Vinculada al negocio del alquiler de toros reproductores, una de las actividades por las que se hizo conocida, la firma Rent-a-Bull participa junto a otra empresa en un esquema agrícola y ganadero que abarca unas 1.000 hectáreas bajo riego en la zona de Viedma. Allí producen semillas, maíz, alfalfa y crían vacas. Lo novedoso es que también avanzan con una plantación de avellanos que apunta a diversificar ingresos y ganar estabilidad productiva.
La diversificación es una de las estrategias que buscan las empresas agropecuarias para reducir su dependencia de una sola actividad. En la zona de Viedma, Río Negro, dos firmas vinculadas al negocio agropecuario avanzan en esa dirección: además de la agricultura y la ganadería tradicionales, apostaron por los frutos secos y, en particular, por el cultivo de avellanos.
Rent-a-Bull es más conocida por su servicio de alquiler de toros reproductores, una propuesta que lleva tres décadas en el mercado argentino. Pero esa actividad no agota el universo productivo de sus integrantes. A través de dos empresas que trabajan de manera independiente, aunque comparten el desarrollo productivo en la región, también explotan campos bajo riego y avanzan con nuevas alternativas agrícolas.

“Uno de los objetivos principales acá en la zona fue diversificar, tanto por ubicación geográfica como por producción”, explicó Daniel García, zootecnista y gerente de las explotaciones que ambas firmas desarrollan en Río Negro.
Entre las dos empresas manejan alrededor de 1.000 hectáreas bajo riego. En ese esquema conviven diferentes actividades: “unas 300 hectáreas destinadas a la agricultura, aproximadamente 200 hectáreas de alfalfa y un rodeo de unas 400 vacas de cría”, detalla.
La producción agrícola incluye maíz para grano, parte del cual también se destina a la alimentación de los animales propios. Además, realizan producción de semillas de girasol por contrato con una empresa semillera y están incorporando semilla de alfalfa a su esquema productivo.

Los destinos comerciales varían según el producto. Las semillas se entregan a las empresas con las que trabajan bajo contrato, mientras que el maíz se comercializa en mercados que incluyen Bahía Blanca, compradores de la zona de Viedma y clientes de provincias patagónicas como Chubut.
La cercanía con otros mercados regionales es un factor que también juega en la ecuación. Por su ubicación, los establecimientos pueden abastecer destinos patagónicos que deben considerar las distancias para conseguir granos y otros insumos.
La combinación de agricultura y ganadería permite, además, integrar parte de la producción dentro de los propios establecimientos. “No todo lo que se produce sale al mercado: una porción del maíz se utiliza para alimentar a los animales, vinculando ambas actividades”.

La apuesta más novedosa dentro de esa diversificación es el cultivo de avellanos. El proyecto había comenzado a tomar forma en 2019, cuando se implantaron las primeras diez hectáreas. Sin embargo, fue a partir de 2022 cuando empezó a desarrollarse con mayor escala.
Actualmente, “las dos empresas suman unas 64 hectáreas implantadas con avellanos, con plantas de distintas edades. El objetivo inicial de desarrollo contempla llegar a unas 50 hectáreas en una de las firmas y entre 70 y 80 hectáreas en la otra”, explica el profesional.
Se trata de una inversión que exige paciencia. “Los árboles necesitan varios años para entrar en producción y alcanzar volúmenes que hagan rentable el cultivo”. Según García, “las primeras hectáreas implantadas comenzarían a producir en la próxima temporada, con los primeros resultados esperados para febrero de 2027”.

¿Por qué apostar por un fruto seco en una región donde la actividad todavía tiene una escala relativamente pequeña? La respuesta combina las condiciones agroclimáticas, las posibilidades de desarrollo del cultivo y las expectativas sobre la demanda.
El zootecnista explica que, entre el 90% y el 95% de la superficie argentina implantada con avellanos se concentra en Río Negro. Aunque la escala nacional todavía es reducida en comparación con otros países productores, la región ya cuenta con experiencia y conocimiento técnico para desarrollar esta actividad.
El cultivo, sin embargo, no está libre de riesgos. “Uno de los factores determinantes es la ocurrencia de heladas durante la primavera, especialmente en octubre, cuando las plantas atraviesan etapas sensibles de floración. Las heladas invernales no representan el mismo problema que las que llegan cuando el cultivo ya inició su ciclo reproductivo”, detalla.

Por eso, la elección del lugar y el manejo técnico son centrales para sostener rendimientos a lo largo de los años.
Para desarrollar la plantación, las empresas trabajan desde hace aproximadamente dos años con el asesoramiento de una firma chilena especializada, cuyos técnicos visitan los establecimientos varias veces al año.
“La experiencia de Chile funciona como referencia por el grado de intensificación que alcanzó esa producción”, manifiesta. García aclara que “no se trata necesariamente de replicar un modelo de manera automática, sino de incorporar herramientas y conocimientos que permitan mejorar el desempeño del cultivo en las condiciones locales”.
El objetivo es acortar los tiempos hasta la entrada en producción y lograr resultados más estables. Según explicó, “existen experiencias en Chile donde los árboles comienzan a producir a los tres años, aunque eso no significa que el cultivo ya sea rentable en ese momento. En la zona de Viedma, el desafío es adaptar ese paquete tecnológico y avanzar hacia producciones más regulares”.
La estabilidad es una cuestión central para una actividad que requiere inversiones iniciales y varios años de espera. No alcanza con que un cultivo tenga buenos precios en el mercado, también debe ofrecer cierta previsibilidad en los volúmenes que se podrán cosechar.
“Mi desafío es lograr estabilidad en las producciones, sobre todo en los avellanos”, señaló García. “La idea es que los resultados no dependan exclusivamente de las variaciones del precio, sino que exista una base productiva que permita planificar los ingresos”.

La demanda de frutos secos aparece como otra señal que acompaña la apuesta. No obstante, el desarrollo del negocio dependerá de que la producción regional pueda consolidarse y sostener rendimientos en el tiempo.
Ampliar la cantidad de actividades no significa solamente sumar hectáreas o incorporar un nuevo cultivo. También obliga a reorganizar el trabajo, incorporar conocimientos y disponer de maquinaria, herramientas y personal para atender las necesidades de cada producción.
En la región, explica García, “todavía no existe una oferta suficientemente amplia de contratistas especializados para resolver todas las labores. Por eso, las empresas deben contar con equipos propios y organizar internamente buena parte de las tareas, desde el manejo agrícola hasta los trabajos específicos que requiere el avellano”.

La disponibilidad de mano de obra es otro factor. Si bien García considera que es posible conseguir trabajadores, advierte que resulta fundamental encontrar personas interesadas en la actividad y acompañar su formación para que puedan asumir responsabilidades dentro de un sistema productivo cada vez más complejo.
A eso se suma el desafío de conocer las particularidades de la región, ya que Daniel García llegó desde Ezeiza, Buenos Aires, hace aproximadamente cuatro años, y parte de su trabajo consiste en entender las condiciones locales y ajustar las decisiones productivas a ese entorno.




