El primer Congreso Internacional de Drones, llevado a cabo días atrás en Tucumán con la participación de expertos de todas las áreas, dejó una clara consigna sobre la mesa: el dron está dejando atrás su traje de novedad para sentarse en la gran mesa de las herramientas agrícolas.
Y aunque la discusión se la lleva casi por completo la cuestión de las aplicaciones aéreas en cultivos extensivos, desde las economías regionales pueden hablar largo y tendido del impacto que ha tenido esta tecnología incluso a pequeña escala. Y desde allí mismo, en la sede del congreso, sobran los ejemplos a citar.
“Empieza un nuevo ecosistema”, opina el investigador del INTA Famaillá Ricardo Rodríguez, quien dialogó con Bichos de Campo sobre cómo los drones se meten hoy en los cultivos de caña de azúcar, en el tabaco y en los frutales tucumanos.

Como parte de su área Agtech, el INTA cuenta con su propia Red Nacional de Drones, la primera de su tipo en Latinoamérica. Integrada por experimentales y especialistas de todo el país, es un proyecto que unifica la investigación sobre ese área y demuestra que la tecnología ya está instalada en el agro. Sólo le falta echar a volar.
Y en eso, Rodríguez no puede evitar recordar a Mario Bragachini, un histórico investigador de ese organismo considerado por muchos el padre de la agricultura de precisión. “Él hablaba del metro a metro y los drones hoy nos dan la información centímetro a centímetro. Eso es lo que permite tomar una determinación y aumenta la productividad, que es lo que necesita la población mundial”, afirmó.
Pero además de ese cambio a nivel productivo, la herramienta se destaca por su aspecto “democratizante”, que es el que permite incorporarla a diferentes escalas y para distintos usos. “Es una herramienta que se está haciendo transversal a todos los cultivos, tanto regionales, como emergentes y extensivos, y puede llegar al alcance de cualquier productor”, observó, y evaluó qué implica particularmente eso.
Mirá la entrevista completa:
Uno de los cultivos en los que más trabajan desde el INTA Famaillá es el de la caña de azúcar, característico de aquella región y, por ende, en diálogo continuo con las innovaciones tecnológicas. Entre ellas, el monitoreo con drones es utilizado en diferentes etapas.
“Es un cultivo perenne que produce por unos cinco años. Cualquier falla que puedas encontrar en el momento de la plantación es fundamental y este tipo de fotografía aérea te ayuda mucho”, explicó el investigador, que destaca su uso tanto en métodos manuales como mecanizados.
También es muy útil en la etapa de brotación, cuando puede estimarse, incluso muy tempranamente, cuál será el rendimiento esperado y de qué manera evolucionará la planta. O, como ya se hace en cultivos extensivos, detectar malezas para hacer aplicaciones selectivas o llevar adelante la fertilización.
Todo ello, gracias a un insumo básico que aportan los drones: las fotografías RGB o multiespectrales, que permiten capturar aquello que no es visible para el ojo humano y, procesadas con softwares de inteligencia artificial, traducirlo en información y toma de decisiones.
“Esto era inimaginable hace meses. Los flujos son cada vez más rápidos, las plataformas son más accesibles y la oferta es más grande”, destacó Rodríguez. Para no perder zancada en esa velocidad tecnológica, desde el organismo están trabajando en un “manual vivo” que permita ir cristalizando esas nuevas prácticas, y a la vez ir adaptándose a las que vayan surgiendo.
De hecho, la red ya se reserva el hito de haber publicado el primer protocolo para la aplicación con drones, en el que trabajaron junto a la Universidad Nacional de Balcarce. Ahora, cada economía regional va evaluando sus propios métodos y prácticas.

“En el cultivo de caña de azúcar tenés que ser muy metódico en cuanto a los tiempos de aplicaciones, porque la competencia con malezas significa casi un 50% del rendimiento. El dron es fundamental para tomar una decisión en el momento adecuado”, destacó el investigador.
Ese es uno los avances más importantes que percibe para la actividad, junto a las estimaciones de rendimiento que permite el monitoreo. “Con eso, puedo planificar la cosecha, el transporte, lo comercial y hasta la fertilización de cara al año próximo para cada lote”, explicó.
Sin embargo, Rodríguez destaca la importancia de acompañar a esa tecnología, que se ha tornado accesible, más masiva y adaptable a las distintas escalas productivas, porque por sí sola no alcanza.
“Siempre se discute en torno a los productos y las innovaciones, pero hay una faltante del recurso humano dedicado a la gestión de los procesos, que son el análisis de la información. Y en eso el INTA es fundamental”, afirmó, y aseguró que el organismo aporta mucho conocimiento y ´know how´ para que al productor se le haga un poco más eficiente el tiempo y el uso de los recursos”.
Es parte de la nueva etapa que se abre para los drones agrícolas, que ya no visten únicamente el traje de la novedad y empiezan a poner sobre la mesa la discusión en torno a su gestión, seguridad, alcance y, sobre todo, la necesidad de acompañar ese crecimiento.




