En muchas ciudades del mundo, las veredas están dejando de ser solo un espacio de tránsito para convertirse en lugares vivos, fértiles y comunitarios. Huertas que salen del fondo de las casas para ocupar la calle, canteros que se llenan de aromáticas, frutales enanos y flores nativas, y vecinos que se detienen a mirar, charlar o llevarse una hoja de rúcula.
Esa misma escena apareció en la Casa Nido de Vir Escribano, ubicada en un barrio diseñado bajo principios de permacultura. Allí, la huerta se despliega directamente en la vereda: un pequeño corredor verde donde conviven frutales, aromáticas y plantas nativas. El espacio no delimita un “adentro” y un “afuera”; invita a pasar, a oler, a tocar, a llevarse lo que uno necesite.
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La idea, según explica Escribano en una charla para De Raíz, nació de manera simple. Mientras armaban unos canteros en el frente de la casa, notaron que la orientación norte era perfecta para cultivar. Surgió entonces la propuesta de instalar allí la huerta, y la respuesta fue inmediata. No solo ganaban un espacio fértil, sino la posibilidad de abrirlo al barrio. Una forma de regalar verde, alimento y encuentro.
Lo que sucede en esta vereda forma parte de un movimiento más amplio. Desde los años 70, grupos como los Green Guerrillas comenzaron a transformar baldíos y veredas abandonadas en jardines comunitarios en Nueva York. Décadas más tarde, el proyecto Incredible Edible, nacido en Todmorden (Reino Unido), popularizó la idea de plantar alimentos en espacios públicos para que cualquiera pudiera cosecharlos. Y referentes como Michael Ableman impulsaron modelos de agricultura urbana que demostraron que las ciudades también pueden ser productivas.

Esta tendencia, que combina sustentabilidad, comunidad y soberanía alimentaria, hoy se replica en barrios de todo el mundo. Las huertas en la vereda no solo embellecen: mejoran el microclima, atraen polinizadores, generan sombra y, sobre todo, construyen vínculos entre quienes comparten la misma calle.
¿Y qué se puede plantar en una vereda? Mucho más de lo que parece. Con buena luz, funcionan aromáticas resistentes como romero, lavanda, menta, tomillo u orégano; hortalizas rústicas como acelga, kale, rúcula o lechuga criolla; frutales o arbustos como limoneros, frambuesas o arándanos; y flores nativas que atraen abejas y mariposas. Se trata de elegir especies adaptadas al entorno urbano, que soporten el tránsito y no requieran cuidados extremos.
Para quienes quieran intentarlo, algunos tips: aprovechar orientaciones norte o noreste, usar macetas grandes o canteros elevados, enriquecer el suelo con compost, regar en horarios frescos y, sobre todo, compartir. Una huerta en la vereda crece distinta cuando es del barrio y no de una sola casa.
La experiencia de la Casa Nido muestra que el verde puede salir de atrás de la reja. Puede extenderse a la vereda, mezclarse con la vida cotidiana, ofrecer algo a quien pasa y transformar, con muy poco, el paisaje de todos.
La nota completa de la visita a Casa Nido





