En la búsqueda por lograr una relación más cercana entre productores y consumidores, un modelo productivo alternativo comienza a levantar vuelo. Se trata de aquel que propone una “Agricultura Apoyada por la Comunidad” o CSA por sus siglas en inglés. Ese movimiento vincula a consumidores con huertas o granjas y los transforma en “prosumidores”, es decir, en individuos vinculados con la producción que se allí se obtiene.
Aunque parece simple, el esquema es bastante disruptivo. Además de eliminar intermediarios, permite que los clientes apoyen con financiamiento la producción de la temporada. A través aportes mensuales o anuales, los prosumidores acceden a productos frescos y locales, y participan -de manera indirecta- de las decisiones productivas. Esto, claro, también supone un riesgo: una helada o una sequía impacta sobre todos.

Nacido de las ideas desarrolladas por el pensador austríaco Rudolf Steiner en el siglo XX, que apoyaba una economía basada en el asociativismo, la Agricultura Apoyada por la Comunidad permite mayor estabilidad para los productores, economías locales más fuertes y menores costos logísticos al reducir traslados y embalajes.
De acuerdo con el Censo Agropecuario realizado en Estados Unidos en 2022, las ventas de alimentos de marcas locales o regionales directamente a establecimientos minoristas, instituciones (como escuelas), mercados intermedios (como centros de distribución de alimentos) y consumidores (a través de puntos de venta como mercados de agricultores), alcanzaron los 17.500 millones de dólares.

Esto representó un aumento del 25% desde el Censo Agropecuario de 2017 y una tasa de crecimiento real anual del 4,6%. De 2017 a 2022, las ventas a través de estos tres canales de venta directa aumentaron un 33,2% (ajustado a la inflación), y el número de operaciones que venden a través de ellos se duplicó con creces a 60.332.
Para el caso estadounidense, las ventas directas mediante bajo este modelo se mantuvieron consistentes, aunque el número de establecimientos que participó fue un 10,3% menor.
Brasil también se sumó a esta tendencia, con redes que articulan proyectos urbanos y rurales en las localidades de San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais.
Y Argentina tampoco se queda atrás. En la localidad bonaerense de Escobar, la granja El Trébol abastece semanalmente a grupos de prosumidores con verduras de estación. Además de su producción, organiza visitas abiertas y jornadas educativas, fortaleciendo el vínculo entre familias urbanas y el trabajo rural.
En la misma sintonía están Épicos Alimentos, un proyecto bonaerense que une este modelo productivo con prácticas regenerativas; y Janus, un esquema comunitario en Río Negro que combina alimentos, educación ambiental y regeneración de suelos.
De acuerdo con sus exponentes, este modelo no es solo un sistema de abastecimiento sino una forma distinta de relacionarse con el alimento y con quienes lo producen, compartiendo responsabilidades, achicando distancias y poniendo a las personas en el centro de la economía cotidiana.





