En el siglo XIX, cuando la agricultura avanzaba sobre los suelos pesados del Medio Oeste estadounidense, había un problema muy concreto: los arados se llenaban de barro y obligaban a frenar el trabajo a cada rato. En 1837, John Deere, un herrero de Illinois, encontró una solución simple y eficaz: un arado de acero pulido que permitía trabajar de manera continua. Ese invento, pensado para mejorar la productividad en el lote, terminó dando origen a una de las empresas más influyentes del agro a nivel mundial.
El negocio creció rápido. Para 1849 ya producía miles de arados por año y hacia fines del siglo XIX la compañía se había consolidado como fabricante industrial. En 1868 se constituyó formalmente como Deere & Company, con sede en Moline, Illinois, donde todavía mantiene su base global. El dato que mejor ilustra el cambio de época es que su fundador nunca llegó a ver un tractor: la empresa entró en ese negocio recién décadas después, cuando la mecanización empezó a transformar definitivamente la producción agrícola.

Ese origen explica bastante bien su lógica actual. John Deere es, todavía hoy, una empresa obsesionada con la productividad. Pero ya no lo hace solo con fierros. En los últimos años se transformó en una compañía tecnológica que gestiona datos del campo. Sensores, GPS, inteligencia artificial y software forman parte de sus equipos, que no solo trabajan, sino que “leen” lo que pasa en cada lote.
La escala de ese cambio es difícil de dimensionar. La empresa ya tiene más de un millón de máquinas conectadas y unos 500 millones de acres bajo monitoreo digital, equivalentes a cerca de 200 millones de hectáreas. Ese número no es menor: era una meta que la propia compañía se había fijado para 2026 y que terminó alcanzando antes de tiempo. Ahora el objetivo es ir un paso más allá y escalar ese sistema a 600 millones de acres hacia 2030, profundizando su negocio como plataforma de datos del agro.
En ese esquema, el negocio cambió de naturaleza. John Deere no vende solo tractores o cosechadoras, sino un paquete integrado que combina máquina, financiamiento, servicio y datos. Una sembradora que ajusta dosis en tiempo real o una cosechadora que regula su velocidad según el rendimiento ya no son innovación de laboratorio, sino parte del producto.

Los números acompañan esa transformación. En su ejercicio fiscal 2025, que cierra a fines de octubre, la compañía registró ingresos por 45.684 millones de dólares y una ganancia neta de 5.027 millones. Fue un año más flojo que el anterior, en línea con un ciclo agrícola menos dinámico, pero aun así mantuvo márgenes elevados. En el primer trimestre de 2026, en tanto, facturó 9.611 millones y ganó 656 millones, mostrando un negocio que se ajusta, pero sigue siendo robusto.
Cuando se desarma el negocio, aparece con claridad dónde está el peso. El segmento de Producción y Agricultura de Precisión generó en 2025 unos 17.300 millones de dólares, cerca del 45% de las ventas de equipos. Agricultura de pequeña escala y césped aportó unos 10.200 millones y Construcción y forestal alrededor de 11.300 millones. A eso se suma el negocio financiero, que no solo acompaña, sino que explica buena parte del modelo: John Deere financia la compra de sus propias máquinas y captura valor durante toda su vida útil.
Geográficamente, el negocio también muestra su anclaje global. Estados Unidos sigue siendo su principal mercado, con cerca de la mitad de las ventas, pero América Latina tiene un peso relevante: en 2025 generó alrededor de 5.400 millones de dólares en ingresos, cerca del 14% del total de equipos. Es una región clave por escala agrícola y por adopción tecnológica, con Brasil y Argentina como mercados estratégicos.

Ahí es donde aparece Argentina. La relación no es nueva ni marginal: John Deere vende en el país desde 1894 y produce desde 1958 en Granadero Baigorria, Santa Fe. Esa planta es una de las cinco que la compañía tiene en el mundo para fabricar motores y abastece a su red global con más de 20.000 unidades por año, en su mayoría para exportación. Además, la empresa articula su presencia con una red de 20 concesionarios oficiales exclusivos, que sostienen la capilaridad comercial en todo el país.
A diferencia de otras compañías que fabrican equipos completos localmente, el foco industrial de Deere en Argentina está puesto en motores y componentes, mientras que la oferta de maquinaria se completa con producción regional e importaciones. El valor agregado local aparece también en integración, servicios y tecnología aplicada al agro.
El posicionamiento no es menor. En 2025, John Deere volvió a liderar con claridad el mercado argentino de maquinaria agrícola. Según datos del sector, explicó alrededor del 23,4% del total de ventas de equipos nuevos, muy por encima de sus competidores directos como New Holland (11,8%) y Case IH (11,2%). Es decir, casi uno de cada cuatro equipos vendidos en el país lleva el logo del ciervo.


Ese liderazgo se apoya en los segmentos clave. La compañía encabeza tanto el mercado de tractores como el de cosechadoras, los dos rubros más pesados en facturación, donde suele moverse en torno al 40% o más de participación por marca individual.
Con más de 180 años de historia, John Deere sigue girando alrededor de la misma idea que le dio origen: mejorar la productividad. La diferencia es que hoy esa mejora no depende solo del acero, sino de la información. De aquel arado que evitaba que el barro se pegara pasó a construir un sistema que mide, analiza y optimiza cada hectárea.




