Por los volúmenes de producción y de generación de divisas que arrojan los principales complejos granarios y cárnicos, generalmente a las economías regionales se las reduce a un rol secundario. Lo que no quita que estos sean, al igual que los primeros, sectores muy dinámicos, donde se produce y agrega mucho valor.
Son “el otro agro”, define el último informe publicado por el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), dentro de la Fundación Mediterránea. Y en tanto tal, sus demandas, preocupaciones, y su complejidad suelen quedar ocultas en el mapa actual, donde los récords productivos y de exportaciones ocupan la agenda.
En este nuevo escenario, con un tipo de cambio bajo, precios internacionales a menudo desfavorables y signos de recuperación asimétrica, el instituto destaca que las economías regionales “enfrentan un escenario menos favorable que el de años atrás” y llama a prestar atención sobre los números que hay que mirar en el segmento.

Frutas, hortalizas, vinos, legumbres, yerba, arroz, té, ajo, aceites y muchos otros productos agroindustriales forman parte de la gran familia de las economías regionales. Pero eso no borra sus particularidades, pues cada sector opera a distinta escala y con diferentes niveles de calidad, variedades, mercados de destino y grados de diferenciación.
Su delicada situación en términos de rentabilidad no es novedad para estas líneas, como tampoco para IERAL, que señala los efectos provocados por un dólar mucho más bajo que hace 2 décadas y por la caída de los precios puertas afuera. Los dos factores que, justamente, determinan si una economía regional es o no viable.
Pero además advierte por los signos aparentemente contradictorios que arroja el sector: en su último informe, se detiene en explicar por qué las “mayores cantidades exportadas no necesariamente implican que el negocio sea hoy más rentable” y pone entre signos de pregunta el impacto de las mejoras pasajeras en la producción o los precios del mercado mundial.
Durante buena parte de la primera década de los 2000, asegura el instituto, “estas actividades enfrentaron un contexto relativamente favorable”. La razón es que el dólar era “caro” en términos reales -para 2007 costaba lo que hoy serían 2500 pesos-, y, al mismo tiempo, los precios de exportación tendían a crecer.
Es el escenario opuesto a lo que ocurre hoy en día, en el que el tipo de cambio real es relativamente bajo y los precios de exportación no llegan ni cerca a los máximos alcanzados a comienzos de la década pasada. En ello, mucho tiene que ver la falta de dinamismo de la demanda internacional, y a la vez el aumento de la oferta, de la mano de nuevos competidores globales.
“En el primer semestre de 2026, los precios promedio de exportación del conjunto considerado se ubican, en términos reales, aproximadamente un tercio por debajo de los registrados en 2013”, señalan desde IERAL.

Lo curioso es que, ante este escenario desfavorable, las exportaciones del sector tendieron a crecer. “En el primer semestre de 2026, el índice agregado se ubica en un nivel muy próximo al de 2013”, señala el instituto, que igualmente advierte que hubo disparidades y signos de recuperación heterogéneos dentro del “otro agro”.
En la mayoría de los sectores, las exportaciones tendieron a crecer en volumen -no siempre acompañadas por mejores precios-, y en ciertos casos puntuales se retrajeron. Es lo que ocurrió con el té, las manzanas y el vino -en un escenario de precios más bajos- y con la papa y el jugo de manzana -aún acompañados por una mejora en los valores-.
En algunos de los sectores más afectados, por su parte, la caída de precios y exportaciones viene acompañada también por una reducción de la superficie cultivada, como se ha observado muy recientemente en la cadena vitivinícola. Es una señal, señalan desde el instituto, muy preocupante, ya que implica una contracción de la capacidad productiva.

En todo caso, que hayan crecido las exportaciones o los índices de producción en algunas de las actividades, advierte el estudio, no significa en absoluto que haya habido una mejora en el sector. Y en los pocos casos en los que sí, tampoco ha sido homogénea.
“Una actividad puede mantener e incluso aumentar su producción durante algún tiempo aún con menores márgenes, utilizando plantaciones y capacidad instalada ya existentes. Por eso, mayores cantidades exportadas no necesariamente implican que el negocio sea hoy más rentable, y una mejora de precios asociada a un problema pasajero en otro origen tampoco garantiza que se sostenga”, expresa.
Entonces, ¿por dónde debería llegar la recuperación? No será por el lado del tipo de cambio ya que, señalan desde IERAL, “el escenario macroeconómico apunta a un dólar real que continuaría relativamente bajo y las economías regionales difícilmente puedan descansar en una fuerte mejora cambiaria”.
Deberá ser entonces por los precios, el segundo de los dos factores que hacen a la rentabilidad del sector.
Sin embargo, el instituto señala que “la recuperación de precios que comenzaron a mostrar algunos productos no resulta contradictoria, aunque sí frágil”, ya que en muchos casos está determinada por problemas puntuales de producción en otros países más que por un aumento de la demanda internacional. No sería, a priori, una mejora con demasiada proyección.
En ese sentido, en medio de las “señales mixtas” que arroja el sector -con condiciones menos favorables que hace 2 década, pero mejoras en los niveles de exportación- señalan que por delante el camino no es muy llano. “El desempeño futuro dependerá cada vez más de la productividad, los costos, la diferenciación de los productos y la capacidad de ganar mercados en un contexto internacional que, por ahora, tampoco luce sencillo”, concluyen desde IERAL.




