La historia de los chicos de Robotic.Al no es como muchas otras que se ven en la Expoagro, donde jóvenes atildados salidos de las mejores universidades hacen gala de los conocimientos adquiridos y ofrecen una serie de revolucionarias innovaciones para el agro que luego -lamentablemente sucede bastante seguido- chocan contra la realidad del campo y quedan en la nada misma. Nada que ver. Lo de estos jóvenes es mucho más real y genuino. Para empezar, son chacareros en serio, siembran y cosechan, les encantas los fierros y hacen los mejores salamines de toda esa comarca cordobesa.

La historia de los dos primos de Colonia Almada, un pequeño pueblito agrícola de Córdoba, la comenzamos a conocer y contar en la edición de la Expoagro 2025. Un año atrás era la primera vez que Sebastián Viano y su vecino de alambrado Juan Carlos Garnero se animaban a llevar el desarrollo que habían hecho -junto a otro amigo ingeniero electrónico llamado Roberto Morosino- en los galpones donde guardan el resto de sus herramientas agrícolas.
A Sebastián Bichos de Campo lo encontró ajustando los últimos tornillos de esa innovación en el estánd de la provincia de Córdoba. Esa fue la primera nota sobre su sorprendente robot aplicador.
Unos meses después, pasamos por Colonia Almada, un pueblo de gringos hechos y derechos, dueño de una enorme tradición fierrera, para ver cómo había evolucionado aquel primer prototipo, al que pudimos filmar andando y echando agua por las boquillas, como si ya estuviera trabajando en pleno campo. El gran secreto de este robot aplicador es que los chicos lo comenzaron a diseñar casi como un juego, para matar las horas vacías entre siembra y cosecha. ¿Qué el campo es aburrido? Jamás.
En aquella segunda entrevista, Sebastián y Juan Pablo nos contaron que el equipito ya tenía nombre: MG3. Bromeamos imaginando qué quería decir esa sigla que parecía salida de los arcones de la NASA hasta que Juan Pablo nos contó la historia completa, incluso con moraleja.

“MG3 surge un poco porque no sabíamos qué nombre ponerle. Es difícil para un productor agropecuario bautizar a un robot. Entonces dijimos ¿por qué no nos vamos un poco a las tradiciones, a lo que es la esencia en realidad? Con Sebastián somos familia. Nuestro tatarabuelo de Italia cruzó tres veces el mar, se casó tres veces y en la última vez que se casa, él tiene la descendencia de la que venimos todos. Nuestro tatarabuelo se llamaba Miguel. Entonces en honor a él le pusimos MG3 por las tres veces que él cruzó, por la resiliencia que tuvo en ese momento para llegar desde Italia y todo lo que hizo”, nos contó el productor.
¿Y la moraleja? “Este proyecto habla un poco de lo que es la resiliencia, de intentar hacer algo que no hace nadie en un lugar en el que no se cree que se pueden hacer cosas”, completó el joven Garnero.
Esa fue la segunda nota que hicimos sobre este singular proyecto:
Ahora, en estos días de Expoagro 2026 en San Nicolás, llegó la tercera oportunidad en que nos cruzamos con estos dos amigos. Más previsores que en el debut, esta vez no hacía falta ajustar ninguna tuerca y el robotito pulverizador orgulloso lucía sus dos alas desplegadas, con la bandera argentina colgando de una de ellas.
Era lógico que volviéramos a la carga sobre esta historia de una innovación nacida de la propia necesidad de un grupo de jóvenes agricultores por tratar de aplicar tecnología y robotización en una de las tareas más arduas y cansadoras que tiene la agricultura moderna, que es la aplicación de agroquímicos o bioinsumos sobre los cultivos. Su gran obsesión, más allá de autonomizar una tarea y hacerlo con gran eficiencia, era que el robotito pudiera ser cargado en la caja de una camioneta, para poder ser trasladado fácilmente, de campo a campo.
Aunque ya se la tomaban como un proyecto en serio, con potencial comercial propio, Viano y Garnero seguían “jugando” y estos meses no pudieron detener el proceso creativo.

