En los sistemas ganaderos y mixtos, la alfalfa sigue ocupando un lugar estratégico. No solo por el volumen de forraje que aporta, sino porque, bien implantada, puede sostener durante varios años la estabilidad productiva de un planteo. Sin embargo, ese potencial tiene una condición que los técnicos repiten con insistencia: la alfalfa no se define en la urgencia de la siembra, sino en las decisiones que se toman mucho antes.
Fernando Scaramuzza, especialista en agricultura de precisión y mecanización agrícola, lo plantea sin rodeos. “El éxito del cultivo depende en gran medida de las decisiones tomadas durante la etapa de planificación y siembra; ahí definimos con qué cantidad de plantas vamos a arrancar”, explica. Según distintos trabajos técnicos citados por el especialista, en ese momento inicial se juega hasta el 70% del potencial productivo de la alfalfa, mientras que lo que ocurra después condicionará su persistencia en el tiempo.
Por eso, cuando se habla de la alfalfa de la próxima campaña, el planteo no remite a una decisión lejana. Por el contrario, obliga a mirar el sistema productivo desde ahora y a pensar la siembra con anticipación. “La planificación permite llegar a la fecha óptima, con buena humedad y con una cama de siembra adecuada, que es lo que garantiza una implantación uniforme y vigorosa”, señala Scaramuzza.
Uno de los puntos que el técnico considera centrales es el rol del cultivo antecesor, una variable que muchas veces se subestima. En siembra directa, donde la alfalfa debe convivir con los residuos del cultivo previo, la cantidad y el tipo de rastrojo condicionan de manera directa el arranque. “Toda buena siembra comienza con una buena cosecha, y en alfalfa eso es todavía más evidente”, remarca.

En ese marco, la experiencia muestra que cultivos como la moha para henificar o el girasol funcionan especialmente bien como antecesores. “En siembra directa, la alfalfa sembrada sobre moha logró hasta un 90% de la densidad de plantas respecto de una siembra convencional”, destaca Scaramuzza, a partir de distintos ensayos. También pueden resultar adecuados trigo, soja de ciclo corto o maíz para silaje. En cambio, maíz y sorgo para grano suelen complicar la implantación por el excesivo volumen de rastrojo que dejan en superficie.
Las pasturas degradadas aparecen entre los peores escenarios. No solo por el rastrojo remanente, sino por una combinación de factores que juegan en contra. “Ahí se suman problemas de compactación, mayor presión de malezas y, si había alfalfa previa, posibles efectos de autotoxicidad”, advierte el especialista, quien recomienda, en esos casos, descansar el lote al menos una estación con otro cultivo antes de volver a implantar alfalfa.
El suelo es otro factor que no admite simplificaciones. A diferencia de un cultivo anual, la alfalfa permanecerá tres o cuatro años en el mismo lote, por lo que cualquier deficiencia inicial tiende a sostenerse en el tiempo. “Errores de implantación o de nutrición al inicio suelen tener efectos persistentes sobre la productividad”, señala Scaramuzza, al explicar por qué el diagnóstico previo resulta determinante.
Hoy, ese diagnóstico dejó de ser general y pasó a apoyarse en herramientas que permiten caracterizar la variabilidad del lote con mayor precisión. Sensores, mapas de ambientes y plataformas digitales ayudan a anticipar restricciones físicas y químicas del suelo. “La alfalfa necesita suelos profundos, bien drenados y con pH cercano a la neutralidad, además de buenos niveles de calcio y fósforo”, enumera el técnico. Si bien la fijación biológica cubre gran parte del nitrógeno, otros nutrientes como azufre, boro o potasio pueden transformarse en verdaderos límites productivos si no se los corrige a tiempo.
El manejo de malezas también se inscribe en esa lógica de anticipación. Llegar a la siembra con el lote limpio es una condición básica para lograr una buena implantación. “Las malezas perennes o las gramíneas invernales pueden reducir drásticamente la implantación”, advierte Scaramuzza, quien remarca que el control debe planificarse desde el cultivo antecesor y sostenerse durante las primeras semanas, cuando la alfalfa es más sensible a la competencia.
La precisión, además, no termina en el diagnóstico agronómico. La siembra de alfalfa es una de las prácticas más sensibles y costosas del sistema forrajero, y el estado de la maquinaria juega un rol decisivo. “Es un cultivo de alto costo por hectárea y de largo plazo, por eso la siembra debería considerarse una práctica de alta precisión”, afirma. Errores de calibración, problemas en la distribución de semilla o velocidades excesivas pueden comprometer no solo la emergencia, sino la productividad acumulada de varios años.
También la elección del cultivar forma parte de esa planificación temprana. No se trata solo de disponibilidad comercial, sino de seleccionar materiales que se adapten al ambiente del lote y al sistema productivo. La información generada por la Red Nacional de Evaluación de Cultivares de Alfalfa del INTA permite respaldar esa decisión con datos objetivos, siempre que se la incorpore con tiempo.
El planteo de fondo es claro. La alfalfa no empieza el día que entra la sembradora al lote. “Planificar con anticipación, elegir bien el antecesor y trabajar con información precisa es la base para lograr una alfalfa productiva, persistente y rentable en el tiempo”, resume Scaramuzza. En un cultivo donde los errores se pagan durante años, pensar la siembra desde ahora deja de ser una recomendación técnica para convertirse en una decisión estratégica.





