La historia de Criadero El Cencerro se remonta a la década del 50, cuando el abuelo de la familia Ducos llegó a la zona de Coronel Suárez con una idea clara: trabajar la tierra con una mirada propia, animarse a decisiones que no siempre seguían el camino más transitado y construir, de a poco, un proyecto familiar. En aquellos años, apostar por ciertas prácticas y cultivos implicaba asumir riesgos, pero también confiar en el conocimiento, el esfuerzo y el largo plazo. Esa impronta es la que, generación tras generación, fue marcando el rumbo de la empresa.

Hoy esa herencia se expresa en una firma que, aunque produce cultivos de gran escala, decidió especializarse en el césped cuando muchos podían pensar que no era el camino más rentable. La elección no fue casual, sino el resultado de observar el comportamiento del cultivo y entender que, trabajado con técnica, podía tener identidad propia.
El equipo de De Raiz viajó a Coronel Suárez para aprender más sobre este cultivo y su uso en canchas deportovas. La recorrida comenzó en el campo, donde Ignacio Ducos, ingeniero agrónomo, director técnico y tercera generación familiar, explicó cómo se gestiona un cultivo que exige precisión desde el minuto cero.
Todo comenzó casi por serendipia agronómica, cuando aquel abuelo fundador, caminando el campo junto al ingeniero Cobas del INTA, descubrió plantas de raigrás que resistían sequías y suelos difíciles. Lo que nació pensando en el forraje para las vacas terminó, tras el cierre de importaciones de los 80, convirtiéndose en una solución estética para el país.
No se trata solo de lograr un verde parejo, sino de un proceso biológico que no admite atajos. Ignacio remarca que lograr una nueva variedad es una carrera de paciencia que puede llevar catorce años desde la investigación inicial hasta que llega al mercado. Allí, en los lotes experimentales, los años climáticamente malos son paradójicamente los mejores, porque permiten seleccionar a los individuos que realmente aguantan el estrés.
Esa lógica productiva continúa en la planta de procesamiento, donde Emilio Ducos, ingeniero industrial y socio, mostró cómo se cierra el circuito. Allí el césped deja de ser un cultivo y se transforma en un producto exportable. Emilio detalla que la maquinaria y los procesos de limpieza están diseñados para una trazabilidad total, donde el control de la temperatura y la humedad en los silos es casi una terapia intensiva para la semilla. Esa inversión en tecnología es la clave para darle escala a una actividad tan intensiva.
Pero la verdadera prueba de fuego no está en el laboratorio, sino en el uso. Guiados por Marina Ducos, responsable de comunicación, la visita se trasladó al terreno donde la genética se pone los botines. En la cancha de rugby de Coronel Suárez, Matías Saint André, ingeniero agrónomo, socio y jugador, contó que el club tiene ya 45 años y que la calidad de su cancha siempre fue un aspecto característico y distintivo en la región.
Matías explicó que la cancha actual se implantó en 2021 y que el secreto no fue otro que la anticipación. La clave es preparar el suelo y darle la figura abovedada para que tenga un buen drenaje. Allí se utilizó una siembra de alta densidad, de unos 600 kilos de semilla por hectárea, pensada para soportar el scrum y el tackle constante. Para él, cuando uno prepara una cancha, piensa en algo que dure muchos años, por lo que la planificación es la única herramienta válida.

El cierre del recorrido fue en el Coronel Suárez Polo Club, donde la exigencia sube la vara. Allí esperaba Miguel Videla, el superintendente, quien lleva una vida entera dedicada a esos suelos. Con la precisión de quien conoce cada metro del predio, Miguel contó que al primero de enero cumplió 49 años de empleado del club, casi medio siglo capacitándose con charlas técnicas y aprendiendo el oficio.
Videla detalló la complejidad de mantener siete canchas de polo y una de golf, cada una con su librito. Tienen dos canchas de polo con un pasto traído de Sotogrande, España, y cinco de gramilla original de la zona. Pero el detalle máximo se ve en el golf, donde el corte es quirúrgico, bajando de tres a cuatro milímetros para que la pelota ruede lo mejor posible.
Desde aquella llegada del abuelo en los años 50 hasta la precisión de los greens actuales, El Cencerro construyó un camino propio. Es una historia familiar atravesada por la convicción de que en el interior se puede producir con ciencia y vanguardia, demostrando que el césped no es solo pasto, sino el resultado de décadas de planificación y conocimiento aplicado.





