Durante los últimos años, el maíz logró expandir su superficie hasta prácticamente no reconocer fronteras. Así lo demuestra el auspicioso ejemplo de la Patagonia Norte, donde, de la mano de la infraestructura de riego y el buen clima, este cultivo rompe techos con rindes excepcionales.
La cuestión es que ahora también avanza mucho más al sur, y busca hacer base en los ambientes históricamente más hostiles para la agricultura. Un desafío que, además, tiene un fin ulterior: servir de apoyo a la ya golpeada actividad ganadera.

¿Cuál es la verdadera frontera agrícola del maíz? Esa pregunta es la que sobrevuela a los ensayos que el INTA lleva a cabo en Chubut y Santa Cruz, en la región más austral para la actividad y cientos de kilómetros más al sur que los planteos de punta en los valles irrigados.
No es la primera vez que allí se evalúa este cultivo, pero en esta ocasión aseguran que la experiencia “constituye un antecedente técnico relevante”. Ello se debe a que están trabajando con híbridos precoces y ultraprecoces, con ciclos no mayores a 120 días, de secado rápido y preparados para resistir heladas.
También allí se trabaja con un manejo agronómico muy estricto e infraestructura de riego, pero, a diferencia del paisaje que configura Río Negro y Neuquén, allí se utiliza el sistema por goteo.

Con los primeros resultados en mano, la expectativa es elevada. “El uso de híbridos adaptados al frío, junto con un adecuado manejo nutricional e hídrico, permite alcanzar niveles productivos promisorios para forraje, ensilaje y eventualmente producción de grano”, destacó Santiago Toledo, especialista de la experimental santacruceña.
Esto es por demás de promisorio para la ganadería ovina y bovina de la Patagonia Sur. Allí, la base forrajera está basada en el uso de pastizales, pero la baja oferta es la que, año a año, cercena el crecimiento y amenaza seriamente la supervivencia de la actividad.
“En este contexto, el maíz aparece como un cultivo estratégico por su aporte potencial de energía, fibra y en menor medida proteína, ya sea mediante la producción de granos o planta entera para silaje”, agregó Toledo, quien imagina la chance de reducir costos d nutrición, cubrir un bache de oferta forrajera en otoño e invierno y contribuir así al desarrollo productivo regional.

En la localidad de Perito Moreno trabajaron específicamente con la semillera francesa Laboulet Semences. Y aunque aún resta seguir trabajando con nuevos materiales, fechas de siembra y estrategias de manejo, prevén que en esos ambientes australes pueden obtenerse rindes de 7000 kilos, de 80 a 120 toneladas de material vegetal verde y de 15 a 26 toneladas de materia seca por hectárea.
Lo propio hicieron en Chubut, donde junto a la misma firma evaluaron seis híbridos híperprecoces en el Campo Experimental Trevelin, que el INTA tiene en Esquel. Allí, la producción de planta entera llegó a superar los 22.000 kilos por hectárea y el rendimiento del grano osciló entre los 6.000 y 8.850 kilos por hectárea.
“En el ensayo llevado adelante en la localidad de El Hoyo, los rendimientos obtenidos por la mayoría de los híbridos fueron muy destacados, con más de 12.000 kilos por hectárea”, explicó el investigador Guillermo Lexow, quien aclara que todavía deben repetirse los ensayos, pero confirma que la producción de maíz es también factible en la zona cordillerana del noroeste de Chubut.





