Alrededor de la esquila se mueve todo un oficio, con cuadrillas que durante meses recorren establecimientos, trabajadores especializados, máquinas, colectivos, largas jornadas y una vida bastante sacrificada lejos de casa.
José García conoce bien ese mundo. Es contratista de la actividad y trabaja principalmente en la zona de Bariloche y Comallo, aunque durante años también tuvo que salir a buscar ovejas mucho más al sur. Actualmente, su comparsa pasa por unas 60.000 ovejas en cada temporada, en una tarea que, como la de otros contratistas, no se detiene. En diálogo con Bichos de Campo, desde Bariloche, García contó de qué se trata el oficio que le apasiona.

“Esta es una máquina familiar”, explica José, que, en la jerga de la actividad, el término no se refiere al aparato utilizado para cortar la lana sino a la cuadrilla completa que se mueve de establecimiento en establecimiento prestando el servicio.
García lleva unos 17 años abocándose a esta actividad. Primero debió trabajar para otras máquinas de esquila hasta que, finalmente decidió largarse por cuenta propia junto a su padre y su hermano. “Uno esquila y el otro está en el campo”, resume sobre aquella organización familiar que fue creciendo hasta convertirse en la comparsa que conduce actualmente.
El número de animales que pasa por sus manos permite tomar dimensión de aquella evolución. Hoy habla de unas 60.000 ovejas por temporada, pero hubo tiempos en los que llegaron todavía más lejos. “Antes del volcán alcanzamos hasta 80.000”, recordó.

Se refiere a la erupción volcánica del 2011, que castigó duramente a buena parte de la ganadería de la región y, desde ya, significó también un golpe directo para quienes vivían de prestar servicios a esos productores. García recuerda que muchos establecimientos redujeron drásticamente sus majadas y que otros directamente quedaron fuera de actividad.
“El volcán los mató a todos los productores. Se fundieron muchos y la máquina se fue para abajo también, porque no había trabajo”, relató.
La respuesta de la familia fue lógica: seguir a las ovejas. La comparsa comenzó a viajar hacia el sur y a sumar otros trabajos vinculados con el manejo de las majadas, mientras esperaba que la producción de su zona volviera a levantarse. Con los años, recuerda García, los productores comenzaron a recomponer sus rodeos y la máquina pudo regresar. Los contactos construidos durante años y las recomendaciones entre productores hicieron el resto.
“Por conocernos y por ser un nombre bien recomendado, empezamos de vuelta a agarrar ovejas acá en la zona”, relata.
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Aquel incidente quedó en el pasado y, actualmente, José dirige una estructura que tiene un impacto bastante mayor al que podría haberse imaginado en sus comienza. “Le damos trabajo a 18 familias”, destaca, orgulloso.
No es, en absoluto, un trabajo sencillo. La temporada comienza en pleno invierno patagónico y obliga a permanecer durante meses en movimiento. Cada campo presenta condiciones diferentes y el clima puede detener una jornada de un momento a otro.
“Es un trabajo sufrido”, define el contratista, que suele salir durante los primeros días de agosto y recorrer planteos sin parar hasta que termine la temporada. En el medio, padecen la lluvia, la nieve, el frío y hasta los problemas de infraestructura, porque muchas veces el estado de los caminos no permite mover los animales.

A medida que la actividad se consolidó, también fueron mejorando las comodidades y servicios para quienes integran las comparsas y viajan por toda la Patagonia, pero así y todo el trabajo que no escapan a las dificultades que tienen para atraer nuevas generaciones. “El joven no se anima a venir”, lamenta García.
También cambió la forma de esquilar, explica el contratista, para quien ya no alcanza con terminar rápidamente una majada: el trabajador debe comprender que de la calidad de su tarea dependen tanto el bienestar del animal como el producto que finalmente obtiene el ganadero.
“Nosotros vivimos del que nos da el trabajo y de la oveja. Si nosotros cortamos la oveja o hacemos mal un trabajo, estamos volviendo para atrás”, afirma. Por eso, la actividad obliga a capacitarse y buscar permanentemente métodos que permitan trabajar mejor, más rápido y con menor riesgo para el animal.
En ese camino, hace especial mención al programa Prolana, que interviene en la capacitación de esquiladores y acondicionadores de lana y brinda herramientas que permiten intentar atraer jóvenes, enseñar el oficio y certificar los conocimientos necesarios para trabajar dentro de determinados estándares.
Así transcurre la temporada de José García y las otras 18 familias que, según cuenta, dependen de su máquina: yendo de campo en campo, detrás de las majadas, con frío, nieve o caminos malos, mientras haya ovejas esperando ser esquiladas.
“Donde hay productores, chicos o lo que sea, no tenemos problema en bajar la máquina y esquilar toda oveja que haya que esquilar”, resume, feliz del trabajo que eligió, y orgulloso de la empresa familiar que montó.