-Va creciendo la maquinita, va creciendo…- le decimos a Sebastián.
-Tal cual. El año pasado teníamos que explicar qué es lo que era, y ya este año, aunque sea se parece un poco más a un fumigador. Vamos de a poquito agregándole cosas y este año presentando la nueva evolución, que no solamente es el chasis que ahora gira -y ahí tenemos una patente en trámite-, sino que tenemos ahora 15 metros de ancho (de labor)- responde entusiasmado. Es más del doble de lo que cubría el primer prototipo que conocimos y que era de 6 metros.
Obviamente, este detalle incrementa las capacidades del equipo. “Hoy tenemos una capacidad de trabajo de 4 hectáreas la hora, haciendo unas 80 o 100 hectáreas por día, dependiendo del lote y las condiciones”, nos reafirma Viano.
-No es un pulverizador cualquiera sino que es un señor robot pulverizador, Ese es el concepto.
-Claro, esto es una un robot pulverizador que hace fumigación selectiva. ¿Qué destacamos de esto? Que el equipo puede ir una velocidad de 4 kilómetros. También estamos incorporando, a diferencia de la primera versión, unos aspersores rotativos ingleses, que nos permiten variar la velocidad del aspersor, el micronaje de la gota, dependiendo del estado del viento. Nos faltó poner el anemómetro (instrumento meteorológico que mide la velocidad, intensidad y dirección del viento) que estamos terminándolo de programar. Dependiendo del viento que haya, hasta 35 kilómetros/hora, o se va a detener el robot o puede ir variando el tamaño de la gota, permitiéndonos así extender la fumigación a más tiempo.

-¿O sea que no solo te permite prescindir de una persona que lo maneje, ya que vos le programás el recorrido a este robot, sino que el equipo además va interactuando con el clima y las condiciones que tenga que resolver?
-Sí, tal cual. El equipo va censando en tiempo real el viento y va definiendo el micronaje de la gota.
-¿Y eso de la aplicación selectiva es que aplica el agroquímico solo donde hace falta?
-Tal cual, tal cual. Y también a las cámaras le hemos hecho una reforma de la placa, que es mucho más rápida que el año pasado. Fuimos mejorando y ahora y tiene una aplicación con QR donde la podés programar dependiendo del estado de la maleza, la forma de la maleza. Son cositas que le hemos ido agregando. Es un robot y ya se parece más a un robot aplicador.
Mirá la tercera entrevista a Sebastián Viano:
Los creadores de Robotic.Al (las últimas dos siglas dan cuenta de Colonia Almada) inisten en que la mayor fortaleza de su invento no es tanto la gran cantidad de sensores y chiches tecnológicos que le han montado sino que es de tamaño mucho más pequeño que las pulverizadoras convencionales y que se lo puede trasladar más fácilmente. Pero además, han modificado el sistema de ruedas para que pueda superar todo tipo de obstáculos a campo. Nada de diseñarlo desde un escritorio. Todo lo que le hacen al robotito lo contrastan con la realidad.
Luego del trazo grueso del desarrollo, Viano comenta que “ya tenemos diseñadores industriales trabajando en lo que es todo el diseño, con corte láser y soldadura láser, así que ya estamos profesionalizándonos un poquito.

-¿Y esto sigue siendo un divertimento, una curiosidad o intenta ser ahora también un negocio? ¿Han vendido alguno de estos ya?
-Empezó como un juego y ahora se está convirtiendo ya en un negocio real. Ya es la segunda Expoagro que venimos. Hoy tenemos la alegría de comentar que está casi vendido. Ya tenemos el productor que lo va a estar probando. Así que, bueno, estamos contentos también por eso.
Luego de esta entrevista, cuando cerraba la Expoagro 2026 en San Nicolás, Viano nos llamó para contarnos que finalmente se había concretado la primera y ansiada venta de ese primer robot aplicador.
En buena hora: Como difusores de esta historia tan genuina, si todo sale bien en la Expoagro 2027 pasaremos nuevamente a verlos y a probar sus salamines.




