, a mi papá lo trasladaron a San Luis, y ese trabajo le duró toda su vida. Allí me crié, hasta que decidí estudiar agronomía en Río Cuarto, Córdoba. Mis padres me ayudaban, pero yo no quería vivir con otras personas, así que conseguí un trabajo y me fui a vivir sola, aunque eso me demoró en mis estudios. Cuando ya había cursado cuarto año, tuve una discusión con mi novio y, ya cansada de estudiar, y trabajar para pagar el alquiler, decidí irme a vivir a una finca que mis padres tenían en San Juan. La misma está ubicada en Las Lomitas, departamento de Albardón, reconocido éste como ‘cuna de la uva moscatel’, y que está ubicado dentro del oasis del Valle de Tulum”, indica.
“En aquella finca familiar -sigue Itatí-, mis abuelos maternos habían tenido viñedo y bodega, pero en ese entonces estaban haciendo ajo y los suelos estaban erosionados. Al llegar, hallé que la casa, que tiene cerca de 100 años, se encontraba en muy mal estado. Me puse a arreglar todo, la casa y la finca, dije basta al ajo, a cambio sembré alfalfa y me puse a vender fardos, porque además de dar una bellísima vista, frenaba los incendios. Había una pileta de decantación y le desvié una acequia para que volviera a tener agua. Después le puse plantas acuáticas y planté árboles frutales” hice un paraíso.

Haciendo un alto en su relato, la emprendedora recuerda que adquirió mucha fuerza física, de tanto que trabajó para recuperar el predio familiar, y que como siempre fue muy deportista, en aquel tiempo ganó el primer premio provincial de “pole dance”, una destreza que estaba de moda.
“Como quería estudiar paisajismo, embellecí tanto el entorno y me quedó todo tan lindo, que mis padres se fueron a vivir conmigo, ya que mi papá se había jubilado -continúa Itatí-. Es que en el fondo, ellos extrañaban su amado San Juan”, aclara.
“Me empecé a sentir tan bien, que hasta me curé de unas alergias que sufría -agrega, la aguerrida mujer-. Y además, si bien me había reconciliado con mi novio y pensaba volver a Córdoba a casarme con él, de pronto me sentí tan bien y libre, que decidí pelearme y me quedé a vivir en San Juan. Poco después conocí a un chico con el que tuve dos hijos, Máximo y Pía, echando raíces cuyanas”.

“Siempre había querido tener mi huerta orgánica y allí cumplí mi sueño -sigue relatando Itatí-. Pero como yo no alcanzaba a consumir todos los frutos que me daba, se me ocurrió empezar a vender ensaladas y me hice muy popular con ellas: las preparaba con semillitas y flores comestibles, con higos o membrillos asados, hacía dulce con los frutos del ‘grateus’, porque siempre me gustó cocinar y sobre todo, recuperar las recetas antiguas de las abuelas”.
“Hasta que un día, una cliente me pidió cubiertos y le dije que no tenía, porque me parecía contradictorio ofrecer los de plástico, ya que mis productos eran agroecológicos. Me puse a buscar cubiertos ecológicos y había que importarlos de China. Entonces, como yo estaba cansada de ver incendiarse un cañaveral que invadía mi finca y obstaculizaba las acequias, pensé en aprovechar las cañas para elaborar ecocubiertos con ellas”.

“Acá, las cañas se consideran malezas. En un comienzo, se las colocó en los bordes de las fincas para controlar los excesos de agua que viene por las acequias, pero se fueron multiplicando y ahora son muy difíciles de erradicar. En San Juan, no crece la caña de Bambú, pero si está la de Castilla, así es que puse manos a la obra”, cuenta de la Vega.
En ese momento de su relato, Itatí hizo un “alto” para contar que la primera vez que presenció la llegada de un viento Zonda, pensó que era el fin del mundo, ya que recuerda que no veía nada por la tierra. El mismo ocurre, sobre todo, entre mayo y noviembre. Es tan cálido y seco, que fácilmente se generan incendios. “Pero después, una lo incorpora a su vida y se prepara para semejante acontecimiento, de modo que no conmociona tanto”, es parte de la rutina, señala.
La agrónoma, repasa: “Recuerdo que crié a mis hijos estudiando y trabajando. Cuando aún estaba embarazada, hice mis ensayos en flores y la atacaron los hongos. Luego probé con lechugas y me las comieron los pájaros, por lo que termine haciendo la tesis en vid y seguí yendo al campo a medir, con 40 grados hasta la semana 39 de mi embarazo. Después de que nación mí hija, decidí iniciar mí emprendimiento y probar de hacer cubiertos de caña. Comencé con 100 dólares que me prestó mi papá, que en ese entonces eran 10.000 pesos. Eso me alcanzó para pagar a un diseñador, a un fotógrafo y comprar insumos de carpintería, como sierras y lijas”.
Cuenta la emprendedora que al principio, su trabajo fue muy rústico, pero de a poco se fue perfeccionando y aumentando los pedidos, por lo que decidió comprar maquinaria. A tal fin, solicitó un “Fondo Semilla” y lo ganó. Brindaba talleres de huerta para sumar unos pesos. “Pero debo agradecer a mis amigas y a mis padres, que me ayudaron en todo, porque sin ellos jamás hubiese podido llegar a recibirme y montar mi empresita, que es hoy. Es que en el medio sufrí una estafa de un amiga que busqué para que se asociara y me afectó mucho emocionalmente”, destaca.

