La similitud que tiene la política económica actual con la de los años 90 recuerda a los productores de tomate industria lo importante que fue haberse juntado para recomponer el sector. Desde su nacimiento, en 1997, hasta hoy, la asociación Tomate 2000 ha logrado mejorar la productividad y tecnificación, y hacer que el sector vuelva a ser rentable y competitivo.
Pero la historia, se sabe, es una de cal y una de arena: al igual que en tiempos de Carlos Menem, con la convertibilidad, ahora volvió a aparecer la importación masiva de tomate y nuevamente los integrantes de esta asociación van a tener que demostrar de qué están hechos.
Es interesante remontarse a los turbulentos años en que nació la ONG para saber dónde estamos parados. En su recorrida por Mendoza, Bichos de Campo se reunió con el principal promotor de Tomate 2000, el ingeniero agrónomo Cosme Argerich. En aquellos momentos era investigador del INTA. Hoy, ya jubilado, sigue ligado como asesor a la organización que él mismo ayudó a fundar.
No debe despertar confusiones su filiación con quien fuera el primer médico argentino, allá por la época colonial, porque llamar Cosme a los primogénitos es una tradición familiar de las distintas ramas de los Argerich. Nuestro Cosme cuyano se ha volcado desde joven a la investigación sobre la producción de tomate en el INTA La Consulta, en el Valle de Uco, y cansado de no ver resultados concretos en el sector, decidió que iba a ser más fructífero crear una organización que reuniera a toda la cadena de valor.
Corría 1997. La convertibilidad empezaba a desgajarse. “Me preguntaron qué había que hacer y yo dije que teníamos que trabajar todos juntos”, destacó el especialista que, gracias al impulso que le dio un programa nacional del INTA logró lo impensado y puso de acuerdo a cada uno de los actores que conforman el clúster de tomate industria: Productores agrícolas, industrias procesadoras, prestadores de bienes y servicios, el INTA y los gobiernos de San Juan y Mendoza, aunque ahora se ha extendido también hasta La Rioja.
El problema que percibían a fines de los noventa era que había mucho por crecer pero el sector estaba aún atrasado. En ese entonces, se producían unas 25 toneladas de tomate por hectárea, lo que derivaba en precios elevados para el sector industrial y la consecuente pérdida de competitividad con lo que ingresaba del comercio internacional. No sólo no cubríamos nuestra demanda interna, sino que era caro sostener la actividad. Mientras, las góndolas de los supermercados se llenaban de latas de tomate de China, Italia, Chile o Tailandia.
“Era mejor importar que producir localmente”, recuerda Argerich. El problema está en que aún hoy, con una productividad cuatro veces mayor por hectárea y un sector mucho más cohesionado, empezamos a recordar los viejos fantasmas de décadas atrás. Nuevamente, el atraso cambiario y la apertura de puertas despiertan dolores de cabeza para el sector tomatero, y ya alertan por el ingreso de pasta desde Chile y China a precios muy bajos.
Es como recibir el gol del empate en el minuto 90. Gracias al trabajo de Tomate 2000, que básicamente trata de transferir las tecnologías validadas por INTA a cada hectárea sembrada con esta variedad de tomate, el año pasado la producción local había prácticamente igualado al consumo interno y, con ese virtual autoabastecimiento, hay quienes ya hablaban incluso de exportar.
“¿Por qué no?”, pregunta retóricamente el fundador de Tomate 2000, que considera que, gracias a los esfuerzos de toda la cadena, hoy “el cultivo es seguro”. La cuestión está en evaluar cuál será el impacto de estas nuevas importaciones, y si es posible soñar en grande.
Puertas adentro, la rentabilidad se ha recompuesto notablemente. Eso es gracias a que la integración permitió poner en marcha un sistema de investigación y transferencia de tecnología continuo, fortalecer el asesoramiento y brindar apoyo contra las inclemencias climáticas. El resultado del aumento de la productividad, asegura Argerich, lo disfrutan todos: “La industria puede pagar lo mismo o menos que otros países y los productores ganan dinero”, destacó.
Mirá la entrevista completa con Cosme Argerich:
El grado de integración en este clúster regional ha crecido tanto, que con 150 productores asociados, Tomate 2000 pudo poner incluso en marcha una de las pocas experiencia de seguro agrícola eficientes que existen en la Argentina. El Fondo de Compensación de Daño por Granizo, que administra la propia organización con fondos de sus socios, repone el 100% de los gastos de los productores que cada campaña se ven afectados por este tipo de contingencias climáticas, que es cerca del 10% de la superficie.
“El porcentaje de cultivos que perdemos por granizo es un hándicap que le estamos dando a California o a Chile que, por estar en zonas cercanas al Pacífico no lo sufren”, explicó el especialista, que confía en que, tarde o temprano, nuestro tomate no solo alcanzará a satisfacer la demanda local sino que también pisará fuerte en el mundo.
Y todo nació de una idea fuerza masticada dentro del INTA.