Casi como las dos caras de una misma moneda, a la par que una mayor conciencia ambiental comenzó a ganar terreno dentro del debate público, también varias empresas aprovecharon la oportunidad para mostrarse “más verdes” o preocupadas por su impacto ambiental.
Pero sin evidencia que demuestre que esas afirmaciones eran ciertas, esa suerte de lavado de imagen comenzó a ser bautizada por muchos con el mote de “greenwashing”. ¿A qué apunta? Nada menos que a prácticas engañosas de marketing y publicidad a través de las cuales estas firmas postulan algo que, en verdad, no hacen.
Contra este movimiento es que, en 2024, la Unión Europea aprobó la Directiva de Empoderamiento de los Consumidores para la Transición Ecológica —Directiva (UE) 2024/825—, que endurece sus controles y exige que las alegaciones ambientales puedan justificarse con evidencias verificables. En criollo: “que lo demuestre”.
Y aunque los países tenían tiempo de incorporarla a sus legislaciones nacionales hasta el 27 de marzo de este año, no será sino hasta el próximo 27 de septiembre que las mismas comenzarán definitivamente a aplicarse.
Por caso, expresiones como “ecológico”, “verde”, “respetuoso con el medio ambiente” o similares no podrán utilizarse a menos que las empresas cuenten con evidencia o criterios que lo justifiquen.
Tampoco podrán emplearse sellos que no estén respaldados por sistemas de certificación reconocidos.

Eso aplicará también para los anuncios de objetivos relacionados con la reducción de emisiones, la economía circular o la sostenibilidad, que deberán respaldarse con medidas concretas y verificables.
En cuanto a la presentación de determinados artículos o servicios como “neutros en carbono”, gracias a la adquisición de créditos de carbono u otros mecanismos de compensación de emisiones, la nueva normativa lo impedirá en tanto esa afirmación se sustente únicamente en mecanismos de compensación de emisiones.
Está claro que el espíritu de la norma es el de proteger a los consumidores de falsas promesas y que nada ocurrirá, a priori, con aquellos que envíen productos sin realizar este tipo de alegaciones ambientales. Los que la tendrán difícil serán los propios europeos que importen y comercialicen productos bajo estos atributos, que ahora necesitarán una cadena documental ininterrumpida y un esquema de verificación auditado de parte de sus proveedores.
En Argentina, la Mesa Argentina de Carne Sustentable (MACS) se adelantó a esa demanda de la mano de un sello que busca certificar esa cualidad. Su lanzamiento había sido adelantado por Bichos de Campo en junio de este año y su diferencial estaba en la incorporación de una mirada integral sobre la producción de alimentos.
“Este proceso lo iniciamos desde antes de que salga esta norma. La lógica era que la palabra ‘sustentable’ termina siendo un término medio ambiguo. Si uno habla de resistencia a los antimicrobianos, huella de carbono o huella hídrica, tiene una base más concreta sobre la que pararse. Hay certificadoras. Lo sustentable, por el contrario, puede reunirlo todo y, al mismo tiempo, no decir técnicamente nada”, dijo a Bichos de Campo Fernando Valdivia, director ejecutivo de la MACS.
El Sello de Certificación de Carne Sustentable Argentina, ya disponible para cualquier productor o frigorífico que desee solicitarlo, se sustenta en cinco principios: bienestar animal y sanidad; bienestar de las personas; cuidado de los recursos ambientales; eficiencia e innovación; inocuidad alimentaria.
“Son los principios que definen a la sustentabilidad en términos, si se quiere, más globales que lo que normalmente se usa cuando se habla de sustentabilidad. Dentro de cada uno de ellos hemos identificado indicadores a medir, que tienen como piso la normativa vigente para cada uno de esos temas”, indicó Valdivia.
La certificación también se apoya en el concepto internacional de “Una Sola Salud” (One Health), promovido por organismos como la OMS, la FAO y la OMSA, que vincula de manera directa la salud humana, la salud animal y el ambiente.
Y tal como se había adelantado, su implementación se hará contemplando cinco protocolos modulares. El primero abarca la producción primaria; el segundo, el transporte de hacienda; el tercero, la industria frigorífica; el cuarto, la logística y distribución de productos terminados; y el quinto, la comercialización en carnicerías, supermercados y establecimientos gastronómicos.
De acuerdo con la MACS, los primeros cuatro protocolos serán validados oficialmente por el Senasa en el marco del convenio de cooperación técnica vigente entre ambas instituciones.
“Como ocurre con cualquier certificación, la MACS tiene un registro de certificadoras habilitadas. El protocolo desarrollado por nosotros es público, cualquiera puede solicitar implementarlo. Se le entrega ese protocolo, se hacen las adecuaciones correspondientes para cumplir con él y se lo certifica con alguna de las empresas registradas, que son públicas y están registradas en Senasa”, explicó el ejecutivo.
“La ventaja de esto es que, al ser un sello que tiene impacto directo en la demanda, será una inversión. Esto está pensado desde un importador que quiere pagar más por una carne sustentable, lo que va a traccionar en la cadena hacia atrás. Eso, esperamos, generará un circuito virtuoso. El frigorífico, al tener que hacerse de carne sustentable con una certificación en el campo, va a tener que pagarle más al que le venda esa carne”, concluyó Valdivia.




