Las guerras y los conflictos geopolíticos parecen haber dejado en un segundo plano a la agenda climática. Sin embargo, en la Expo Rural de Palermo esta semana se recordó que ese factor, lejos de haber sido anulado, sigue muy vigente como barrera comercial potencial en el mercado global de carne vacuna.
Andrés Costamagna, director de la Sociedad Rural Argentina (SRA), presentó un panel dedicado al tema no solo para advertir que se trata de una agenda en curso en el hemisferio norte, sino para recordar que no hacer nada al respecto implica tomar una posición.
“Tenemos la oportunidad de establecer nuestros propios criterios en esta agenda para poder potenciar nuestras fortalezas”, advirtió Costamagna. Y dejó en claro que asumir una actitud pasiva implica dejar que los importadores o incluso los competidores tomen partido en cuestiones propias sin que podamos hacer nada al respecto.
“Los países de la región avanzan a velocidades distintas. Brasil ya implementa a escala masiva tecnologías para reducir la fermentación entérica en rumiantes y está investigando alternativas para reducir su huella ambiental. Uruguay avanza firmemente en la medición de metano en sistemas pastoriles”, destacó Pablo Cañada, analista del área de Ambiente de CREA y coordinador de proyecto “Ganadería Posible”, durante una charla ofrecida en el panel.
“Por su parte, la Argentina cuenta con un sólido respaldo científico y publicaciones que demuestran la eficiencia de sus sistemas agrícolas y ganaderos. Sin embargo, el sector local enfrenta una progresiva reducción del stock de vientres, lo que compromete su sostenibilidad”, añadió.
Cañada remarcó que, a diferencia de Brasil y Uruguay, la Argentina no cuenta con una estrategia ambiental definida para diferenciarse de sus competidores. En este marco surge “Ganadería Posible”, un programa financiado por la Coalición del Clima y Aire Limpio de las Naciones Unidas, cuyo cliente directo es el Estado nacional –a través de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca y la Subsecretaría de Ambiente– y que cuenta con la implementación por parte de CREA y Cleaner Task Force.
“A diferencia de otros proyectos puramente conservacionistas, la iniciativa busca demostrar que Argentina puede producir más carne de manera rentable y sostenible, abasteciendo los mercados internacionales y cumpliendo con las expectativas de la agenda climática global, pero bajo una mirada y estrategia regional propia”, indicó Cañada.
La clave del proyecto radica en enfocar la discusión en la intensidad de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), una métrica que relaciona el total de gases emitidos con los kilos de carne producidos.
Por ejemplo: elevar el peso medio de faena implica que los animales permanecen más tiempo en el campo, lo que incrementa las emisiones absolutas en el numerador de la ecuación; sin embargo, el volumen final de carne diluye este efecto, logrando una menor intensidad de emisiones por producto terminado.
Para alcanzar estos objetivos, no solo es indispensable traccionar la productividad a través de las buenas prácticas ganaderas –muchas de las cuales ya se aplican en el país–, sino establecer sistemas de medición y monitoreo que sean trazables, de manera tal que los datos puedan transformarse en información válida para generar un activo diferencial en materia comercial.
“La meta no se limita al metano; la hoja de ruta también se propone diseñar las bases para un instrumento de gestión del carbono en suelos ganaderos. La ciencia y la capacidad técnica están disponibles en el país, e incluso muchos productores ya realizan análisis de carbono de forma privada”, explicó.
“El verdadero desafío no es medir, sino gestionar y centralizar esa información para que fluya hacia los instrumentos de gobernanza nacional y sea utilizada como un activo estratégico en los mercados internacionales”, añadió.
A diferencia de las políticas tradicionales diseñadas de forma vertical, “Ganadería Posible” busca co-desarrollar la hoja de ruta junto a los productores, invirtiendo el proceso para que la construcción sea de abajo hacia arriba.
La urgencia de consolidar este instrumento también es presupuestaria y competitiva. Mientras que Uruguay ya se encuentra en fases avanzadas con financiamiento internacional sustantivo y Brasil ha captado millones de dólares en subsidios para validar sus metas climáticas, Argentina aún se encuentra en la primera etapa del proceso. “Contar con una hoja de ruta validada y sólida es el único vehículo para presentarse ante los organismos mundiales y traccionar el financiamiento que el sector necesita”, remarcó el especialista.
