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Andrés Rosberg empezó con 20 mil dólares y hoy tiene un emprendimiento enoturístico e inmobiliario en una zona vitivinícola premium a nivel mundial

Alejandro Gamero por Alejandro Gamero
25 julio, 2026

Dicen que la suerte recompensa a los audaces. Y se podría aplicar perfectamente a Andrés Rosberg, un sommelier porteño que, con apenas 20 mil dólares en el bolsillo y mucha determinación, arrancó hace dos décadas en Mendoza con un emprendimiento de viñedos en una zona vitivinícola top a nivel mundial y logró transformarlo con el tiempo en un proyecto enoturístico, inmobiliario y con gastronomía gourmet.

Todo comenzó en la bulliciosa Buenos Aires. Formado en la primera camada de la Escuela Argentina de Sommeliers, la vida de Andrés Rosberg transcurrió en el corazón del fine dining porteño, trabajando en lugares icónicos como el Gran Bar Danzón -el sitio que puso de moda el vino por copa entre los jóvenes de la ciudad- y en Villa Hípica, donde llegó a gestionar una carta de 860 referencias de vinos, ganadora de premios en la revista Wine Spectator. 

Hacía poco había dejado la carrera de Ciencias Políticas por el vino y empujado por una búsqueda personal y una sugerencia externa, el destino lo terminó llevando al Valle de Uco, en Mendoza.

“Yo no tenía capital, nunca lo tuve”, confiesa Andrés a Bichos de Campo. “Mi padre, quien era economista y asesor de bancos, especialista en fondos de inversión, había vuelto al país en el año 99 y se comió toda la crisis. Perdió todo y para reinventarse, estudió forestación y empezó con proyectos en Corrientes. Yo fui a darle una mano en una degustación de vinos para inversores extranjeros y ahí pasó algo inesperado: unos estadounidenses nos preguntaron por qué, teniendo nuestro know-how en vinos, no aplicábamos el modelo de forestación, pero con viñedos”.

El planteo tenía lógica: mientras que un bosque tarda 15 años en dar rentabilidad, un viñedo ofrecía un flujo mucho más dinámico. No lo pensaron más. Andrés y su padre aportaron la mitad cada uno y se pusieron en campaña para encontrar una finca para viñedos. “No es el formato típico donde el hijo hereda la empresa del padre. Nosotros nos asociamos 50 y 50: él se encargó de toda la ingeniería legal y financiera para conseguir inversores, y yo de la parte operativa y comercial. Fue su expertis el que permitió armar el fideicomiso para conseguir los inversores, una figura legal que en ese entonces era muy nueva y poco explorada en este tipo de desarrollos”, detalla Andrés. 

Su padre adaptó un modelo que ya había utilizado con éxito en proyectos de forestación previos, creando una estructura que permitió financiar no solo el viñedo, sino proyectar a futuro la posada y el desarrollo inmobiliario. “Sin esa base financiera que él diseñó con tanta precisión, hubiera sido imposible atraer a los inversores que creyeron en nosotros cuando no teníamos nada”, asegura.

Fue una jugada de riesgo extremo. “Con 20 mil dólares, que era literalmente todo lo que teníamos en ese momento, señamos una finca en mayo de 2006. Teníamos seis meses de plazo para conseguir el resto del dinero. Si no convencíamos a los inversores en ese lapso, perdíamos la seña”, recuerda.

La propiedad estaba ubicada en la zona de Los Chacayes, Tunuyán, a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, justo al norte del emblemático Clos de los Siete, que había abierto junto a otros socios, el experto internacional en vinos Michel Rolland. 

Como si no fuera suficiente, el nombre de la finca parecía ser un un guiño del destino para el emprendimiento: el campo se llamaba “Los Arbolitos”. 

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Sin embargo, la finca, que era un excelente punto, estaba literalmente pelada. La realidad era que no había ni un solo viñedo, ni tampoco tenía electricidad, ni derecho a riego, ni pozos de extracción de agua. Era un monte virgen en el piedemonte con la complejidad de una pendiente pronunciada y cauces aluvionales que hacían del riego un desafío de ingeniería mayor.

