Unos cien kilómetros al sur de la capital de La Pampa, sobre la ruta nacional 152, se encuentra la localidad de General Acha. Desde allí, Horacio Marín -bioquímico de profesión y docente jubilado- es parte de una generación que llegó a la provincia por trabajo y terminó encontrando en el vino una forma de volver a las raíces. Junto a un grupo de amigos y colegas, impulsó la Bodega Estilo 152, uno de los proyectos vitivinícolas artesanales que hoy forman parte del entramado productivo y turístico de la provincia, en un territorio históricamente identificado con la agricultura y la ganadería.

Marín nació en Mendoza, en el seno de una familia de pura cepa viñatera. “Dos de los socios actuales de la bodega somos oriundos de San Rafael y somos hijos de viñateros”, cuenta en diálogo con Bichos de Campo. “Nuestros viejos tenían finca, unidades productivas de unas 10 hectáreas. Con eso nos criaron. En esa época, una finca de ese tamaño te permitía darle estudio a los hijos; hoy, yo creo que ni aun así. Los pequeños productores están desapareciendo”, asevera.
Como muchos hijos de productores, Marín se formó en una escuela secundaria técnica con titulación en enología. “No seguimos estudiando eso porque nuestros viejos querían que saliéramos de la finca. Era el famoso eslogan de m’hijo el dotor’. Querían otra vida para nosotros porque el trabajo en la finca implicaba muchos sacrificios y sufrimientos”, rememora Marín.
Así fue como, junto a su amigo Raúl García, eligieron carreras vinculadas a la salud: “él hizo farmacia y yo bioquímica. Nos fuimos a estudiar a San Luis”. Una vez recibidos, apareció una oportunidad laboral: “vimos un cartel que decía que en La Pampa necesitaban este tipo de profesionales. Nos vinimos los dos con un bolsito”.
La llegada a General Acha marcó el inicio de una etapa donde desarrollaron su vida profesional y familiar. Marín se desempeñó además como docente en una escuela agrotécnica y, ya jubilado, reconoce que el tiempo y la distancia reactivaron saberes que parecían guardados. “Después de viejos, ese baúl cerrado con lo que habíamos aprendido a hacer en la escuela se volvió a abrir. Y dijimos: ¿por qué no empezamos a hacer vino para consumo nuestro?”

Las primeras experiencias fueron realizadas en el ámbito doméstico. “Yo traía uva de Mendoza cuando iba a visitar a la familia, en verano, y hacíamos vino en el garaje de mi casa”, rememora. El equipamiento era mínimo: “empezamos con un tanquecito de 20 litros, después uno de 40”. Lejos de cualquier plan comercial, el vino funcionaba como un espacio de encuentro, disfrute y aprendizaje compartido.
“Se fue armando un grupo con un profesor de Educación Física, otro bioquímico y un colaborador de la escuela de General Acha, donde yo era docente”. Marín explica que el entusiasmo tenía un componente territorial: “se engancharon porque era algo muy lindo y, en ese momento, muy novedoso hacer vino acá en La Pampa, una zona agrícola-ganadera por excelencia”.
Junto a Marín, el grupo quedó integrado por Raúl García, Alberto Ponce, Alejandro Bertuola y Gustavo Sappa (†).
Con más volumen llegaron también los límites de espacio: “seguimos un tiempo en el garaje, pero se armó mucho quilombo y nos tuvimos que mudar a otro galpón”. Ese crecimiento coincidió con el inicio del desarrollo vitivinícola en Casa de Piedra, un momento clave para la actividad vitivinícola de La Pampa.
“La provincia empezó a incursionar en la vitivinicultura con el proyecto de Casa de Piedra, donde comenzaron a producir uvas para vinificación y a dar a conocer los vinos pampeanos”, relata Marín. En ese marco, aparecieron herramientas que permitieron dar un salto de escala ya que “hubo facilidades de acceso al crédito por parte de la provincia y así pudimos comprar el primer tanque”.
“El paso decisivo llegó en 2016 cuando formalizamos la bodega y la inscribimos en el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV). Contratamos un enólogo y arrancamos a trabajar con uvas de Casa de Piedra”. La experiencia no fue aislada: junto a Ricardo Juan, pionero de la vitivinicultura pampeana y titular de la Bodega Quietud, Estilo 152 fue una de las primeras en recorrer la provincia y el país mostrando los vinos pampeanos.
“Empezamos a participar en concursos y obtuvimos buenos resultados”, señala. Ese proceso se vio reforzado por la llegada de bodegas de renombre nacional. “La provincia hizo participar en la vinificación a monstruos de Mendoza como Catena Zapata y Cassone. A ellos les gustó la uva, y si a esos tipos les gustó, es señal de que lo que se producía ahí era bueno”.

