Se puede producir una pastura excelente, invertir tiempo y dinero en lograrla y, sin embargo, perder buena parte de ese esfuerzo durante los pasos que siguen al corte. Para Gerardo Segura, responsable comercial de Syra en Córdoba, ahí aparece uno de los desafíos de una ganadería que obliga cada vez más a mirar no solamente cuánto alimento se produce, sino también en qué condiciones llega finalmente al animal.
Segura participó del 2° Congreso Argentino de Forrajes, realizado en Córdoba, donde justamente encontró una virtud: durante unos días, al menos, el maíz y los grandes cultivos dejan de llevarse todas las miradas.
“El país viene girando hace varios años hacia una producción ganadera de una manera muy intensiva. Quizás todos hablamos de los cereales, del maíz y de la soja, pero en ganadería cada vez se va más hacia el cuidado y el manejo de lo que es el forraje y todo lo que es para dar de comer a los animales”, explicó en conversación con Bichos de Campo.

Ese cambio obliga también a ampliar el menú. Segura mencionó las pasturas, pero también otros recursos que ya utiliza en campos que maneja, como la cáscara de maní, cultivos de invierno y coberturas.
“Hay que tratar de sacar el ojo del maíz. Si bien el maíz está para la alimentación, también hay otro tipo de cultivos que nos pueden dar valor agregado a la producción”, señaló.
Pero producir el alimento es solamente una parte del asunto. Después vienen el corte, la formación de las andanas, su recolección y finalmente el enrollado, embolsado o sistema de conservación que se elija. Y en cada paso existe la posibilidad de perder calidad.
“Un ser vivo es similar a nosotros, va a querer comer de la mejor manera”, afirmó, dando cuenta de que todos los procesos anteriores deberían apuntar a que al animal no le termine llegando “un producto de mala calidad o sucio”.
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El planteo parece básico, pero tiene impacto económico. Porque el costo de una mala confección del forraje no está solamente en la pérdida de alimento, sino también en todos los recursos que se utilizaron previamente para producirlo.
Segura lo resumió con una situación bastante habitual: se puede llegar al momento de cosecha con “el mejor forraje del mundo”, pero si luego durante el manejo se incorpora tierra, se deteriora el material o el rollo termina siendo de mala calidad, parte de aquella inversión inicial deja de aprovecharse.

El mismo concepto de cuidar los recursos lo trasladó al otro extremo del ciclo ganadero: qué hacer con el estiércol generado por los animales. Syra también fabrica equipos destinados a distribuir esos residuos orgánicos y Segura señaló que la idea no debería ser simplemente “tirarlos” sobre el campo, sino dosificarlos y distribuirlos de manera adecuada para recuperar nutrientes.
La discusión sobre tecnología forrajera, entonces, termina bastante lejos de limitarse a qué máquina corta mejor el pasto. Empieza antes, con la elección y producción del alimento, sigue durante cada movimiento que se hace hasta guardarlo y puede terminar incluso con los nutrientes que regresan al suelo.





