En los campos ganaderos de Azul hay una respuesta que puede desconcertar a quien no conozca demasiado la zona. Al preguntar de dónde salió determinado toro, más de un productor puede responder tranquilamente que lo compró en “el monasterio”.
No se trata de una broma. En plena zona serrana de ese partido bonaerense, sobre la ruta 80, funciona desde hace décadas un monasterio trapense que, además de ser un espacio de oración y vida comunitaria, desarrolló una de las más reconocidas cabañas de Hereford. En efecto, como parte de las actividades para sostener esa congregación, allí producen toros de gran genética.

Es cura, aunque todos lo dicen “hermano”. Rubén Lacón, mendocino, monje durante buena parte de su vida y sacerdote desde hace algunos años, que se mueve con similar naturalidad entre la espiritualidad, los datos productivos y la selección de reproductores.
“Todos me dicen hermano, porque la mayor parte de mi vida de monje ha sido de hermano. Y después me sorprendió el sacerdocio. Ahora tengo que predicar, no solamente hablar de toros”, contó risueño Lacón a Bichos de Campo.
Mirá la entrevista:
La relación del Hermano Rubén con el campo tampoco apareció de casualidad. Su padre era matarife y durante un período tuvo campo, por lo que Rubén aprendió desde joven a andar a caballo. Antes había estudiado música, otra actividad que abandonó durante sus años de facultad y terminó reencontrando dentro del monasterio, donde también se ocupa del canto.
Él interpreta esas coincidencias como partes de un mismo recorrido.
“Son cosas que Dios va trazando y uno va creciendo. En el caso de la hacienda, papá era matarife, toda la vida se dedicó a carnear novillos, y en un momento de su vida tuvo un campo. Yo aprendí a andar a caballo y terminé acá andando a caballo y haciendo de campesino”, relató.

El imponente monasterio de Azul fue fundado en 1958 y, según explicó Lacón, fue el primer monasterio trapense de Sudamérica. La comunidad surgió a partir de monjes norteamericanos, en un momento en que algunas congregaciones religiosas de Estados Unidos habían crecido notablemente después de la Segunda Guerra Mundial y buscaban expandirse hacia otras geografías.
“Cuando se fundó el nuestro, eran 180 monjes. Era muchísimo. Entonces, cuando los monasterios se agrandan en gente, salen a fundar, a buscar, a crear otros mundos”, explicó Rubén. A la Argentina llegaron alrededor de veinte monjes. Algunos luego regresaron a Estados Unidos, otros murieron y otros terminaron echando raíces en estas sierras bonaerenses de singular belleza.
La producción ganadera apareció prácticamente desde el comienzo. Los benefactores que habían aportado el campo pretendían que allí se criara hacienda y, en una región donde el Hereford tenía una fuerte presencia, el rodeo comenzó precisamente con esa raza.

“Nosotros siempre fuimos criadores de Hereford”, señaló Lacón. Parte de la hacienda inicial llegó mediante una donación de vacas y desde allí comenzó a formarse la genética que luego desarrollaría la comunidad.
La propia geografía también condicionó la actividad. Aproximadamente la mitad del establecimiento es terrenos escarpado. “La mitad del campo es cerro, entonces te obliga a tener vaca. Y el resto del campo es muy ondulado, con lo cual hay que tener una agricultura muy conservacionista, porque si no todo se deteriora”, explicó.
Con los años, el planteo dejó de ser solamente el de un establecimiento de cría. Primero comenzaron a inseminar para producir sus propios toros y luego fueron incorporando asesoramiento especializado para mejorar la selección. Al tiempo, tenían una de las cabañas más reputadas.

“Vino la colaboración de gente muy experta que nos ayudó a elegir un buen Hereford. Nosotros aprendimos de ellos, aprendimos el ojo, y aplicamos la parte técnica nuestra de manejar la información”, explicó Rubén.
Ese último punto -la obsesión por los datos- es uno de los orgullos de la cabaña. Según Lacón, conservan información productiva de sus animales de manera sistemática desde 1989. “Tenemos una base de datos, toda información muy consolidada, para generar criterios de selección técnicos más allá de los visuales también”, afirmó.
Así, mientras puertas adentro los monjes continuaban con una espiritualidad basada en la oración, el trabajo y la vida comunitaria, puertas afuera sus toros comenzaban a ganar reconocimiento entre los ganaderos de la región.

“De a poquito y con el tiempo fuimos dando remates, fuimos conocidos también para vender animales en el campo. Teníamos una historia de 15 o 18 años de vender 120 o 130 toros por año”, recordó. En la actualidad esa cantidad se redujo. El monasterio atraviesa, explicó Lacón, un proceso de ajuste orientado a producir menos animales pero de mayor calidad. También influye una realidad comercial concreta, pues hay menos criadores de Hereford.
“Estamos en un momento de reajuste interno, de tener más animales de excelencia. Lamentablemente hay menos criadores Hereford, entonces uno tiene que vender de lo mejor”, indicó. Ese escenario los llevó además a explorar otro camino. La histórica cabaña Hereford comenzó a trabajar también con Angus.
“Hemos empezado a hacer algo de Angus. Estamos haciendo un camino inicial con una buena genética, porque como ya sabíamos mucho de cabaña, sabíamos cómo empezar algo medio desde arriba con la genética”, explicó.

Pero en Lacón las conversaciones ganaderas rara vez quedan exclusivamente en la ganadería. Él mismo reconoce que “vibra” hablando de vacas y toros, aunque desde que fue ordenado sacerdote se sumaron situaciones bastante particulares. “Ahora me toca gente para confesar. Gente en la manga me ha pasado”, contó entre risas.
Puede ocurrir durante alguna jornada organizada alrededor del Hereford, que empieza hablando de reproductores y el intercambio termina derivando hacia cuestiones personales o espirituales. “Al final termino hablando menos de los toros, porque las cosas espirituales, humanas, salen. Somos todos hijos de Dios que necesitamos otras cosas para vivir. En el fondo para eso estoy acá”, dijo.
Para Lacón no existe demasiada contradicción entre ambos mundos. Por el contrario, el trabajo forma parte de la tradición espiritual que eligió. “La espiritualidad cisterciense en el fondo es benedictina: ora et labora. Tengo que trabajar, estudiar y rezar para tener un equilibrio humano”, explicó.
Y agregó otro componente que considera central: la vida comunitaria. En un tiempo que define como marcado por el individualismo, convivir diariamente con otros obliga también a aprender paciencia.
Hasta deja una enseñanza, que practica: “A veces la persona que es insoportable tiene genialidades que son necesarias, pero es insoportable. Entonces uno tiene que aprender a quererlo porque él es así, y uno también tiene su propia renguera o cosas que purificar”.
Desde ese monasterio serrano, donde la jornada puede alternar entre oración, trabajo rural, análisis de información genética y atención espiritual, Lacón asegura haber encontrado una forma de reunir partes de su historia que parecían separadas. Y las puertas de ese bello escenario, aclara, no están abiertas solamente para quien quiera comprar un toro.

“Nosotros somos un bicho más acá, que quiere ser bueno y ayudar a quienes lo necesitan. Para eso estamos con las puertas abiertas, porque también se puede venir a hacer retiros, a pedir auxilio o a compartir sus alegrías”, se despidió este ganadero tan singular.




