El Calafate es reconocido a nivel global como uno de los puntos turísticos más importantes que tiene Argentina, principalmente por el acceso a los imponentes glaciares que se encuentran en esa zona. La postal de los hielos rompiendo configura una atracción turística de excelencia para los miles de extranjeros y argentinos que visitan la zona cada año.
Pocos se animarían a arriesgar, también, que la zona sería conocida por otro hecho histórico, pero no turístico, sino productivo. Es que ahí, a tan solo 23 kilómetros de la bella ciudad de El Calafate, se registró recientemente la primera cosecha de avena de Santa Cruz, y también comenzará a cosecharse próximamente el trigo. Será, en ambos casos, la cosecha más austral de Argentina, y posiblemente del mundo.
Todo comenzó allá por 2004, cuando Tomás Ciurlanti, oriundo de Rafaela, Santa Fe, se mudó con su familia a esas tierras sureñas. En 2016 volvió a la Pampa Gringa a estudiar agronomía, y cuando volvía a la Patagonia, por tierra, veía ese paisaje con ojos agronómicos, para aplicar lo que aprendía en la Universidad Nacional del Litoral, en Esperanza, a miles de kilómetros de distancia.
El bichito de pensar “hacer algo” allí fue creciendo y cada vez picaba más fuerte. Fue así que contactó a otros dos agrónomos y expertos de la misma facultad, y el sueño de la cosecha más austral empezó a tomar fuerza. En 2024 fundaron “Agro Calafate”, una sociedad que además de asesorar, decidió apostar por la producción y arrendó 370 hectáreas para sembrar trigo y cebada. Además de Tomás, los otros dos “locos” son Ricardo Coggiola y Nicolás Zuber, agrónomos y productores en Santa Fe y Entre Ríos.
La quimera, según relató Tomás a Bichos de Campo, no fue sencilla. En todo el proceso, hubo dificultades, articulaciones público-privadas, y un sinfín de desafíos que planteaba la empresa, que debieron afrontar, como todo pionero.
Desde ese primer logro simbólico, la primera cosecha de granos en la historia de Santa Cruz, el proyecto empezó a mostrar toda su dimensión productiva. “Ayer, oficialmente, fue la primera vez en la historia de la provincia de Santa Cruz que se cosecharon granos de trigo y avena. Particularmente ayer cosechamos avena, que es lo primero que maduró fisiológicamente y el grano está con la humedad correcta para poder cosecharlo y acopiarlo”, relató Ciurlanti.
El establecimiento donde se implantaron los cultivos está ubicado en el sudoeste santacruceño, a unos 23 kilómetros al oeste de El Calafate, en la estancia Alice, también conocida como Cerro Frías. Allí, Agro Calafate divide las 370 hectáreas en 200 de avena y alrededor de 170 de trigo.
“Estamos en una latitud muy particular. Las condiciones hacen que tengamos que producir a contraestación. En invierno podemos estar tranquilamente todo el mes de julio a diez grados bajo cero. Esa condición hace que la ventana de trabajo productiva sea primavera-verano”, explicó el agrónomo.
Por eso, tanto la avena como el trigo se sembraron en septiembre. “Usamos cultivares de ciclo corto. La avena maduró antes, por eso fue lo primero que cosechamos. El trigo todavía está en pie, estimamos que a algunos lotes les faltan unos 20 días y a otros quizás más de 30 para llegar a madurez fisiológica”, detalló.
“En zona núcleo uno está acostumbrado a cosechar trigo en noviembre o diciembre. Acá todo el calendario está dado vuelta”, reconoció.
En la explicación técnica, Ciurlanti trazó paralelos con regiones productivas del hemisferio norte. “Esto pasa también en algunos lugares de Canadá o Escocia. En Saskatchewan (Canadá), por ejemplo, es muy común la producción de cebada y otros cereales en contraestación. En invierno están con nieve o temperaturas muy bajas, y los cultivos solo se desarrollan en primavera-verano”, comparó.
Aunque con diferencias en el régimen de precipitaciones, el condicionante principal es el mismo: el frío extremo. “Acá las precipitaciones se dan más en invierno, pero el frío hace que ningún cultivo se pueda desarrollar en esa época”, explicó.
Más allá del récord productivo, el corazón del proyecto está en el destino del grano y en la construcción de una nueva cadena de valor para Santa Cruz.
Históricamente, en la región, los cultivos de invierno se utilizaban como forraje. “Lo que se hacía siempre era cortar los cultivos anticipadamente, en grano lechoso o pastoso, y hacer rollos para reserva. Era para cubrir el bache forrajero del invierno, sobre todo para ganado vacuno y ovino”, explicó.
El salto conceptual llegó con una iniciativa del gobierno provincial. “Todo esto se tracciona a partir de una propuesta del gobernador Claudio Vidal, que nos presentó un proyecto de una planta de alimento balanceado para instalar en Río Gallegos”, contó Ciurlanti.
