“Por una situación personal, un día tuve que venir a quedarme a la casa del monte. Salí a tomar mate y escuché a los picahuesos, a los cardenales, sentí el olor de la jarilla y me dije: ’¡Pero si me he sacado el quini seis y no me he dado cuenta todavía!’”.
Así recordó Alejandro Torres, hablando con Bichos de Campo, cómo fue el día en que decidió quedarse a vivir en el monte para siempre, donde había comprado hace dos décadas una propiedad de 20 hectáreas, ubicada en Villa de la Quebrada, San Luis, que, junto a su ahora ex esposa, Lis Newton, prepararon como un lugar abierto de sanación y encuentro, no solo familiar, sino para aquellos que quisieran conectar con la naturaleza.
Villa de la Quebrada es un pueblo de 2.000 habitantes ubicado en el faldeo de las sierras de San Luis, sobre la Ruta Provincial 3, a mitad de camino entre Nogolí y la capital provincial, y a 40 kilómetros al norte de esta última.

Especialista en bioconstrucción, Alejandro reconstruyó y amplió una vieja casa de adobe que tenía la propiedad y junto a su ex mujer fundaron Rukalaf Natura, que en lengua mapuche significa “Casa de sanación” o “Casa de la alegría”. Un lugar abierto para los que deseaban escapar por un rato del vértigo de la vida urbana, encontrando allí un espacio para compartir, hacer yoga, meditar y aprender reiki.
Alejandro y Lis siempre tuvieron la idea de montar un lugar así, desde que se conocieron en la universidad en Córdoba. Con esfuerzo y dedicación, lo llevaron a cabo con gran repercusión.
“A Rukalaf vino Don Lauro de la Cruz, un chamán muy conocido que sale en el documental de Santiago Pando. También ha venido mucha gente bonita a hacer talleres, porque aquí, la idea siempre es que el que se necesita sanar quiere sanar a los demás, y el que quiere abrazos, abraza”, rememora.

Don Lauro de la Cruz es un hombre medicina y de conocimiento maya de Chiapas, México, que ha abrevado de diferentes tradiciones y formas espirituales existentes alrededor del mundo. Desde pequeño, fue reconocido por su comunidad como sanador y desde entonces, ha viajado impartiendo sus enseñanzas y su medicina, indica su sitio web.
Luego de unos años, las vidas de Alejandro y Lis tomaron caminos diferentes. Él se quedó viviendo en Rukalaf, y antes de la pandemia, conoció a una pareja treintañera con la que trabó amistad. Ellos se entusiasmaron en ir a vivir con él al monte nativo. En 2019, Lucas Muñoz, geólogo y Vilma Filippa, psicóloga, se mudaron allí para vivir en comunidad.
Con Alejandro, Lucas y Vilma; Rukalaf se redimensionó para intentar transformarse, no solo en un modo de vida alternativo sino también productivo. Este enfoque, que luego se convirtió en un proyecto presentado ante el gobierno de San Luis, fue finalmente seleccionado en 2023 por el programa San Luis Emprende, para otorgarle un aporte no reembolsable que les permitió dar el paso que se proponían.

“Un emprendimiento para desarrollar, fortalecer y regenerar el bosque nativo a través de la producción de huertas ecológicas y orgánicas, venta de plantines y propuestas de capacitación”, rezó la iniciativa que fue finalmente premiada.
De este modo, los tres viven hace ya 7 años en medio del monte, construyendo poco a poco el sueño de una ecogranja, y a futuro, de una comunidad que pueda convivir y subsistir del bosque nativo, compartiendo espacios, labores y ganancias, en armonía con el medioambiente.
Un sueño que Alejandro Torres tuvo desde el comienzo y lo ha ido llevando por etapas, ajustado a las posibilidades que le ha ido brindando el tiempo y las circunstancias.

