Cuando entraron a la pista de la Exposición Limangus de Otoño, en Cañuelas, sabían que estaban jugando de visitantes. Frente a ellos había cabañas que dedican todo el año a preparar animales de alta genética, equipos profesionales que viven de eso y asesores de primer nivel. Del otro lado estaban ellos: los integrantes de una escuela agraria, más de treinta alumnos aprendiendo sobre la marcha y dos docentes convencidos de que la mejor manera de enseñar es haciendo.
Contra todos los pronósticos, la vaca joven con ternero al pie se llevó el premio Reservado en su categoría y dejó una sensación difícil de describir para quienes venían trabajando desde hacía meses con ella.

“Volvimos supercontentos. Fue una experiencia hermosa y una motivación enorme para seguir metiéndole energía a este proyecto”, resumió Facundo Oliva, uno de los docentes que lidera el trabajo ganadero de la institución.
Detrás de ese resultado hay una historia que comenzó bastante antes. Todo arrancó cuando Fernando Luis, titular de la cabaña La Elisa, decidió aportar una ternera Limangus para que la escuela pudiera iniciar un proyecto de formación vinculado al trabajo de cabaña. La propuesta fue mucho más que una donación de un animal: abrió la puerta para que los estudiantes conocieran de cerca el manejo de genética, la preparación para exposiciones y el oficio del cabañero.
La ternera, bautizada “Sonrisa”, fue creciendo junto con el aprendizaje de los alumnos. Hubo que planificar la inseminación, elegir la genética adecuada dentro de los catálogos de la cabaña, calcular los tiempos para que llegara a la exposición con un ternero al pie de la edad requerida y acompañar todo el proceso sanitario y nutricional.
“Fue un desafío importante porque tuvimos que pensar la preñez con mucha anticipación para llegar a la categoría correcta. Eso nos permitió trabajar con los chicos cuestiones que normalmente no aparecen en una clase convencional”, explicó Oliva.

El proyecto también obligó a construir infraestructura específica dentro de la escuela. Allí apareció el trabajo de Owen Fogo, docente que acompaña el área productiva y que se ocupó de diseñar junto a los alumnos los espacios necesarios para preparar a los animales.
“Tuvimos que armar todo desde cero. El bañadero, los lugares de secado, mejorar alambrados, generar espacios altos para evitar problemas cuando llueve. Son cuestiones que parecen simples, pero son fundamentales para trabajar correctamente con un animal de exposición”, contó.
La preparación demandó meses de tareas que para muchos estudiantes eran completamente nuevas. Aprendieron a bañar los animales, soplar el pelo, peinarlos, amansarlos y entender cómo pequeños detalles pueden marcar diferencias importantes cuando se busca expresar al máximo el potencial genético.
“Lo que hacemos con el baño y el peinado es favorecer el recambio del pelaje y que el animal exprese mejor su genética. Pero además es una forma de amansarlo. Cada vez que lo llevás, lo trabajás y estás cerca, el animal gana confianza y eso después se nota mucho en la pista”, explicó Oliva.
Lo más valioso, sin embargo, fue que el proyecto terminó involucrando a buena parte de la escuela. Hubo alumnos que participaron en la construcción de instalaciones, otros en los trabajos de albañilería, algunos en los alambrados y muchos en las tareas diarias de alimentación y cuidado.
“Más de treinta chicos participaron en algún momento. Aunque una alumna fue quien representó al grupo en la pista, detrás había un equipo enorme trabajando”, destacó el docente.
Ese aspecto es el que ambos profesores consideran más importante. Porque si bien el premio fue una alegría inmensa, entienden que el verdadero resultado está en el proceso.
Los estudiantes aprendieron a asumir responsabilidades, a resolver problemas concretos, a trabajar en equipo y a confiar en sus propias capacidades. En una época en la que muchas veces se discute el sentido de la educación práctica, experiencias como esta muestran el valor que siguen teniendo las escuelas agrarias y de oficios.
“Los chicos ven que son capaces de hacer cosas reales. Que pueden construir, producir, resolver problemas y alcanzar objetivos que parecían imposibles. Eso genera autoestima y confianza”, señalaron.

El proyecto también puso en evidencia el papel que puede desempeñar la comunidad rural cuando decide involucrarse en la educación. Además del aporte de Fernando Luis, distintos profesionales colaboraron de manera desinteresada. El veterinario Ignacio Miraglia acompañó el trabajo sanitario y otros especialistas brindaron asesoramiento técnico en nutrición y manejo.
Lejos de conformarse con el resultado obtenido, en Azul ya piensan en lo que viene. Después de las vacaciones de invierno llegará una nueva vaquillona aportada nuevamente por La Elisa y comenzará un nuevo ciclo de preparación.
La meta inmediata es regresar a la Exposición Limangus de Otoño. Pero el sueño grande está más lejos y, al mismo tiempo, más cerca que nunca. “Queremos volver a competir y seguir creciendo. Nuestro objetivo es llegar algún día a Palermo”, reconoció Oliva.