Pero el planteo original no cerraba económicamente. “Lo primero que le dijimos fue que, si había que traer toda la materia prima desde el norte del país, el costo por tonelada iba a ser altísimo y nadie iba a comprar ese alimento balanceado. No daban los números por ningún lado”, recordó.
La vuelta de tuerca fue producir localmente la mayor parte de los insumos. “Encontramos que si producimos al menos el 70% de la materia prima que demanda el alimento balanceado dentro de la provincia, ahí el número cambia. Podés tener un producto competitivo y sostenible en el tiempo, y además traccionás la producción primaria”, explicó.
En ese esquema, el trigo y la avena cumplen un rol central. “Aportan energía metabolizable. La avena además aporta fibra. Eso cubre gran parte de la formulación. Lo que vamos a traer de afuera es la parte proteica, como expeller de soja, y el núcleo vitamínico-mineral. Eso representa más o menos el 30% del alimento balanceado”, detalló.
Mientras se termina de montar la planta en Río Gallegos, el grano quedará almacenado en origen. “Ahora lo vamos a acopiar en silo bolsa. De hecho, ayer hicimos el primer silo bolsa de la historia de la provincia de Santa Cruz”, destacó Ciurlanti.
Otro de los grandes desafíos fue la logística de maquinaria en una provincia donde la agricultura extensiva prácticamente no existe.
“El productor del campo ya venía trabajando con INTA y tenía maquinaria chica, casi a nivel parcela, con equipos para sembrar y para hacer rollos. Pero no había cosechadora”, explicó.
Para encarar el proyecto, Agro Calafate tuvo que armar prácticamente de cero un parque de maquinaria. “Incorporamos un tractor grande, de 200 HP, una rastra de disco pesada, balanzón, rastrón nivelador. La sembradora y el tractor grande los alquilamos acá en la provincia. Y la cosechadora la compramos nosotros con Agro Calafate y la trajimos hasta acá”, detalló. Además, parte del equipamiento fue adquirido por Santa Cruz Puede, una empresa de régimen mixto, público-privada.
“La cosechadora es nuestra, es propiedad de Agro Calafate, y la idea es que quede acá porque queremos seguir escalando el proyecto”, afirmó.
El modelo productivo también es novedoso para la zona. Agro Calafate no solo asesora, sino que también es productor. “Nosotros hicimos un contrato de alquiler en el que pagamos la renta en especie. El productor, al poner el campo, se queda con el 10% de la producción. Santa Cruz Puede se queda con otro porcentaje. Y nosotros, como asesores, proveedores de mano de obra y dueños de la cosechadora, nos quedamos con otro porcentaje”, explicó.
De esa manera, los tres agrónomos quedan directamente involucrados en el resultado productivo. “Sí, somos productores y manejamos también toda la maquinaria”, resumió.
Desde el punto de vista agronómico, el manejo también tiene particularidades propias de la latitud y del ambiente patagónico, que históricamente vio siembras de trigo, pero no tan al sur. Famoso es el molino de Trevelin, en Chubut, y las siembras que ya no se ven por la zona.
“Acá hacemos todas las labores de suelo en otoño, antes del invierno. Durante el invierno se recarga el perfil naturalmente, porque cae nieve y queda congelada en la capa superficial. Después, cuando empieza el deshielo y el lote nos permite entrar sin quedarnos encajados, sembramos”, explicó.
Esa recarga suele ser suficiente para completar el ciclo. “Con esa agua, generalmente el cultivo cumple todo el ciclo”, aseguró. Además, la ubicación en pie de montaña suma un plus. “Tenemos chorrillos o vías de escurrimiento que traen agua del deshielo de la montaña, y la conducimos para mantener un poco más de agua en el perfil en algunos lotes”, detalló.
En los ambientes más restrictivos, la estrategia pasa por elegir cultivos más rústicos. “La avena es recontra tolerante a la sequía, también el centeno y el triticale. Para la próxima campaña vamos a sumar mucha más superficie de cebada, triticale y también arveja, que nos dio muy buenos resultados y aporta proteína”, adelantó.
En materia sanitaria, el ambiente todavía muestra ventajas claras. “Enfermedades cero, bichos cero. Es un ambiente virgen”, describió Ciurlanti. El principal problema, por ahora, son las malezas.
Lo que hoy aparece como una rareza, trigo y avena a pocos kilómetros de los glaciares, es, para sus impulsores, apenas el comienzo. “Pensamos toda la cadena de valor: la producción del grano, el agregado de valor y los canales de comercialización. Esto abre puertas para el ganado vacuno, el ovino, la producción avícola con gallinas ponedoras y también para porcinos”, resumió Ciurlanti.
Así, a 23 kilómetros de El Calafate, lejos de la zona núcleo y en una latitud que parecía vedada para los cultivos extensivos, tres agrónomos decidieron correr los límites. Y, con una cosechadora, un silo bolsa y mucha persistencia, empezaron a escribir un nuevo capítulo productivo para la Patagonia austral.





