Por donde se los mire, los números de Fecovita (Federación de Cooperativas Vitivinícolas Argentinas) son grandilocuentes. La entidad reúne a unas 29 cooperativas y 54 bodegas de todo el país que decidieron nuclearse hace ya más de 45 años para, justamente, afrontar el complejo momento que atravesaba la vitivinicultura y asegurar la subsistencia de los productores.
Aunque la federación tiene sedes en todo el centro-norte argentino, es en Mendoza donde tiene montadas sus dos plantas más importantes, una abocada al embotellado convencional y otra, la más grande del mundo de su tipo, destinada al segmento de los tetra brik. En total, este grupo fracciona 270 millones de litros al año, que luego distribuye en el mercado interno y externo.
Bichos de Campo recorrió ambos establecimientos, que a diario reciben el vino ya elaborado por las cooperativas y se encargan de sacarlo en camiones hacia los distintos puntos de distribución. En esos pasillos, la única distinción entre el “tetra” y la botella es operativa, porque más de uno admite que no se le hace justicia al vino que viene en caja.
Pero esa es otra discusión. Lo que importa ahora es conocer cómo se hace ese proceso.

En ambas plantas, el punto de inicio es el mismo. El vino llega en camiones cisterna -que tranquilamente podrían pasar por transportes de combustible o de leche- y se descarga mediante un sistema de tuberías en distintos piletones. Como a diario Fecovita recibe vino de diferentes variedades y de sus 29 cooperativas, desde ese punto en adelante la logística es clave.
Lo primero que hace el equipo de enólogos es corroborar que el vino haya llegado en correcto estado y, una vez en la bodega, decidir qué harán con él. La federación, una de las 10 más importantes del mundo de su tipo, controla un tercio del mercado argentino con sus 19 marcas comerciales, por lo que en esa instancia del proceso se decide qué se va a embotellar, si es necesario hacer blends y con qué etiquetas saldrá al mercado.

Aunque todo el proceso logístico se estructura en función de la demanda, hay ciertos “favoritos” que en Fecovita siempre salen. Es el caso de Toro, una marca que tiene ya 120 años de historia y es la segunda más vendida del mundo, detrás de la firma Barefoot. O de otras etiquetas también muy consumidas, como Canciller, Estancia Mendoza, Dilema, Resero, o Los Helechos.
En la localidad de Maipú, a pocos minutos de la capital mendocina, está la casa matriz de la federación, que hoy se destina al fraccionamiento en botellas, tanto de vino tinto, como blanco, de variedades puras o blends.
Lo normal es que esta planta opere, como mínimo, 16 horas por día, y a un ritmo promedio de 10.000 botellas por hora en cada una de sus cintas. En épocas de mayor demanda, opera al tope de capacidad, las 24 horas por día, con sus cuatro líneas en funcionamiento.

Todas las botellas llegan vacías y se almacenan en un gran depósito, que parece monstruoso pero sólo alcanza a albergar lo necesario para 3 días de trabajo.
Cuando la cinta comienza a girar, esas botellas pasan primero por un control visual, a cargo de una persona que retira de la línea aquellas que muestren defectos. Inmediatamente después la máquina embotelladora las limpia y, en el mismo momento, las llena. En ese punto, nada cambia si se trata de vino blanco o tinto. Si lleva corcho, la máquina lo coloca, y, más adelante, le agrega el “capuchón” característico. Si lleva tapa, sólo se encarga de ajustarla luego de llenarse.
El etiquetado se hace inmediatamente después de esa etapa.

El movimiento constante de la cinta torna al lugar muy ruidoso. Todo el tiempo se escucha el tintineo de los vidrios, a medida que las botellas “pelean” por un lugar en la fila y se empujan unas tras otras. El apuro es en vano: todas llegan finalmente a la caja y luego al pallet.
Explicábamos antes que todas las marcas llegan y se envasan por igual, pero lo cierto es que Toro es la que generalmente lidera la producción. De hecho, en su línea de envasado, hay una ligera diferencia: en vez de terminar en cajas, las botellas se agrupan en empaques plásticos termosellados, similares a los de las gaseosas, para reducir costos.
Una vez terminado el proceso automático, los trabajadores sólo deberán ordenar cada lote de acuerdo a su destino: generalmente lo de exportación queda en esa planta, y el resto viaja en camión a otros centros de acopio.
No es la intención librar aquí la discusión sobre la calidad de los vinos en tetra brik, pero lo cierto es que su proceso de fraccionamiento reviste igual complejidad que el de las botellas.
En este caso, el centro elegido para hacerlo está ubicado a unos 30 kilómetros del otro, en un gran predio de 17 hectáreas ubicado en la localidad de San Martín que antes pertenecía a la antigua bodega Giol. Tras un largo proceso y, luego de una inversión de 40 millones de dólares, se inauguró en 2018.
Esta instalación es la planta de fraccionamiento de vino en tetra brik más moderna y grande del mundo. Tiene una capacidad para envasar 43.000 litros por hora y puede sacar hasta 1 millón de litros diarios en épocas normales. De hecho, como cuentan allí con una instalación de aduana en planta, los camiones pueden ya salir directamente cargados para exportación desde el mismo centro.

En ese caso, las 4 líneas funcionan las 24 horas, permiten obtener un pallet cada 4 o 5 minutos y son operadas por un total de 13 operarios distribuidos en 3 turnos diarios.
La primera etapa es el proceso de filtrado, en una sala específica donde complejos sensores dejan el vino listo para ser envasado y lo trasladan por cañerías inoxidables inyectadas con nitrógeno -para evitar que ingrese oxígeno- hacia las líneas de trabajo.
Una vez allí, cada máquina opera también de forma autónoma. El proceso inicia a partir de una gran bovina que porta unos 8500 envases, cada uno de los cuales, antes de ser llenados, se esteriliza y seca con aire caliente. Si llevan tapa plástica, es la misma máquina la que la coloca en el momento.

Una vez llenas, las cajas de tetra brik avanzan por la cinta hacia la zona de armado de cajas. En esa instancia, la velocidad se va regulando de forma automática para evitar atascos y lograr así que se almacenen sin problemas unos 1080 litros por pallet.
Pero además de su maquinaria y escala, lo que tiene de sorprendente este centro es el sistema de almacenado, que consta de grandes estanterías llenas hasta el techo, y un sistema de racketización semiautomático, que llevan a cabo robots operados por los trabajadores y permiten llenar mucho más rápidamente los camiones.
En ese punto, termina el intenso proceso iniciado tanto en ambas plantas, porque allí se almacena y distribuye prácticamente la totalidad de lo que producen las cooperativas. A partir de entonces, el debate entre tetra y botella seguirá en las góndolas y en las mesas familiares.





