Hace varios años que la crisis de la fruticultura golpea particularmente a los pequeños productores. A contramano de los muchos que deciden abandonar sus chacras y venderlas, o arrancar árboles y dedicarse a otras actividades -como la ganadería- hay muchos otros a quienes la pasión les pesa más que las penas acumuladas y deciden seguir adelante.
Antonio Tomas es uno de los productores que integran ese segundo grupo. Aferrado a las tradiciones, “Nino” nació y se crió dentro de una chacra en el Valle Medio rionegrino, y no hizo otra cosa más que seguir adelante el proyecto de su padre.
Claro que, a su modesta escala, producir frutas termina siendo más bien un juego de azar y adrenalina, donde el principal objetivo es sobrevivir campaña tras campaña y sortear las decenas de obstáculos. Clima, mercado, costos; a “Nino” no le alcanzan los dedos de la mano para contar las veces que lo perdió todo, pero, consciente de las penas que le caben a un pequeño productor como él, no reniega de eso: se trata de “zafar” constantemente, asegura, recorriendo su chacra junto a Bichos de Campo.

No es un empresario ni un jugador fuerte de la fruticultura patagónica, sino un chacarero a quien la vida le enseñó a ponerse de pie una y otra vez y a insistir con aquello que lo apasiona.
En sus 20 hectáreas, las mismas que heredó de su padre, “Nino” produce peras, manzanas, duraznos, pelones y viñas. Es un poco de todo, la estrategia para diversificar los riesgos que supone un granizo inesperado, las heladas tardías, el bajo precio de la fruta o un incremento despampanante en la estructura de costos.
Pero, a pesar de que este fruticultor tiene muy bien entrenada la gimnasia de sobreponerse a las inclemencias, es bien consciente de que mucho de lo que sucede está fuera de su alcance y no puede más que cruzar dedos, sentarse y esperar a “zafar”. Tal vez esa sea una de sus palabras preferidas.
Mirá la entrevista completa:
“Cuando no es helada, es piedra. Siempre hay algo”, asegura el fruticultor, a quien la climatología le ha jugado muchas malas pasadas. Tantas, que ya ni siquiera lleva la cuenta.
La última más importante fue hace tres años, cuando la caída de granizo le arruinó varios de sus árboles que, recién ahora y tras un largo parate, empiezan a producir nuevamente. De todos modos, nada está dicho para este productor, que ya cosecha sus pelones y en pocas semanas empezará con las peras y manzanas, y mira cada tanto al cielo para rogar que no vengan nuevos dolores de cabeza.
La pregunta inmediata tal vez sea por qué no poner una malla de granizo. “Para mí es imposible, no puedo solventarlo”, lamenta “Nino”, que muestra cuáles son las limitantes estructurales de los actores más pequeños de la cadena.
A lo sumo, puede echar mano a algunas tácticas paliativas. Para el granizo, contrata un seguro de riesgo y, para las heladas, activa el riego a manta para diluir la escarcha antes de que dañe los brotes verdes.
“Por ahora venimos zafando bien, pero no me olvido que varias veces llegamos a no cosechar nada”, agregó.
Y, cuando no es el clima, es el mercado. “Uno entrega la fruta pero no sabe cuándo la va a cobrar ni cuánto vale”, lamenta el productor, que a veces espera hasta 8 meses en recibir el dinero, sobre todo cuando hay sobreoferta y los centros de empaque “patean” los pagos.
La limitante de fondo para los fruticultores de la zona es que no hay una vía alternativa a ese circuito. “Ya no hay compradores y en la zona no quedan galpones de empaque”, explica Nino, que con los años también ha aprendido a acostumbrarse a eso.
-Con todos esos problemas enumerados, ¿por qué seguís siendo fruticultor?-, es la pregunta obligada en esta historia.
“Porque me gusta. Nada más que por eso”, responde “Nino”, quien, casi forzosamente, heredó la pasión por la actividad cuando su padre lo dejó a cargo de la chacra y tuvo que posponer sus proyectos de estudio. En retrospectiva, no reniega por eso, sino todo lo contrario: finalmente agradece haber elegido ese estilo de vida en donde no hay que correr tanto y se vive entre frutales.
Hacia adelante, la familia no le da muchas certezas. Entre sus cinco hijos varones, el productor percibe que “ninguno quiere saber nada con la actividad, porque cualquier otra cosa que hagan es más rentable”. Pero él, que ya está lo suficientemente grande para seguir aguantando malos tragos, confía en que el futuro le dará la razón y que, de una vez por todas, tendrá lugar la tan esperada “revancha de la fruticultura”.
Mientras tanto, a lo suyo. “Yo sigo plantando”, asegura “Nino”, que sabe que va a contramano de otros pequeños productores del Valle, pero sabe también que no sería feliz haciendo otra cosa.