“Siempre el proyecto fue hacer una ecogranja, hacer unas cabañas de sanación, como nosotros le decíamos con Lis, para traer a la gente y que pudieran valerse de la comida y la huerta del lugar, cosas por ahí muy utópicas para el momento. De hecho, yo estudié arquitectura y empecé a construir en barro, y quise dedicarme a eso. Hace unos 15 años abrí una empresa de bioconstrucción con mis hermanos, pero fue muy anticipada a la época, y bueno, después se disolvió”.
La llegada de Lucas y Vilma para sumarse al proyecto de Rukalaf ha sido crucial para Alejandro Torres: “Gracias a ellos tenemos frutales con los cuales vamos a hacer frutos secos, con un buen valor agregado, y de las huertas ni hablar, porque fueron ellos los que le encontraron la vuelta”.
En ese punto, destaca que “nosotros intentamos hacer las huertas con todos los esquemas que tenía el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) pero no funcionaban porque aquí todo es muy árido, pero Lucas y Vilma hicieron las huertas en los bancales protegidos por el monte nativo y fue un éxito. La huerta es un mérito de ellos”.

Alejandro enfatizó los beneficios de llevar esta vida en la naturaleza, pero también, renegando de cualquier romanticismo, resaltó sus dificultades y la demanda de dedicación y sacrificio.
“Es una vida paralela al sistema que nos han impuesto, la cual, como todo trabajo verdadero, no es fácil, porque en lo que respecta al trabajo espiritual, no vas a andar con túnica y escuchando coros de ángeles. Es difícil verte a vos mismo, enfrentarte con tus problemas personales, psicológicos y aceptarte como sos”.
“Pero, además -continuó- es una vida en la que se trabaja mucho, que requiere muchas horas del día en la huerta y todos los días ir a tapar los picos de los frutales porque sino se secan. Acá teníamos un gallinero y el gato montés mató a las 12 gallinas; si te querés ir, no podés dejar la casa sola porque vienen los animales”.

“Entonces, hay un montón de connotaciones que hacen que no sea fácil y entiendo a la gente que empieza con esto y lo abandona, porque al final, prefiere seguir en la comodidad de la ciudad”, reflexiona.
“Hace muchos años que en Rukalaf tenemos un vivero para hacer plantines, también produzco tierra orgánica y damos talleres de bioconstrucción y reiki, y ahora tenemos colmenas y estamos con las huertas y los frutales tratando de generar recursos, pero el volumen alcanza en algunas cosas alcanza solo para nosotros. Todo esto es como tener un barco a velas, si no tenés tripulación no podés llevarlo adelante”.
Por eso, hace tiempo que están hablando con un grupo de amigos y allegados para que se sumen al proyecto y así conformar una pequeña comunidad en donde se compartan todos estos valores y, además, se produzca y se garantice la subsistencia.

Y en eso están Lucas y Vilma, quienes también dialogaron con Bichos de Campo: “Aquí estamos en plena armonía con la naturaleza y cuando llegamos, ya traíamos esta percepción de vivir en el monte, sin intervenir, o interviniendo lo menos posible, y preocupándonos por el cuidado del mismo”, arrancó Vilma.
“Entonces, cuando empezamos a pensar en las huertas y en la sostenibilidad de nuestra vida en este lugar, fue siempre con esta observación de la protección del monte nativo, y esa fue la manera en la que nosotros comenzamos a sembrar nuestros propios alimentos, a buscar cuáles son los frutos, los cultivos y los productos que el mismo monte nos está ofreciendo”.
Por su parte, Lucas menciona y destaca: “Este espacio tiene un plus, tiene la posibilidad de trabajar con un diseño regenerativo que busca estar armonía con el bosque nativo y además con la fauna, la biodiversidad y el manejo consciente del agua. Es decir, tenemos en cuenta todos los aspectos, el del terreno, cuáles son los lugares óptimos para construir, para hacer una huerta y para habitar sin generar un impacto en el monte”.

Vilma señala que “en el trabajo que hacemos con la tierra no utilizamos agroquímicos, sino que tratamos de volver a técnicas más ancestrales, que aportan nutrientes al suelo en vez de dejarlo seco y expuesto al sol y a la intemperie. Para darle nutrición a la tierra y conservar el suelo utilizamos el mismo mantillo, que es lo que cae de los propios árboles, con un sentido regenerativo desde el mismo monte nativo”.
“Como ya había dicho Lucas – continúa- el diseño regenerativo es fundamental, porque tiene que ver con el diseño de los espacios. Uno entra al monte y empieza a observar, y vas probando en esas experimentaciones donde poner una casita sin afectar el bosque, donde poner una huerta, aprovechar los canales de agua naturales que se forman cuando llueve y donde se conserva mayor humedad”.
“Es una manera de diseñarlo y de pensarlo, completamente distinta a lo que es la agricultura más conocida, que por ahí abre un espacio y planta el cultivo directamente”, dice Vilma.