En paralelo, Marín menciona que desde el Estado provincial se avanza en una estrategia de agregado de valor en origen. “Se está armando una bodega boutique para que la uva no se lleve a Mendoza, sino que se elabore acá. La idea es que La Pampa se afiance en el escenario nacional con más litros. Vamos a empezar a sonar un poco más en el mercado”.
Entre 2016 y 2021, Estilo 152 continuó creciendo: “tuvimos que mudarnos al galpón donde estamos ahora y fuimos reinvirtiendo para completar la bodega”. Hoy cuentan con cuatro tanques en producción y una capacidad de 12.000 litros por año. “Hasta hace poco, eso era lo que el INV definía como bodega artesanal, hoy llega hasta los 24.000 litros”, agrega Marín.
“En ese proceso, La Pampa empezó a consolidarse en la vitivinicultura con excelentes vinos”, afirma Marín. En el norte provincial surgieron nuevos elaboradores en localidades como Caleufú, Pichi Huinca y General Pico, que se suman a proyectos de mayor escala como la bodega municipal de Gobernador Duval y Bodega del Desierto, en 25 de Mayo. Actualmente, la Cámara Vitivinícola de La Pampa (CAVILPA), de la que Marín fue titular, nuclea a fabricantes y bodegas de la provincia para potenciar el crecimiento y desarrollo de la actividad.
Con el auge del vino pampeano se abrieron nuevas oportunidades y del núcleo impulsor de la bodega surgió la idea de sumar una pata turística. “Nosotros, mendocinos de pura cepa, dijimos: ¿cómo hacen en Mendoza? Vamos a ver qué les funcionó”. La respuesta fue turismo.
Estilo 152 está ubicada a la vera de la Ruta Nacional 152, un dato que quedó plasmado en la marca. “El nombre tiene que ver con eso: Estilo, por la impronta de cinco amigos de distintos lugares que nos unimos para hacer un vino que nos identifique; y 152, por la ruta”, revela.
Con esa mirada, en 2019 encararon el desafío de montar un viñedo experimental en General Acha. “Es una zona de valle, con excelente agua, pero sin antecedentes de viñedos más que algunos parrales. Dijimos: vamos a hacer un viñedo y, si se da, hacemos vino con otra identidad, entre caldenes. Un vino pampeano, pero sobre todo bien achense”.
La primera cosecha llegó en 2023 y la segunda en 2024. De esas uvas nació Huellas del Caldenar, un Malbec que se incorporó al catálogo de la bodega. El resto de las variedades -Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Tempranillo, Bonarda y Chardonnay- provienen de Casa de Piedra, además de dos líneas reserva: Malbec y Cabernet. Pronto sumarán el Pinot Noir a la oferta de la bodega.
El proyecto se completa con una sala de cata próxima a la bodega. “Recibimos a la gente en el viñedo, les explicamos de dónde viene la materia prima y de dónde nace cada botella. Después recorremos la bodega y cerramos el circuito en la sala de cata”, describe Marín. “El vino es un producto, pero también una experiencia”, resume.

En cuanto a la identidad del vino pampeano, Marín subraya el peso de la territorialidad. “La Pampa forma parte de la Patagonia, y eso es muy importante porque es una identidad reconocida a nivel nacional y mundial”. A su vez, Martín remarca que el clima juega un rol clave “tenemos características semidesérticas, mucha amplitud térmica y viento. Todo eso le viene muy bien a la vid en términos de sanidad, tintes y color”.
El resultado, según Marín, se expresa en la copa: “Nuestros vinos son muy frutados, suaves y amables en boca, fáciles de tomar, sobre todo para quienes se inician en el vino”. El desafío hacia adelante es “consolidar esa característica de los vinos pampeanos: vinos con muy buen aroma y taninos suaves, que le gusten al que los toma por primera vez, en especial a los jóvenes”.

En 2026 la bodega cumple su décimo aniversario. De cara al futuro Marín considera que “la bodega apunta a consolidarse y tecnificarse. El cuerpo ya siente los esfuerzos”. En términos de escala, no buscan crecer sin límites. “En volumen estamos bien. La idea es seguir sin perder el espíritu artesanal, donde cada botella pasa por nuestras manos”, concluyó.