Cañada dijo que el éxito de la iniciativa no dependerá de los técnicos ni de las instituciones, sino del involucramiento activo de los productores ganaderos. “Si el sector acompaña, valida y se apropia de esta hoja de ruta, el gobierno contará con las garantías necesarias para activar políticas públicas firmes. De lo contrario, el documento pasará a ser un texto más en un escritorio oficial. La oportunidad de marcar el rumbo de la ganadería está en manos de quienes la gestionan día a día en el campo”, resumió.
En el panel de la Expo Rural de Palermo se mostraron además los avances del Programa para la Ampliación de la Ambición Climática en el Uso de la Tierra y la Agricultura (SCALA). Se trata de una iniciativa global implementada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que es financiada por la Iniciativa Internacional del Clima (IKI) de Alemania.
En la Argentina el proyecto se ejecuta en la región pampeana, abarcando las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos. Tanto el gobierno nacional como los provinciales son parte de la iniciativa a través de representantes de las respectivas áreas de Ambiente y Agricultura. El proyecto cuenta además con el sostén de la Red de BPA y el acompañamiento técnico del INTA, universidades y la Sociedad Rural Argentina (SRA), entre otros actores.
Actualmente, SCALA trabaja en la determinación de factores de emisión nacionales específicos, registrando avances en lo que respecta a la determinación del factor de emisión de óxido nitroso en las producciones agrícolas, concentrando el foco en el impacto de los fertilizantes nitrogenados.
El programa también está determinando, junto a CREA, los factores de emisión asociados a la producción ganadera, mientras que con Aapresid se encuentra actualizando los mapas de carbono disponible en el suelo.
“¿Son los sistemas ganaderos más rentables los que más gases de efecto invernadero emiten? ¿Los planteos con menor huella de carbono son acaso los menos rentables?”, preguntó Mercedes Vassallo, representante de CREA en SCALA.
Para dar respuesta a esas preguntas, CREA analizó más de 1900 gestiones ganaderas recopiladas desde el año 2015 hasta la actualidad. De ese universo, se seleccionaron 122 casos que contaban con la información más exhaustiva.
“Aproximadamente el 80% del consumo de materia seca de una vaca se destina exclusivamente a su mantenimiento. El animal permanece todo el año en el campo alimentándose, manteniéndose y emitiendo gases, independientemente de su éxito reproductivo. Por lo tanto, la clave biológica y ambiental consiste en diluir esas emisiones fijas mediante la producción efectiva de un ternero. Al lograr que cada vientre genere un ternero anualmente, se reduce drásticamente la intensidad de emisiones por cada kilogramo de peso vivo retenido en el establecimiento”, expuso Vassallo.
Al correlacionar la eficiencia de stock (kilogramos de carne producidos por cada kilo de peso vivo en el campo) con la intensidad de emisiones de carbono, el estudio demostró una relación marcadamente negativa. “Esto significa que a medida que un campo se vuelve más eficiente para producir carne, la intensidad de emisiones por kilogramo final cae de manera notable”, explicó.
Al segmentar la población analizada y comparar el grupo de productores de punta frente a la media general, los resultados fueron contundentes. Las empresas más rentables registraron una rentabilidad que supera en más de dos veces al promedio de la población evaluada. Este desempeño económico superior se explicó por una mayor eficiencia de stock, más kilogramos producidos por vientre y un menor costo por kilo de carne logrado. “El dato fundamental es que estos sistemas más rentables presentaron una menor intensidad de emisiones que el resto de la población”, señaló Vassallo.
“La cría vacuna es una actividad caracterizada por una estructura rígida de costos fijos elevados, por lo que la clave en términos económicos y ambientales consiste en consolidar las eficiencias productivas. Buscar un mayor porcentaje de destete y lograr terneros más pesados es la estrategia más efectiva para mejorar la rentabilidad y, al mismo tiempo, emitir menos por unidad de producto”, resumió.








