Fiel a su economía expresiva, en el idioma japonés “bokashi” alude en sus orígenes a un tipo de mezcla. En agricultura, el término fue adoptado para nombrar a un tipo de abono orgánico fermentado que hoy muchos asimilan al compost tradicional, pero que tiene ciertas características que lo hacen tan particular como útil.
Una advertencia previa: si le preguntan a Julieta Quiroga Martínez, una de las técnicas del INTA IPAF NOA que se especializa en esa técnica, el bokashi no es ninguna “hippeada” reswervada solo para los cultores de la agroecología, sino un insumo muy útil al que estudian continuamente por su potencial en producciones extensivas o intensivas.
“Sé que muchos piensan eso”, se sincera Martínez, y asegura que su tarea es, precisamente generar conocimiento que sostenga que, más que una técnica “border”, el bokashi es “un biofertilizante potenciado que repercute en el rendimiento de los cultivos”.
En plena Quebrada de Humahuaca, en la localidad de Los Hornillos, un grupo de investigadoras ensaya las distintas aplicaciones de este tipo de compost, que se sabe efectivo a baja dosis y en pequeña o gran escala, pero que también suscita advertencias no menores en su producción, pero también su aplicación.
Porque el bokashi puede resultar tan efectivo -y tan tóxico- como un agroquímico convencional, porque los hay de diferente tipo y porque hasta se pueden incendiar durante el proceso de elaboración es que Bichos de Campo dialogó en profundidad con Julieta y el resto de su equipo, que escriben un capítulo reciente en la historia de un compuesto muy antiguo.

Decir que el bokashi es un abono a base de residuos orgánicos y tierra es demasiado simplista. En rigor, hay detrás un proceso de trabajo que, aunque es menos extenso que el compost convencional -aquel que muchos hacen en el patio de su casa- sí tiene ciertos detalles técnicos tan complejos como relevantes.
“Para poder preparar el bokashi tenemos que tener el aporte de materia orgánica, microorganismos y minerales”, explica Julieta, que repasa el proceso como si se tratase de cualquier receta culinaria. Lo primero, la materia orgánica, la aportan los residuos de otros cultivos y también los desechos de los sistemas ganaderos.
Eso es lo que le da la particularidad a cada bokashi, ya que depende de la zona productiva en que se elabore. En regiones subtropicales, por ejemplo, la base la aportan restos de banana, palta y mango, mientras que en la Quebrada de Humahuaca predominan los desechos de cultivos andinos. Lo mismo sucede con la bosta, que puede ser tanto bovina, como ovina o caprina.
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A esa materia orgánica hay que ponerla en contacto con microorganismos que la descompongan. Para ello, uno de los ingredientes clave es el agregado de tierra del lugar, plagada de esos “bichitos” que catalizarán el alimento y se reproducirán.
“Lo que nosotros hacemos es sumar un aporte inicial de levadura panadera. Con eso le damos energía a las bacterias para que puedan reproducirse y potenciar el crecimiento de los demás microorganismos”, explicó la especialista.
Así es como, con la ayuda de esa levadura, se forma un “pan” de tierra, en el que la materia orgánica y la tierra se disponen por capas y se lo mantiene humedecido para ayudar a que esos microbios entren en actividad. Pero como esa actividad genera temperatura, a menudo tan alta como para incendiar literalmente el bokashi, esta etapa de fermentación requiere del más estricto control.
La clave, explica Martínez, es mantener ese compost a una temperatura de no más de 65 grados, lo que permite por un lado controlar a los patógenos que aportan los desechos animales y, a la vez, evitar que mueran los organismos benéficos. Estos últimos, a fin de cuentas, son los que convertirán a ese conjunto de desechos en un biofertilizante.
“La única forma de controlar la temperatura es volteándolo. En épocas de mucho calor, podemos hacerlo 4 veces por día”, detalló.
A los 15 o 20 días termina el proceso de producción y se obtiene el bokashi. Es prácticamente un tercio de tiempo de lo que demora el compost convencional, donde no hay fermentación, y para cerciorarse de que su trabajo fue bien hecho y de que efectivamente los patógenos hayan sido eliminados, se hace un análisis de inocuidad.
Una vez listo, ya puede aplicarse en los cultivos. Y ahí también es clave el trabajo que llevan a cabo las investigadoras, ya que el bokashi se sabe muy efectivo únicamente cuando es aplicado de forma correcta. De lo contrario, esa efectividad se convierte en toxicidad.
“Sirve en pequeñas dosis porque es muy concentrado, puede ser fertilizante sólido o también puede ser aplicado como fertilizante foliar con un té que se hace disolviendo 1 kilo en 10 litros de agua”, señala Julieta, que actualmente lleva a cabo una serie de ensayos que están ayudando a determinar las dosis adecuadas.
“Venimos estudiando el impacto en ajo, lechuga y maíz. Ahí la dosis es aproximadamente 20 gramos por planta -es decir, un puñado- tres veces durante todo el ciclo del cultivo. Con sólo eso ya se ve cómo repercute en el rendimiento”, aclara.
Este biofertilizante, bien aplicado, ofrece una alternativa a los insumos convencionales, a bajo costo, con un ciclo de trabajo relativamente corto pero, sobre todo, a conciencia. No sólo porque hubo bokashis que se incendiaron, sino también porque no es un mero abono que se le suma a la planta.
“Lo planteamos como una alternativa, no es un remedio único”, señala la investigadora, que ahora avanza con su equipo en los protocolos de elaboración y de aplicación y, a futuro, prevé que ese compost tendrá mucha adopción en la región.
¿Por qué? La respuesta, para Julieta, es sencilla: “El sistema predominante acá en la zona está en crisis. Viene colapsando la estructura del suelo, y además los agroquímicos, que son cada vez más caros, se pagan en dólares y contaminan”, concluyó.






