Porteña de nacimiento, pero pampeana por adopción. Hace más de una década, Julia Oliferuk decidía mudarse de Capital Federal a Toay, sin sospechar que eso iba a abrirle las puertas a una nueva vida, opuesta a la de la gran ciudad pero igual de interesante y, a su modo, movida.
Así comienza su vínculo con los aceites esenciales y la cosmética natural, actividades en la que las plantas, a las que ni siquiera sabía de su agrado, son protagonistas. Hoy no imagina un estilo de vida diferente, en el que no tenga que salir a recolectar sus aromáticas ni esperar a ver “qué propone la naturaleza”, sin apuros y con el único objetivo de abastecer a su propio emprendimiento.
Pajarillo Verde, el monte pampeano y el mundo de las aromáticas. Todo eso combina la historia que Julia repasó junto a Bichos de Campo.

No es casual que esta historia comience por una mudanza. De hecho, Julia no ahonda mucho más en su “anterior vida” y se limita a explicar que, junto con la nueva locación, inició todo un proceso de cambio personal. De costumbres, de alimentación y hasta de su vínculo con la medicina.
Toay es un pequeño municipio ubicado a sólo 10 kilómetros de la ciudad de Santa Rosa. De acuerdo a la etimología indígena, el vocablo significa “dar la vuelta”, curiosamente lo que hizo Julia al llegar allí.
La idea de tener su propio emprendimiento de cosmética natural en realidad fue el punto de llegada, y no de partida. Inicialmente, se había propuesto proveerse de sus propios productos, que luego probaron familiares y amigos y se convirtió en su principal actividad. Hoy, cuenta ya con una amplia línea de desodorantes, pastas dentales, jabones, acondicionadores, talco, protectores solares, mantecas corporales, sérum facial y capilar, repelentes, perfumes, aceites esenciales e hidrolatos.
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Son productos muy vistosos desde lo estético, naturales y sin aditivos. Así como Julia aguarda “lo que la naturaleza tiene para ofrecer” cuando sale a cosechar sus plantas y hierbas, del mismo modo funciona su línea de cosméticos: es lo que la naturaleza tiene para ofrecer y, señala ella, es por demás suficiente.
No sólo suficiente, sino mucho mejor que los clásicos productos a los que estamos acostumbrados, porque la experiencia le ha permitido conocer en profundidad qué plantas son buenas para cada propósito, y volcar eso a sus productos.
“Los cosméticos tradicionales tienen un montón de químicos que son difíciles de procesar tanto para el cuerpo como para el planeta. La naturaleza nos ofrece opciones para reemplazarlos”, expresó.
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Trabajar con aceites esenciales, destilados de plantas aromáticas específicas, no estaba en sus planes iniciales. Fue en realidad una consecuencia del trabajo diario dentro de su propio laboratorio, donde se percató que, para mejorar sus cosméticos, necesitaba generar ese ingrediente porque es el que contiene todas las propiedades de la planta.
Así es como fue retrocediendo en la cadena hasta llegar a la materia prima fundamental. En el rescate de oficios y procesos antiguos que se había propuesto -como el de la saponificación para hacer jabones, o el de la maceración para mejorar los aromas-, lo cierto es que el de los aceites esenciales era la pieza que faltaba.
“Todas esas técnicas eran usadas por los pueblos cuando empezaron a vincularse con las plantas y a querer aprovechar sus propiedades”, recordó Julia, justamente en el Congreso de Aromáticas organizado en El Soberbio, donde se expandió, de la mano de los Unbehaun, el oficio de los destilados.
En el noreste de La Pampa no hay una selva misionera a disposición, pero hay un monte que, dice ella, “es un cúmulo de vida” al igual que ese ecosistema. Claro que con otros aromas, otro aspecto y otra intensidad, pero igual riqueza.
No existe Pajarillo Verde sin su vínculo con el monte, a donde vuelve periódicamente a buscar la materia prima para el largo trabajo que luego sigue en su laboratorio. “Trabajamos de manera lenta, lo nuestro no es a gran escala”, explicó Julia, que viaja con su pareja a recolectar directamente las plantas y hierbas que va a necesitar.
Muchas de ellas, como la lavanda, romero, cedrón, burrito, salvia y orégano, provienen de plantaciones agroecológicas de productores de la zona. Y muchas otras, como el hinojo dulce, eucalipto, aguaribay, artemisa y azahar del monte, son de recolección silvestre.
La parte más interesante del trabajo llega luego, cuando hay que combinar aromas, componentes y fórmulas para obtener el resultado deseado. Y destilar, macerar y saponificar, las técnicas ancestrales que se esmera por recuperar.

Nada de todo esto estaba en los planes de Julia, que tiene hoy un estilo de vida que puede que no haya elegido directamente, pero al que abrazó casi sin dudarlo. Nada estaba en los planes, pero, ahora, no podría imaginárselo de otro modo.
“Esto te conecta a a otra forma de hacer, más tranquila y acorde a lo que te propone la naturaleza”, señaló la productora, que acaba de cumplir 10 años con su emprendimiento y promete que serán muchos, muchos más.