“Tuvimos que hacer todo desde cero, y lo hicimos. Con un formato de fideicomiso sólido logramos convencer a más de 90 inversores, tarea de la que se ocupó mi padre llamando a sus clientes, quienes obtuvieron una rentabilidad inmediata porque nosotros señamos el valor de la hectárea a 4.000 dólares y cuando la cancelamos a fin de año, mantuvimos esa cotización, pero en el mercado había aumentado a 8.000 dólares. Así, compramos 409 hectáreas en diciembre de 2006 y desde allí hasta 2011, plantamos 275 hectáreas y perforamos tres pozos. Fue una locura”, recuerda Rosberg.

En ese periodo el país estaba creciendo y la vitivinicultura cuyana y argentina volaba al ritmo del Malbec, que era la gran novedad en todo el planeta. Andrés admite que “eso nos ayudó a conseguir mucho dinero con el fideicomiso y plantar los viñedos en pocos años”. 

Mientras tanto, Rosberg comenzó a contactarse con agencias de turismo de Estados Unidos y Canadá, a quienes invitaba y les armaba una cata de vinos, para convencerlos de hacer tours a Los Arbolitos. El anzuelo picó rápido y dos operadores canadienses con sus turistas comenzaron a visitar la finca. Fueron ellos los que, en 2007, les dijeron a los Rosberg que el lugar era idílico para hacer un desarrollo inmobiliario y que estaban dispuestos a invertir para concretarlo. 

Así, comenzaron con el proyecto, construyendo el club house de lo que sería el futuro espacio de viviendas de vacaciones o de fin de semana, las que estarían a la venta en la mismísima finca. Pero, un año después, los canadienses se bajaron del proyecto porque fueron golpeados por la crisis de Madoff. 

“Igualmente avanzamos bastante en la construcción del club house -dice Andrés-, lo teníamos casi terminado, hasta que en 2010 pusieron el cepo, estatizaron las AFJP y desapareció la inversión de la Argentina, todo quedó ahí”.

“Pero en 2012 -continúa- para que no se viniera abajo, cambiamos el enfoque, le hicimos algunas reformas y lo abrimos como una posada, que se llamó ‘La Morada’”, mientras que el proyecto inmobiliario quedó stand by hasta 2017, cuando pudimos construir una casa muy bonita de dos dormitorios, pero hasta ahí llegamos, porque se volvió a complicar la economía en 2018”. 

No obstante, con 275 hectáreas plantadas en 2011, fueron año a año incrementando la producción de uvas que comenzaron a vender a granel a las bodegas más importantes de Mendoza, como Catena, Zuccardi, Trapiche, Cobos y otra veintena de primera línea, y de ese modo fueron manteniéndose.

Mientras tanto, en esos años en los que el proyecto aún no devolvía la inversión sembrada, Andrés atendía la finca viajando periódicamente de Buenos Aires a Mendoza, y a la vez, consolidaba su carrera internacional, presidiendo la Asociación Argentina, Panamericana e Internacional de Sommeliers y organizando concursos mundiales. 

Con el emprendimiento y los imponderables de la argentinidad, lo de los Rosberg fue remar, aguantar e interesar a nuevos inversores y socios para concretar los proyectos que habían quedado pendientes: potenciar la posada y avanzar en el inmobiliario que sugirieron los canadienses. 

Andrés recuerda que, aunque la posada comenzó a funcionar bien, era pequeña: “La original tenía apenas cuatro habitaciones y nos quedamos afuera de todo, hasta que en la post-pandemia explotó la demanda hotelera en Mendoza y nosotros ya la habíamos ampliado a 10 habitaciones, estábamos más asentados”. 

“Fue entonces – se explayó- cuando se sumó Edward Holloway, un chef, un cocinero irlandés con experiencia en hotelería (dirige un hotel en Buenos Aires), para relanzar por cuarta vez el proyecto, al que se sumó un amigo de mi padre, y así la sociedad se consolidó”.