“Si la vida no te vino fácil, es porque me debe estar preparando para algo trascendente -se dijo Itatí- después de eso se levantó e inició su proyecto nuevamente. Hice el packaging con papel ecológico y me quedó divino. Salí a ofrecer mis ecocubiertos a los locales, pero como me daba vergüenza, me presentaba como que estaba haciendo un sondeo de mercado”, cuenta, entre risas.
“Una mañana, semidespierta, se me ocurrió diseñar la silueta de una mujer. Cuando me levanté de mi cama, desarrollé el ecocubierto con esa figura, le saqué foto, la subí a Instagram y me llamaron de todos lados”, recuerda.
En plena pandemia, la agrónoma ganó el primer premio internacional de economía circular, como mujer resiliente del año 2020, otorgado por Naciones Unidas, y eso la catapultó a la fama. “Pero cuando una mujer llega alto, debe notar que tiene la capacidad de ‘semillar’ a otras que vienen luchando para llegar como una”, sentencia, denotando su concepto social de la vida. Cuenta que le ofrecieron ir a trabajar a Guinea Ecuatorial, en África, pero a causa de la pandemia, no pudo ir.
Rememora que un día le pidieron sorbetes ecológicos, los desarrolló y comenzó a ver que tenían más salida que los ecocubiertos, que aún fabrica, pero en muy poca cantidad. “Voy aumentando mi producción de a poco, porque quiero cuidar la calidad -aclara, Itatí-, hoy tengo dos empleadas y con ellas vamos perfeccionando los procesos. Hervimos los productos en ollas a presión para esterilizarlos y quedan inodoros e insípidos. Logramos un producto delicado al tacto y presentamos sorbetes de 15 y de 18 centímetros. Hay clientes grandes que los vuelven a esterilizar y los reciclan”.
Completa, la emprendedora: “Cuando termina la cosecha de la vid y muchos quedan sin trabajo, yo les encargo que me corten cañas del margen de los ríos, canales y acequias, pero cuido de que las saquen de zonas donde no hay cultivos y no se fumigue”.

“Empecé sola, haciendo 100 ecocubiertos a mano y 1000 sorbetes, y hoy producimos unos 30.000 sorbetes por mes de alta calidad. Vendo por mayor solamente a locales gastronómicos y sobre todo a mis clientes que sirven tragos en barras móviles. Además, me piden desde varias provincias y cada tanto, voy ampliando el taller y poco a poco voy tratando de automatizar más el proceso, con miras a que algún día pueda exportar”.
Hoy, la agrónoma explica que deja caer al suelo los canutillos de las cañas para generar cobertura, ya que los suelos de su finca familiar son arcillosos. “Algún día comenzaré a abrir la finca al público, porque me interesa que la gente vea todo el proceso. He parquizado, planté sauces y cortaderas, y tengo un pistacho enorme”, detalla la agrónoma, enamorada de su finca, ya que desde allí, dice conmoverse al contemplar el cerro “Pie de palo”. “Debemos recuperar la cultura de cultivar la tierra, aunque sea una rúcula en un balcón. Adonde he estado, siempre hice mi huerta orgánica”, resalta.

Finalmente, Itatí reflexiona: “Mi papá era muy pobre, y salió a flote a fuerza de voluntad. Hoy me doy cuenta de que hice lo mismo. Me planto sobre los principios de la soberanía alimentaria, la agroecología, y aliento a mis empleadas a que crezcan, de modo que ojalá mi empresita les quede chica y tengan que volar a trabajos superiores. Yo me siento un ejemplo de resiliencia para mis hijos. Sólo quiero pasar por este mundo dejando una huella”, sentenció.
Itatí De La Vega eligió dedicarnos la canción “Querida yo”, de y por la cantautora argentina Yami Safdie, interpretada junto al cantante colombiano, Camilo.