Del mismo modo, Lucas señala, que “como no usamos agroquímicos, para proteger los cultivos de cualquier tipo de plaga, usamos otras plantas que cumplen esa función y permiten el desarrollo de las huertas”.
Así, bajo este concepto, ya plantaron 100 árboles frutales hace unos años gracias a otro programa provincial que se los aportó y poseen tres huertas ubicadas en lugares puntuales, de acuerdo a lo que cultivan y a las posibilidades que ofrece el bosque.
“Hace unos años recibimos de un proyecto de la provincia unos 100 árboles frutales y buscamos en un espacio cercano a la casa, donde hay mayor posibilidad de acceso al agua, y en los claros del monte fuimos incorporando el resto, y estos árboles frutales que ya tienen 5 años empiezan a ser alimento en perfecta armonía con el bosque”, detalla Vilma.

“Y las huertas las hemos sembrado con el mismo concepto, dependiendo qué tipo de huerta y del calor de la zona, que aquí también es muy fuerte y con un clima muy seco. Algunas pueden estar debajo de ciertos árboles, que no tienen una hoja tan frondosa, pero dan sombra y también pasa el sol y eso nos permite que cierto tipo de cultivo progrese”.
Vilma destaca que “hay muchas variedades de cultivos que se pueden sembrar y sostener con mayor facilidad y menos consumo de agua, debajo de ciertos árboles, como los algarrobos y los espinillos”.
De esta forma han ido experimentando y ya han cultivado “zapallo, tomate, brócoli, repollo, rabanitos, todo lo que son hojas verdes, sandía, melón y alcayota que se da muy bien en la zona y también las aromáticas y florales, que nos permiten controlar las plagas para que no ataquen los cultivos”, precisa.

Lucas explicó que “con los frutales queremos poner en marcha un secadero de frutas, por otra parte, también cultivamos gírgolas, mientras Alejandro elabora tierra orgánica que tiene este mantillo de hojas del mismo monte que la ha ido nutriendo y a la que se le agrega estiércol de caballos produciendo así un biofertilizante”.
La bioconstrucción, de la que Alejandro Torres es el experto, es uno de los aspectos centrales del proyecto, porque en caso de que más personas quieran vivir en Rukalaf, este método es el elegido para que construyan sus casas, algo que podrían hacer quienes se sumen con la colaboración de los que ya están.
Alejandro no solo construyó su casa con este sistema y la sigue ampliando porque afirma que todavía no está terminada, sino que también construyó la casa de Lucas y Vilma junto a ellos.
Vilma resume: “Es todo bioconstrucción. Se trata de aprovechar los recursos de la misma zona. Acá hay mucho pastizal, mucho coirón, paja y bueno, como estamos en una bajada natural de agua, también llega arena de la montaña y todos esos materiales dados por la naturaleza nos permiten construir una vivienda sin tener que recorrer un montón de kilómetros para conseguirlos, aplicando un principio de permacultura, un sistema en donde la agricultura y el lugar se desarrollan en función del ecosistema”.
Para Alejandro Torres, construir la casa propia con las propias manos es una experiencia incomparable e inolvidable, como así también vivir en comunidad y trabajar en un proyecto en común junto a otros porque “no es que aquí venís a trabajar por una paga, acá venís a trabajar por algo tuyo, por un proyecto del que sos parte y entonces es otra la energía que se pone porque es la energía que viene del corazón”.
Para Lucas y Vilma, esta nueva etapa de Rukalaf está llena de expectativas: “Estamos dando el primer paso, sembrando la primera semilla, por así decirlo, para que los próximos que vengan sepan que hay una forma de vida distinta y que se puede concretar”.