“Con este paso lanzamos La Morada Life, que es el proyecto inmobiliario, y La Morada Lodge, que es el proyecto hotelero, los que han crecido exponencialmente. Pasamos de aquellas primeras cuatro habitaciones a 34 (no en la posada), sino distribuidas en 22 viviendas”, 

Rosberg puntualiza: “Son dos casas de tres dormitorios, ocho casas de dos dormitorios y 12 casas de un dormitorio, las que fuimos construyendo y vendiendo llave en mano, tienen todas las comodidades, las de un dormitorio incluso tienen hot tubs de madera, que son estos baños estilo nórdico, para mirar las estrellas desde la montaña”. 

Además, hay canchas de tenis, de paddle, bicicletas para hacer paseos, entre otros entretenimientos. Una buena parte de las viviendas tienen propietarios, muchos extranjeros, que se vienen hasta Tunuyán, donde la imponente cordillera de Los Andes se aprecia a simple vista, a disfrutar de unas vacaciones o unos días, y cuando no las ocupan las alquilan, como ocurre con las viviendas que aún no han sido vendidas y están en manos de los Rosberg.  

En cuanto a la antigua posada, Andrés destaca con henchido orgullo que “la transformamos en restaurante, y hoy es un polo gastronómico gourmet que acompaña a una cava subterránea de 100 metros cuadrados, una de las más completas de Mendoza, con 6.000 botellas y más de 700 etiquetas”. 

De aquel punto de partida hasta hoy, para Andrés Rosberg la distancia recorrida podría reflejarse en años luz. Sin embargo, en su opinión, la clave finalmente ha sido “integrar el real estate con la hotelería, convirtiendo al inversor en parte activa del negocio porque hoy la estrategia es clara: vendemos las casas a quienes buscan un ‘pie a tierra’ en Mendoza, pero nosotros las administramos y mantenemos para que generen una renta cuando no están ocupadas”. 

Este modelo de negocio les ha permitido profesionalizar la oferta hotelera, logrando que una estadía que antes duraba apenas una noche, hoy promedie las tres noches. En términos de rentabilidad, el sistema funciona afirma Rosberg. En años normales, han pagado a sus fideicomisos retornos de inversión superiores al 10% en dólares, manteniendo un 7% incluso en los años más complejos del mercado local.

Sin embargo, el desafío no ha sido solo el emprendimiento en sí mismo sino también, donde está ubicado, porque para Rosberg el éxito del negocio no se mide solo en la ocupación hotelera o en el volumen de hectáreas sino en la comunidad y ahí es donde junto con emprendimientos vecinos se pusieron el objetivo de darle una identidad a la zona con nombre y fama propia. 

Así, Andrés fue uno de los fundadores de la asociación que nuclea a más de 27 empresas de Los Chacayes. El requisito es simple: tener viñedos ahí. El objetivo es complejo y ambicioso: promover la zona como procedencia de alta calidad mundial.

“Pasamos de ser un lugar donde no llegaba nadie a estar en el mapa global. Creamos la Asociación de Productores de Los Chacayes para que todas las empresas, desde bodegas grandes hasta pequeños productores, hablemos el mismo idioma de calidad. El objetivo es generar un impacto real en la comunidad de Tunuyán y posicionar nuestra marca regional al más alto nivel”.

El camino recorrido por Andrés demuestra, desde aquel sommelier que buscaba inversores y arrancó con 20 mil dólares, hasta el gestor de hoy, a cargo de un ecosistema que combina uvas, turismo de lujo, gastronomía y real estate, que el gran salto es posible, pero que demanda además de inversión, muchos años de paciencia e imaginación, convicción, conocimiento, profesionalismo, liderazgo, asesoramiento y socios que ayuden cuando no se puede seguir solo.  

Etiquetas: Andres Rosbergemprendedoresenoturismola moradaMendozasomelliertunuyán
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